Doña Urraca


Tuesday, 6 September, 2005 a las 0:09

La primera vez que la vi el cielo se derrumbaba sin terminar de llover sobre el suelo; una tenue constelación de gotas de agua se dejaba caer acariciando el mundo a su paso, y estrellándose inevitablemente contra su piel.

Yo caminaba con ese paso lento que caracteriza a los que se han olvidado ya hasta de su propio camino, acostumbrado a oír el ritmo lento de sus pies. Ella era apenas una figura a ratos pálida y negra, inmóvil en el punto de fuga de la perspectiva del cuadro.

Nunca nos dijimos una sola palabra. Apenas nos cruzamos las miradas una sola vez. Si acaso un leve roce de la ropa al cruzarnos en aquellas escaleras por las que yo siempre habría de bajar, y en las que ella construyó su mirador al mundo.

En mi corazón, yo la llamaba Doña Urraca.

Y se desgranaron meses y años, vidas enteras repetidas una y otra vez, con la misma escena de fondo. Unos pies que se perdían cuesta abajo en una escalera gris, una mirada atenta perdida en perspectiva caballera. Una cortina de agua que sin terminar de caer, nos empapaba.

Pronto mis pasos se hicieron más lentos para poder observarla. No sé cuántas veces jugamos sin querer a la caricia que uno envuelve con la indiferencia rutinaria del “estás aquí como ayer, y te veré mañana”. Sé que cada vez, en su pecho se escondía más abiertamente una discreta bienvenida. Tal vez por el murmullo leve de sus pies al acercarme. Sin saberlo, se quedaba prisionera de mi olor, como yo moría cada vez que sentía sus ojos como un puñal de acero acariciándome la espalda.

Y nos vimos los dos envejecer cada mañana.

Un día, sin embargo, Doña Urraca ya no estaba. Quise encontrarla, pero se me había perdido en el ayer aquella figura altiva y solitaria. Y se me antojó la fiesta funeraria, las lágrimas del no saber que hacer, la falta. Y entonces me di cuenta de que con los años, aquella que pudo haber sido mi mujer, a cada paso sin hablar trenzaba su camino inexorable hacia mi alma.

Cuando se fue, sin darme cuenta, algo se había llevado entre sus garras, y supe que jamás se equivocó mi corazón cuando en silencio, al recodrdarla, la llamaba Doña Urraca.

La inocencia perdida


Thursday, 25 August, 2005 a las 19:53

Siempre fuiste un tonto con ideas de papel.

Cuando te pienso, el corazón se me acelera con violencia imaginando tus ojos húmedos empapelando el alma en una servilleta, aquellos versos que se te caían directamente desde el corazón en forma de palabra y lágrima al mismo tiempo. Aquellas larguísimas noches de espera y en vela, que te harían llegar las mañanas cansadas rodeado de de tinta y esperanza.

Siempre te gustó la lluvia, el cantar de las piedras sabias hacia el agua, el grito distante del relámpago a lo lejos. Y se me pierde la sonrisa en tu recuerdo cuando aún te veo caminar por ese Madrid que tanto odias con la sonrisa en los labios, la ropa empapada y los brazos abiertos.

Son tantas las cosas que te echo de menos. Tu forma de jugar a dar forma el mundo con esa actitud triunfal del que sabe que tenga lo que tenga, no puede perder nada. Aquel conquistador con porvenir que luchaba el todo por el todo como si no hubiera un mañana que vivir. Tu manera de robarle al mundo la belleza en un instante para recordar, y cómo tus ojos casi siempre perdidos en el horizonte los buscaban y encontraban.

Siempre, siempre fuiste un tonto con ideas de papel, que se creyó “la princesa prometida” a pies juntillas. Capaz de mover su mundo de su órbita por una de aquellas miradas. El brazo incansable, la mano firme, la espada con que todos tus demonios acababan cayendo a tus pies, sin importarte tus heridas o tu sangre. Devastabas el tiempo con tu abrazo al llegar a Casa. A tu hogar que no era otro que aquel otro corazón que siempre te acompañaba.

Cogías de la vida aquello que querías como quien coge una manzana de un arbol cercano, sin importar lo fina que fuera la rama que escalar, o lo duro del golpe tras caer si habías obtenido aquello que querías. Y te rompiste mil veces al caer, muchas veces más allá de lo que podían tus venas. Pero había que seguir…

Y ahora, tonto con ideas de papel, ves que tras todos estos años tanta lluvia y tantas lágrimas han emborronado por completo la tinta de tus páginas.

Y el mundo es gris. Si acaso un atisbo de luz. Te apoyas lánguido sobre la cazoleta de tu espada magullada sin saber siquiera el camino que seguir, el corazón sin sangre, las venas secas de tanta herida sin cerrar. La mirada perdida entre tus pies y el suelo.

Ya ni siquiera te gustan las manzanas.

Y en el paisaje en que te observas no sabes ni siquiera si podrás correr. Si acaso no será mejor sentarse y observar la vida pasar por una temporada.

Poco queda para que duerma el héroe ya, parece ser, de tu inocencia.

Anda presa en un papel con la tinta emborronada…

Diez de los grandes


Tuesday, 19 July, 2005 a las 1:12

- ¡¡¡¡Acelera, por Dios, acelera!!!!

Juan conduce a mi lado como un histérico, equivando el tráfico como si fueran balas a más de 200 kilómetros por hora por la autovía.

- Tío, esta mierda de coche no da para más.

- Pues encuentra la manera, que ésta se nos muere.

En el asiento trasero, Gemma gimotea de dolor agarrándose las tripas como puede con las dos manos. De vez en cuando nos lanza una mirada perdida por el retrovisor central.

Es curioso en lo que se fija uno en estos momentos. Mientras Gemma se muere y mi amigo intenta encontrar la manera de llegar a casa esquivando un tráfico que de tan lento parece aparcado, miro por la ventanilla y me fijo en los colores del atardecer, en cómo las últimas nubes rosadas se reflejan con la primera luz de las farolas en los cristales del coche. Para mí se ha detenido el tiempo como en un videoclip de música de finales de los 90. Voy a cámara lenta.

En el cine toda esta mierda se le antoja a uno demasiado fácil. Entrar y salir. Pasta fácil y al final, besos y reuniones. Y mientras veo las luces pasar, solamente pienso que ojalá esta mierda tenga algún sentido dentro de alguna película y todo se limite a tensión dramática entre dos escenas. Pero lo cierto es que al menos a este lado de la ciudad, ya no queda demasiado sitio para príncipes y princesas y apretar el culo contra la pared es poco más que lo que uno puede hacer al final del día para llevarse algo que comer a la boca.

Gemma se muere en el asiento de atrás. Juan suda por todos los poros y el coche parece que va a empezar a perder un par de tuercas.

- ¡¡Vamos, joder, vamos!!
- ¡Lo estoy intentando, joder, no me toques encima las putas pelotas!

La cosa era bien sencilla. Un bar en el casco viejo con sus luces de neón y barra llena de cervezas. Un par de bolsos, quizá alguna cartera que llevarse al bolsillo con un par de billetes y tarjetas. Alguien me había dicho que otro alguien de esos de Gucci por fuera pero con alma de Satanás iba a dejarse olvidada una mochila llena de mierda. Coger la mochila, y salir por piernas.

Qué coño podía salir mal. Gemma en la barra del bar un rato antes, enseñando por encima del escote un par de libras de sus tetas de fulana experta. Juan esperando en la puerta de atrás, motor en marcha y entre sonrisas y guiños, coger la mochila, las tetas de Gemma, y salir de allí como quien no tiene nada que hacer si no queda primero en la carrera.

En el cristal, cada vez menos luces de ciudad, y menos atardeceres de videoclip de los noventa. Se nos echa la noche encima.

- Tíos, esto va mal…

Al menos puede hablar, me digo. Pero cuando la miro por el retrovisor Gemma tiene la cara descompuesta, y se inclina para vomitar sangre y cerveza.

- Hostias, Juan, que se nos va, que se nos va…

Juan al principio no contesta.

- Pues nos estamos quedando sin gasolina. No sé para cuánto más nos queda, llevo ya un rato en reserva y la aguja marcaría el mínimo aunque pongamos el coche de cabeza.

- No jodas.

Puta mierda de cine cinco estrellas. A las siete y media de la tarde Gemma se presenta echando chispas por los ojos con una de esas faldas de matar, y una camiseta de no necesitar explicaciones. Yo estoy sentado un poco más allá, en una mesa, calentando un vaso de Jack Daniels sin muchas ganas.

Juan manda un mensaje corto al móvil. Todo listo para la acción.

Alguien entra con la mochila de marras y, cuando llega a la barra, se sienta al lado de mi novia.

- Mira tú, pero si es la putilla de Gemma.

A mí se me traga la tierra.

- Juan, juan, a la derecha.
- ¿qué?
- ¡¡¡¡Que te metas en la puta gasolinera!!!!
- ¿Ya, y qué hago, decirle al tío que me llene el depósito cagando leches que mi amiga se muere y yo no puedo ir al jodido hospital?
- ¡¡Para el puto coche, ya se nos ocurrirá algo!!
- Total, no vamos a llegar mucho más allá. Tampoco perdemos nada.
- Mira, hazlo como quieras. Llena el depósito del coche, manga un triciclo, o lo que sea. Yo me meto en la puta tienda a comprar alguna mierda para que la pobre deje de sangrar y para cuando salga echamos piernas.

No tengo puta idea de qué comprar, así que me llevo todo un cargamento de algodones, gasa, vodka y vendas, y me tiro en el asiento de atrás mientras Juan arranca quemando ruedas.

- ¿Y qué se supone que haces aquí? ¿Dar el palo a alguien sin muchas luces?
- Vete a la mierda.

No tengo puta idea de qué hacer, pero esta mierda se nos queda grande. Gemma mira incómoda hacia la puerta de atrás. Resulta que el puto alguien no es otro que Pedro “el mafias”, uno de los tantos exnovios capullos de Gemma, matón popular desde que le salió el primer pelo que se pudo afeitar y que siempre anda metido en todo lo que huele a mierda.

Y yo me estoy empezando a cagar en los pantalones. Debemos tanta pasta que si no nos echamos atrás se nos comen las fieras, y Gemma sabe esto tan bien como yo. Le mando un mensaje a Juan para que vaya preparando la salida sobre ruedas.

- ¿Y tu novio ese de pastel? El corbatas ese, como_se_llame, no andará muy lejos, claro...
- Mira, tronco, que me dejes en paz.

Pedro coge a Gemma por el antebrazo y le planta la otra mano en las tetas.

- Siempre las tuviste perfectas. Ahora dime por qué la tengo que soltar en lugar de reventarte aquí mismo la cabeza. Tu novio está muerto de miedo dos mesas más allá, así que no te estás tomando una puta cerveza, que por otro lado nunca te gustó. Esta mierda te queda grande, pequeña. Al cambiar de amigos te pasaste al bando perdedor. Te vienes a dar una vuelta.

Y se la lleva. Dejo un par de monedas en la mesa y salgo detrás con, seguro, cara de tener problemas.

- ¿Qué tal?
- Yo qué sé, joder. Ésta respira pero se ha quedado sopa, y no sé ni por dónde empezar.
- ¿Sangra?
- ¡¡¡¡Joder, yo qué coño sé si sangra o ha dejado de sangrar, esto parece una puta piscina cubierta!!!!
- Joder, joder, joder…
- Deja de rezar y acelera…

Pedro sale por la puerta de atrás, y afortunadamente no conoce a Juan, así que ni se entera. Gemma ni reacciona. Yo saco la navaja de trinchar como si supiera usarla a modo de puñal y me acerco. La mochila se ha quedado en el bar.

- Por dios, mujer, no te me mueras…

Le quito la camiseta y me pongo a vendar con mucha fuerza, empapando las vendas en Vodka, y al terminar me abrazo a ella. Puto Hollywood de mierda, puta mierda de ciudad. Putas deudas…

- ¿Cuánto queda?
- Unos diez minutos, joder. Si el coche aguanta.
- Date cera…

En todas las películas la puerta de atrás es un callejón de basura y escaleras metálicas de incendios por las que resulta fácil escapar. En ésta, el sol machaca una explanada descomunal de tierra sin muchos sitios hacia los que mirar.

- Eh, Pedro. Que esta puta ya no es puta.
- Vaya, si se ha levantado de la mesa el maricón. Y eso que tienes ahí qué es, ¿una puta navaja?¿Suiza, seis funciones con cuchillo y tenedor?
- Suéltala.
- Me cago en la entrepierna. Mira, Félix, Julio, Nadie, cómotellames. Esta zorra me la va a chupar ahora.

Y entonces, el apocalipsis según san Mierda. Me intento tirar encima de Pedro y antes de que llegue me estampa un filete de Doc Martens del 46 entre ceja y ceja.

- ¡¡¡Hijo de puta, te mato!!!

Gemma saca un cutter de a saber dónde.

Pedro le sacude entre las piernas.

Y yo elijo ese momento para ponerme a contar ovejas.

- ¿Cómo va?¿Cómo va?

Creo que me he debido quedar inconsciente, pero la voz de Juan me despierta. Me duele horrores la cabeza y no puedo centrar la vista.

- Mal, tío. Me he quedado sopa, el martillazo en forma de pierna de ese cabrón me ha dejado completamente fuera de escena. ¿Cuánto llevo dormido?

Fuera del coche, la nada. La nada oscura y gris y borrosa.

- Unos cinco minutos. Ya estamos cerca. Por lo menos ese jodido bastardo tendrá un par de cicatrices para recordar si sale del hospital con algo de mollera. Le pasé por encima con el coche. Estaba tan concentrado en mataros a golpes y cuchilladas a ti y a Gemma que ni me vio venir.
- Qué alegría.
- Vamos, ahora no me jodas… al menos cogí la mochila.
- Date prisa. Por favor.

Gemma abre los ojos una sola vez. Una, y me mira tratando de hablar. Y sus ojos me dicen que me quieren, que esto no tendría que salir así, que lo siente, que la abrace, que la cuide.

Que se muere.

Deja de respirar sin que tenga tiempo ni de decirle que la entiendo, mientras Juan clava el coche en la puerta del motel de las emergencias.

- Vamos, joder, Gemma, aguanta…

En las pelis de Hollywood todo acaba saliendo bien. En las pelis de gangsters al final siempre ganan los buenos. Pero aquí el mangui soy yo. Yo soy el del plan de mierda. Yo soy el de la vida fácil y arreglada. El mafiosillo del GTA con aspiraciones de seguir triunfando hasta vivir a lo grande. Y la realidad es que mi amigo Juan acaba de llegar hasta el final, y que Gemma ya no respira, y no se mueve. Que me duele demasiado la cabeza hasta para pensar.

- Venga, joder, sal del coche, Miguel.
- Tarde, Juan. Tarde.
- No me jodas con tarde. Saca la puta piba del coche de una vez. He avisado al doctor amor y nos espera con la sala de curas a punto. Llevo una mochila con deiz de los grandes y tú no me los vas a joder.

Diez de los grandes. Eso es todo lo que queda del ayer. Diez de los grandes y yo pierdo a mi mujer, mi negocio, y un par de dientes.

Puto cine de mediodía en Antena 3.

Despedidas


Tuesday, 12 July, 2005 a las 23:15

Siempre creí que nunca era demasiado tarde para decir adiós. Que valía con un simple “hasta luego” y, como por arte de magia, ocultos hilos trenzarían el destino de otro encuentro.

La última vez que la ví aún permanece nítida en la memoria, grapada entre otros tantos recuerdos. Ella saludaba con la mano desde la estación, subiendo una escalera. Yo, dentro del autobús, le seguía los pasos. “Hasta luego”, pensé. Hasta luego.

Y mientras el autobús se perdía en un universo de noche y carretera, con su olor impregnando mi piel y latiéndome el corazón todavia a besos, sonreí sin darme cuenta de que los adioses, las eternas despedidas, nunca se esperan. Llegan un día de repente, mudas, y convierten todo en un manto de silencio.

“Hasta luego”, pensé.

Y a modo de respuesta, sólo quedan olvido y viento.

“Momento”


Sunday, 3 July, 2005 a las 23:09

y de esta mano que te sangra ausente ya no salen ni ni palabras ni canciones.

De este sepulcro de nieve abrasadora que mastica mis pies,
sólo nacen callejones sin salida y promesas apagadas.

He quemado ya mi retina buscándote en el horizonte,
y podrido de esperar, ganó la nada.

¿Dónde estás, corazón?…

El mundo calla.

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39 Consultas. En 0.701 Segundos. Qué guay.