la inevitable diferencia entre pensar e imaginar


Lunes, 13 Marzo, 2006 a las 23:23

Pienso en este lugar, en los primeros rayos de una luna llena que se filtran por entre las azoteas para dar en mi ventana. En esta brisa ya primaveral que arrulla cada pulso del teclado.

y mil imposibles carabelas se desplazan surcando un cielo en el que sólo cabe el viajar sutil de sus velas impulsadas al batir enamorado de un ejército de mariposas. La quilla de la embarcación que lleva la bandera (construida cuando el tiempo aún no era algo importante que contar) es de obsidiana pura, y adornan a lo largo de toda su eslora, esparcidos como por azar, cristales surgidos de la misma piedra al calor y la presión de cada beso.

Pienso en la primavera que se acerca inevitable cuando veo despertándose, tímidas todavía, las primeras hojas en las ramas de los árboles. En la hormiga que celosa corretea por los brotes de una tardía hierba. En la sequía. En el mar.

… y por las jarcias del navío, de plata pura, se descuelga una figura de ojos verdes con una intención amordazada entre los dientes. Apenas un susurro de su piel acaricia cada cuerda en su caída mientras juega solo en la más pura oscuridad a rozar con cada una de las yemas de sus dedos el saludo inevitable de un tiempo mejor, surgido mucho más abajo de las copas de los árboles. Y al posar sus pies descalzos en ésta, su cubierta, un millón de gotas de rocío hacen cosquillas en sus plantas. El tacto le recuerda a la plenitud de aquel que un día fue su hogar (paisaje en el que tantas veces se perdió), océano de verdes praderas.

Pienso en la gente que dio nombre a cada calle, en cada desconocido escrito en blanco sobre azul. En Karen Blixen cuando abandonaba la tierra a la que amaba (¿Acaso conoce África una canción que hable de mí? ¿Se agitará el aire sobre la llanura con un color que yo he llevado? ¿O tal vez los niños inventarán un juego en el cual figure mi nombre?). En el bálsamo reparador de cada minuto de olvido cuando duele lo que se recuerda.

Y la figura de desplaza por el barco que le vio crecer, testigo incólume de sol abrasador y las más terribles tempestades, agradecido de volver por fin a casa. Las tablas de madera crujen susurrándole la bienvenida, y el chasquido inevitable de la lona de las velas hace correr la voz al resto de la armada. Él ha vuelto a casa. Al fondo, una pequeña luz anaranjada, un camarote, una figura recortada en claroscuro durmiendo plácida en su cama.

Pienso en el silencio de esta noche, sorprendido de la ausencia de palabras. En esta paz. En esta calma. En este ritmo sosegado de la música que invita, casi demasiado, a soñar. Te pienso acurrucada y de perfil, perdida tu consciencia entre las sábanas.

… Abre la puerta y, sin ruido alguno que le pueda delatar, vuelve en acto cada segundo abrasador de su intención; y el eco que se derrumba al instante desde el centro de sus vidas (allí donde abriga el recuerdo cada pecho), es la melodía despiadada de un enjambre de violenta percusión que le pone fin al sueño, a la ausencia, al dolor. Y nada falta.

Porque, ya lo ves, tratando de pensar en lo hermoso que es el mundo tal y como está, sigo imaginando que por invisibles y fantásticos que sean los mundos por los que te quieres escapar, allí donde duerme tu corazón se construyó el mío su casa.

Kerouac (sin boddhisatvas)


Martes, 21 Febrero, 2006 a las 1:48

Y cuando en este mundo se me acaben las palabras para hablar del corazón, ¿distinguiré la realidad de ésta, la soledad que me espera?.

Me ha llenado el mundo de frases sin sentido, las paredes que me encierran ya no tienen ni la forma del perdón, ni del vacío que por no llenar te ciega. Un inmenso espacio gris para este ardor en la garganta que ya se cansó de gritar nombres entre lágrimas que hablaban de historias verdaderas, y de pan entre los dientes para el alma sedienta.

No me queda nada ya como equipaje más allá de este fluir denso de la sangre que golpea por las venas, desbocándome. A la deriva en este horror que ya no piensa más que en un pasado de cristal que se rompió hace ya frente a un umbral de primaveras.

Mi mundo cambia.

Y no son pies lo que me guían por la oscura carretera, ni oigo siquiera los latidos de mi propia voz, de tanto que tiembla.

Y keep on dancing, Fred. Y se te llevó a rastras la luna llena a algún lugar en que dejé perdidas con tus cosas todas mis maletas. Y mis pies tamborileando en otra acera, a los pies de un nuevo bar buscando redención en el olvido más anciano que estos ojos agrietados aún recuerdan.

Me apestan los recuerdos a alcohol, a sudor en sábanas resecas, y hoy casi pude oler la voz de la esperanza entre las grietas.

Me postraré rendido en estas calles que me han visto crecer, que todavía me recuerdan. Un paso de danza, quizá un poco de claqué al abrigo de la noche cuando un rizo de fuego quema. Esnifando hasta el más oscuro susurro de la soledad, luchando contra este frío que atenaza y cierra.

Tip tap toe. Y no hay lugar como el hogar. Y Kansas es aquel infierno al que hasta el más estúpido de estos milagros llega. Tip tap toe. Saltando sobre abismos de hojas secas sin mirar, cortados ya los hilos (arrastrados por el viento) de la marioneta.

Keep on dancing, Fred. Keep on dancing.

Buscando en tus zapatos ese molesto e incómodo grano de arena. Tip tap toe enredando cada uno de tus bailes un eco de hielo que termina de partirse mientras bailas dibujando lagrimones en la acera. Y no dejas de temblar.

Tu mundo cambia.

Convulsiones en la almohada. Frases hechas. Tipp-ex en el corazón. Para cáda lágrima tienes un ctrl-Z. Y ante el frío que te envuelve de padre de la primavera, tip tap toe. Un poco de claqué sobre tus venas.

El viento resopla. se deshoja el tiempo ante mi piel en forma anaranjada y desierta.

Abrigará la noche hoy. Y tip tap toe. Y el pecho tiembla. Y al abrigo de esta noche que se cierra, un sol se me amanece futurista al pie de una montaña.

The only people for me are the mad ones, the ones who are mad to live, mad to talk, mad to be saved, desirous of everything at the same time, the ones who never yawn or say a commonplace thing, but burn, burn, burn, like fabulous yellow roman candles exploding like spiders across the stars and in the middle you see the blue centerlight pop and everybody goes “Awww!”

Jack Kerouac - “On the Road”

Carta inacabada


Miércoles, 14 Diciembre, 2005 a las 1:10

… eres la única persona que consigue hacerme llorar.

Con esa frase que dijiste anoche conseguiste hacer que ya no hiciera las maletas. Me llevaba tu recuerdo a alguna parte, casi sin querer, para arrojarlo con desprecio en la distancia. Lamenté al instante no haber cerrado como tú todas las puertas y enjaulado lejos de mi soledad cada uno de todos los cristales. Porque aún podían romperse un poco más.

Te necesitaba fría, distante, ajena, muerta. Cada vez que hablé de sentimientos inservibles, de toda la basura emocional que me tortura cada miserable minuto al día, no buscaba el ver la fragilidad bajo la que escondes todos tus desprecios. Yo quería oírte sonreir indiferente, darme consejos de los que solamente se dan a quien no te importa nada. Un “Javi, olvídate de mí para variar” con que terminar de arrebatarme toda la esperanza.

Quería que me hablases del ayer como lo hiciste, como la mancha oscura que olvidar, como el tiempo perdido, como la vida demacrada. Quería… necesitaba recibir cada gramo del veneno que pudieras darme sin humanidad. Catalizado y a la vena. Porque ya no te importaba (para qué si me va a perdonar, porque ya no le importa…).

Pero tenías que llorar. Que deshacerte en un momento en una risa y lágrimas.

Y se tuvo que encender la fulminante luz cuando, del otro lado del teléfono, escuché caer al suelo tu primera lágrima.

Ayer yo no quería a la María humana. No quería comprender que aún te queda corazón. Que también heridas, cicatrices y llagas.

Yo quería hacer el tonto hablándote de Amor. Sentirme inútil y abrasado por todo lo que tú tenías que considerar mentira y no desgracia. Echarte cada día de este mes de Infierno en cara y que no te hiciera sentir mal, porque así comprendería que esto de verdad había sido nuestra Muerte.

Tú tenías que volver a aparecer…

Y yo no podía evitar hacer esa llamada. Y no dejarte hablar. Y apabullarte con cada recuerdo, con cada cristal que no pude meter en la maldita jaula para así dejarlo y que se fuera vaciando mi mitad. Saber que habías tirado de tu bolso ese trozo de mí que un día te regalé y todavía me sangra. Que lo picotearan hasta hacerlo desaparecer todas tus gaviotas.

Pero te oí llorar.

Y a este cuerpo ya no hacen más que aparecérsele Marías en todas direcciones pensando que un día vendrás (a qué, a qué, a qué) al maldito Madrid de los demonios que aún no pude presentarte como los cánones mandan.

Sabes por qué tuve que colgar. No podía soportarte. Explorar ese dolor y descubrir que aún había cosas que añorabas. Que aún llevas puesto algo de mí que no consigues lavar en esa tierra de olvido por la que deambulas con la falsa seguridad de quien tiene aún tanto que asumir que todavía tiembla.

“y morirme contigo si te matas…” dice la canción cuando se abre el ascensor por la mañana. Y no puedo más que huír de él. Correr hacia la puerta y dejar que el frío me congele las lágrimas.

Yo sabía que podía haber hurgado un poco más en tu dolor. Y que la noche me podría haber traído como alguna que otra vez un Beso que guardar bajo las mantas. Nos ha pasado ya más de una vez, que de tanto ataque de emoción se caen al suelo todas tus barreras, y me hablas. Maldita sea, tenías que llorar. Y yo ni siquiera lo esperaba.

Por todo lo que significan esas lágrimas. Que aún te queda algo de mí y no es eso que llevas en el bolso y sangra. Que no puedes perdonar (como dudo tantas veces que pudiera hacerlo yo ahora). Que tu máscara de olvido tiene sus fisuras que también puedo llegar a atravesar. Que nunca dormiré mejor que con uno de tus Besos enredado entre las sábanas.

Tú tenías que hacerme sufrir y hacerme ver que nada vale nada.

Y así vuelvo esta mañana a desearte besos, y ausencia, y sonrisas, y lágrimas. Y tú me hablas de tu corazón. Y me dices que lo tienes “Enquistado de alguna manera, como el hombre de hojalata”.

Pero este mundo ya no es Oz. Se nos acabó la magia. Y yo no soy Dorothy. Y no hay escarpines rojos.

Pero sí que es cierto que no hay lugar como el hogar. Y que sin certezas, tres de aquellos taconazos no me llevarán jamás a casa.

En la basura


Miércoles, 12 Octubre, 2005 a las 21:26

Paseando por estas calles de lluvia en que a veces se convierte Madrid, cuando los reflejos en el suelo las hacen brillar como el espejo que no son, vi a un hombre mayor revolviendo en un contenedor de basura.

Parecía triste y cansado, harto ya de pasear entre deshecho y cieno. Y rebuscaba con calma, abriendo con metódica precisión todas y cada una de las bolsas, que había depositado en el suelo, para vovlerlas a cerrar sin llevarse nada y dejarlas de nuevo en su interior. Estuve observándole durante una eternidad; sin paraguas, sin abrigo del frío. Una bolsa tras otra, un contenedor tras otro, a lo largo de la calle. Abría cada bolsa y, con los ojos semiabiertos, sus manos recorrían cada forma en cada bolsa, cada lata, cada trozo de cristal. En un rato, cuidándose de no dejar nada en el suelo, un suspiro marcaba el final de cada búsqueda para volver a empezar.

Desapareció entre reflejos plateados, al final.

Desde entonces he vuelto a encontrarle varias veces por el barrio abriendo bolsas, rebuscando en la basura sin llevarse nada. Caminando arrastrando toda una vida de monotonía y soledad a cuestas.

Nos hemos acabado conociendo.

El reconoce en mí el paso cansado del que nada tiene, y en el eco de mis botas yo comprendo su forma de vivir.

A veces me cuenta que la gente desperdicia todo tipo de tesoros, y me reconoce no haberse quedado con nada jamás; joyas, ropa, recuerdos, fotos. De cada uno de ellos, se imagina a veces una historia, un final casi siempre triste.

“La gente siempre tira aquello que más quiere cuando le hace daño”, me dijo. “Fotos de sus familiares muertos, libros de sus tiempos de escuela, cartas que más de una vez hubieron de leer directamente con el corazón. Regalos. Así juega de sucio la memoria, claro”.

Y yo guardé silencio al escuchar el sonido de su voz y ver el brillo esperanzado en sus pupilas.

Hoy sus ojos parecían derrotados por primera vez, y no pude evitarlo. Mientras charlábamos, le devoraban la pérdida y el llanto. Tenía sangre en las manos, un corte más perdido en el mundo de cicatrices que son ya sus dedos viejos. Hoy, tan triste como él, le pregunté por fin: “nunca te lo he dicho, no he querido molestarte, pero… ¿qué buscas?”

Y tras un silencio que me pareció una eternidad, me contestó:

“Alguien me dijo una vez que mi amor no valía una mierda. Desde entonces busco en la basura para encontrar mi corazón”.

No supe qué decir. Él siguió rebuscando en el contenedor, con los ojos envueltos en lágrimas. Yo caminando hacia ninguna parte una vez más.

Él buscaba su corazón entre las bolsas y yo, buscando el tuyo, ya no sé por dónde caminar.

Cuando la guerra acaba


Jueves, 29 Septiembre, 2005 a las 0:26

Cuando la guerra acaba, acaso solamente queda el silencio.

No se ven corriendo por el campo los guerreros victoriosos, no se oye el crepitar de las banderas al alto gritando su victoria al viento. Ni se abrazan los batientes como hermanos.

Cuando la guerra acaba, alrededor solamente quedan sombras y recuerdos. Restos. Pedazos. Cuerpos deformados por dolor y sangre que, dejándose la vida atrás, no tuvieron más sentido que continuar alzando el brazo, apretando el gatillo. Las más de las veces, ya heridos y acabados, mordiendo el polvo de una forma demasiado literal para ganar un metro más, un segundo, un último golpe.

Quizá ese sea el único sentido de vivir de quien ya no entiende nada, harto de ver cómo todo a su alrededor se consume y acaba. Luchar sin saber muy bien por qué, perdido ya el motivo de la afrenta, olvidado tras heridas y cicatrices de bala. Tal vez arañarle un segundo más a un tiempo al que han sido condenados por tratar de ver la luz un poco más allá. Ganar o perder. Gritar. Golpear.

Al final, un silencio es todo lo que queda en un campo lleno de cadáveres cansados de luchar.

Los que viven, quizá no los más valientes ni los más listos, lloran.

Más tarde, lo celebran. Esa celebración que apaga los llantos en vino, en cerveza barata. La alegría del que sabe que el horror nunca terminará de desaparecer, que las cicatrices más profundas, imborrables, ya se le han formado y enquistado en lo más profundo del alma. Y de ahí la risa a carcajadas que tapa como en un hipido el grito de dolor en la garganta, mientras los ojos se pudren a base de lágrimas.

Yo ya no sé si en esta guerra, la mía, acaso la nuestra, he ganado o perdido yo. Ya casi ni recuerdo el color que un día tuvo mi bandera. Solamente queda el ruido, ese ruido de silencio que estrangula mientras por esta, mi garganta, se filtra una risa desbordante a carcajadas.

Acaso sea la locura.

Yo ya no sé si en esta guerra, la tuya, acaso la nuestra, de tanto vivir y morir y tanto renacer de fénix de alas absolutamente quebradas (esas alas de mentira, tan de fuego fatuo, tan de charol), has ganado tú o hemos perdido ambos. Tampoco oigo tu risa, y supongo que será porque allí, en tus propias carcajadas, hay un manto de silencio y abrazos entre hermanos que se quedan en el aire, suspendidos entre lágrimas de lava.

Llego tarde ya a esas celebraciones de vino y cerveza barata. Llego tarde hasta de la imposible bandera blanca, de tantos trapos envueltos en sangre que se interpretaron como señal de batalla.

Llego tarde hasta el final y este silencio, esta llanura desolada, sólo me devuelve el eco de infinitas calaveras (cada tú y cada yo que luchamos dejándonos el alma) y su mirada, sabiendo que en cada una de ellas se perdió una esquina de mi corazón, helada.

Caen en este sin sentido, en este remate final, un par de silenciosas lágrimas.

Y al cerrar los ojos el único viento que llega hasta aquí es el eco de mi demente y desquiciada carcajada.

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28 Consultas. En 0.902 Segundos. Qué guay.