Hay un hueco enorme en mi macuto a medio hacer. Creo que lo he localizado en un momento en el que se escurría con sigilo entre ropa y pilas de repuesto, rozándolo por un instante con la punta de los dedos. Y he pensado un par de veces, “hay algo importante que me dejo, algo que obligatoriamente he de llevar”. Y he buceado entre más de un millón de cremalleras, frascos, baterías y camisetas de repuesto.
He encontrado el malarone en un lugar en el que no debía estar. Pastillas de potabilización de agua caducadas. Un pañuelo que se ha abierto un sitio inexplicable entre las cosas que me llevo. Una piedra de otro viaje en otros tiempos. Y un poco de arena, unos piñones, restos de otros sitios que he llevado puestos.
Y después de vaciar y revisar cada compartimento, y de volverlo a rellenar, ahí seguía goteando el agujero negro. Un silencio revolviéndose entre el nylon y el frontal, haciendo crujir correas y bolsillos sin moverlos.
He probado entonces a buscar a ojos cerrados y con la nariz. He acariciado cada punto con arrugas y recuerdos y todo seguía allí. Y todo, sin embargo, seguía oliendo a hueco.
Y entonces he abierto ese bolsillo en el que llevo sueños e ilusiones, una colección de abrazos y de besos que me he dejado a medio dar, donde se quedan impregnados cada viaje y cada instante, cada paso sobre arena que una vez hube de dar y ahí me lo he encontrado clavándome los ojos en la frente.
Ese hueco en la mochila, ese punto inaccesible que no soy capaz de rellenar es la certeza de saber, que demasiadas veces a lo largo de este prometido mes, mis ojos le pondrán subtítulos al pie al tiempo que suceda entre parpadeo y parpadeo, y que le gritará al vacío y a la inevitable soledad un desgarrado “ojalá estuvieras viendo esto“.
- You’ve ruined it for me, you know.
- Ruined what?
- Being alone.
Denys Finch Hatton a Karen Blixen en Memorias de África