Quizá…


Sábado, 19 Agosto, 2006 a las 5:59

Cafe

Quizá fue que se me acabó mi repertorio de canciones tristes, que escurrí hasta la última de las gotas que quedaban dentro de este incómodo corazón y me agoté de tanto velo entre puñales y tanta puñalada para verlo.

Quizá fue que he aprendido a recordar como en aquellos libros de cuando éramos pequeños, y mi mente viaja ahora por paisajes algo más alegres que las lanzas, la batalla y el infierno.

Quizá dejé enterrado el lacrimal en Masai Mara con algunos versos. Lo dejé perdido en un amanecer. O se lo llevo el viento.

Y es que el truco, la carambola final, no era desterrarte de este corazón, ni convertirte en lluvia, pasado, o fotograma ajado en un cristal que no pudiera ver cuando me hicieras falta aquí a lo lejos.

Era tan fácil elegir que me perdí entre abismos y cuadernos, y me olvidé de ti. De los por qués y los misterios. Y se quedó marcada en la memoria cada imagen de tu llanto a fuego, cada fracción de tu dolor, cada partícula del mío a juego.

Así olvidé que fuiste todo aquello que yo fui. Y de esta taza de café. Y de tu letra en libros y cuadernos. Y de aquella vez que comprendí que nada, nunca, sería capaz de hacerme sonreir del mismo modo que cuando tu cuerpo se quebraba de la risa sobre mí mientras te hablaba del capítulo quinientostrentayseis de aquel serial, y de aquella Maria Paula de Romanones y Castroviejo a la que, ché, tantas veses vimos con Victor Manuel de los Faisanes bajo la ventana, pará, comiéndoselo a besos.

And all these memories fade away
I can feel that I will lose these images
I tried so hard to keep
But I never will forget you made
it such an easy thing
To feel at home

Wolfsheim - For You (extracto)


Wolfsheim - For you

Querer el absurdo


Miércoles, 2 Agosto, 2006 a las 17:43

M en mi ventana

Quiero decir que nada es como entonces
y que he dejado de querer
vivir la vida a trompicones
entre tus labios y el después.

Que no me quedan cicatrices en las manos
de arañar tu nombre en la pared.
Que mi alimento ya no brota de tus labios,
y que olvidé lo que es la sed
o disolverme tras tus pasos.

Que he dejado de creer
en que aprendemos cada vez que erramos,
y que por qué no puede ser
que acabaremos por dejar de equivocarnos
por pura y simple tozudez.

Y así pensar que aun queda espacio
entre la espada y la pared
de esta sequía de tus brazos.
Que no navego a la merced
del viento helado de tus ojos.

Y pueda dejar de preguntarme
qué será de ayer.
Dónde dejé olvidados los veranos.
Si los dejé
prendidos del murmullo de tus manos
para no poderlos recoger.

Si volveremos a encontrarnos.

Si no has dejado de creer.

Cuadernos (III)


Viernes, 28 Julio, 2006 a las 22:15

Para leer escuchando la canción de abajo

Pasos de arena, como un reloj vencido al que se le escurre el tiempo por entre su esfera de cristal. Vacío. Como un recuerdo triste que dejase alguien olvidado en un armario, abrazado al marco que me atrapa en un oscuro fotograma entre polillas.

Así tendrías que encontrarme, derritiéndome en mi propio sinsentido, muriéndome en los brazos de mi propia sombra. Con los ojos agrietados y, ante el mundo, un cristal de milagrosos espejismos y una sonrisa dibujada a base cenizas y alquitrán.

Y tú observabas tras los muros de tu manto de silencio. Desde más allá de donde alcanza el viento y la tormenta un par de agujas afiladas devorando cada punto de un paisaje sin final.

Y se cruzaron sin querer mis granos y tus pasos. Estallaron todos mis cristales de espejismos. Se rompieron tus ladrillos de silencio y, por un instante, un momento, hubo paz.

Luego vendría el recital de huidas. Tú al silencio de tu fortaleza, y yo de nuevo al ojo de mi inabarcable huracán, a mi agujero en el pecho con un nombre impronunciable (que recito como un mantra al despertar). Y rápidamente se tiñeron nuestros mundos del color de la distancia sin rencores.

Me llevé de ti un mechón de pelo imaginario para despertarme con tu paz, te regalé el espacio para el viento en el que hoy flotan mis sueños. Y un abrazo aquel instante en que abarcaste el mundo con tus brazos tras la puerta de una habitación para no echarte a llorar, y que yo devolví para que no se me escaparan ya más lágrimas desde la comisura de los labios.

Guardé el paquete de cerillas que me diste.

La última se consumió esta noche entre mis dedos. Fue como tú. Silencio, luz, llama por un instante.

Guardo tu olor en el pecho. Y por la noche a veces oigo el viento, y recuerdo.

Madrid, 28 de Julio, acabo de soñar con viento.


Ayub Ogada - Kothbiro

Cuadernos (II)


Jueves, 27 Julio, 2006 a las 17:56

Hasta este pecho herido ya no llega el hombre blanco, a este corazón de la sabana no le alcanza más que el grito de cada animal que llevo por dentro.

Hasta este pozo sin fin no llega ya ningun sentido. Es todo gritar y rugir. Es todo dolor y espacios vacíos. Es una canción que dejo que se pierda en el silencio de la noche, lejos de aquí.

He querido levantar al infinito el brazo, y salir. Trepar abandonando esta ruina de mí mismo, de este latir de corazón muerto de frío. Agarrarme a los rescoldos de un carbón que ni calienta ni se apaga, al decaer sutil del negro entre escarlatas y cenizas en que se mueren en silencio mis entrañas.

He dejado que me acompañara el viento de la dama del silencio, rozándome apenas la piel. Perdiéndome en el brillo almibarado que escondió bajo sus párpados para que nadie lo pudiera ver.

Y me he sentido tan lleno de nada que un día, golpeándome la frente el aire de un amanecer, valió saberme tan lejos de mí para arrancarme una a una una canción de lágrimas que duraría hasta el anochecer.

Pero nunca cambia nada.

Tu picadura fue mortal.

Dejó encerrado el corazón en un inexpugnable laberinto. Me atrapó el alma en una celda para la que ya no queda llave. En un pasillo sin final.

Así que ahora, cuando alguien amenaza con atravesar este quejido que ni se agota ni se calma con una sonrisa de cristal sólo me queda devolverle la mirada, enredando mis pupilas en mordazas que estrangulen este grito visceral.

Y así, cuando de alguna forma me pregunte “cómo estás” poder decir:

- “Bien, yo nunca estoy mal”

Y que no atrone en sus oídos el graznido de dolor que me destroza el alma.

En el camión, 13.07.2006

Cuadernos (I)


Miércoles, 26 Julio, 2006 a las 16:57

Vine hasta este paisaje completamente vacío; una pura tumba de crisantemos, un mundo de agua y sin luz a la espera de algún gobierno.

Brilla la luna llena sobre esta estepa asabanada del Serengeti, con la que tantas veces soñé repleta de una vida que deseé tener, y a la que llego plagada de ausencias que todavía duelen por dentro.

El aire huele a vacío y a gris. A eso me huele hoy el pecho. A caricias de púas que te atraviesan la piel. A la lija del polvo inevitable (en que habré de convertirme una vez) que se me ha llevado a rastras con cada manojo de viento.

Soy una carcasa vacía que lucha por retener sus recuerdos. Soy cada vaso de vino que vierto entre las entrañas buscando la ausencia, y el eco del mar, perdiendo el olvido su inevitable batalla con cada suspiro.

Y me siento animal herido, temblando con cada traspiés a sabiendas de su debilidad. A la espera de aquellas zarpas que habrán de arrebatarle sus pasos.

Soy como el viento que se estrella en la roca, incapaz de arrancarle un milímetro de piel.

Soy poco más que un breve eco de lo que he sido.

Soy el deseo de esta boca sobre otra boca, el suspiro de un pecho que nunca reconocí tan vacío.

Y así, tras un momento sin luz, oculta tras un murmullo de oscuridad informe esta luna (que nunca he descrito) me siento toalmente incapaz de saber, en este espejo camino al olvido, si es que tal vez fue que nunca te vi, o si te conocí. Pero sigues siendo la lluvia que besan mis pies, y de tanto esperarte se me ha cuarteado la piel.

Y ya no es que quiera beber.

Es que lo necesito.

Serengeti, 11.07.2006

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