la inevitable diferencia entre pensar e imaginar
Pienso en este lugar, en los primeros rayos de una luna llena que se filtran por entre las azoteas para dar en mi ventana. En esta brisa ya primaveral que arrulla cada pulso del teclado.
y mil imposibles carabelas se desplazan surcando un cielo en el que sólo cabe el viajar sutil de sus velas impulsadas al batir enamorado de un ejército de mariposas. La quilla de la embarcación que lleva la bandera (construida cuando el tiempo aún no era algo importante que contar) es de obsidiana pura, y adornan a lo largo de toda su eslora, esparcidos como por azar, cristales surgidos de la misma piedra al calor y la presión de cada beso.
Pienso en la primavera que se acerca inevitable cuando veo despertándose, tímidas todavía, las primeras hojas en las ramas de los árboles. En la hormiga que celosa corretea por los brotes de una tardía hierba. En la sequía. En el mar.
… y por las jarcias del navío, de plata pura, se descuelga una figura de ojos verdes con una intención amordazada entre los dientes. Apenas un susurro de su piel acaricia cada cuerda en su caída mientras juega solo en la más pura oscuridad a rozar con cada una de las yemas de sus dedos el saludo inevitable de un tiempo mejor, surgido mucho más abajo de las copas de los árboles. Y al posar sus pies descalzos en ésta, su cubierta, un millón de gotas de rocío hacen cosquillas en sus plantas. El tacto le recuerda a la plenitud de aquel que un día fue su hogar (paisaje en el que tantas veces se perdió), océano de verdes praderas.
Pienso en la gente que dio nombre a cada calle, en cada desconocido escrito en blanco sobre azul. En Karen Blixen cuando abandonaba la tierra a la que amaba (¿Acaso conoce África una canción que hable de mí? ¿Se agitará el aire sobre la llanura con un color que yo he llevado? ¿O tal vez los niños inventarán un juego en el cual figure mi nombre?). En el bálsamo reparador de cada minuto de olvido cuando duele lo que se recuerda.
Y la figura de desplaza por el barco que le vio crecer, testigo incólume de sol abrasador y las más terribles tempestades, agradecido de volver por fin a casa. Las tablas de madera crujen susurrándole la bienvenida, y el chasquido inevitable de la lona de las velas hace correr la voz al resto de la armada. Él ha vuelto a casa. Al fondo, una pequeña luz anaranjada, un camarote, una figura recortada en claroscuro durmiendo plácida en su cama.
Pienso en el silencio de esta noche, sorprendido de la ausencia de palabras. En esta paz. En esta calma. En este ritmo sosegado de la música que invita, casi demasiado, a soñar. Te pienso acurrucada y de perfil, perdida tu consciencia entre las sábanas.
… Abre la puerta y, sin ruido alguno que le pueda delatar, vuelve en acto cada segundo abrasador de su intención; y el eco que se derrumba al instante desde el centro de sus vidas (allí donde abriga el recuerdo cada pecho), es la melodía despiadada de un enjambre de violenta percusión que le pone fin al sueño, a la ausencia, al dolor. Y nada falta.
Porque, ya lo ves, tratando de pensar en lo hermoso que es el mundo tal y como está, sigo imaginando que por invisibles y fantásticos que sean los mundos por los que te quieres escapar, allí donde duerme tu corazón se construyó el mío su casa.

