Unos pisos más abajo


Lunes, 28 Agosto, 2006 a las 21:59

Podría decir que hay una pareja en mi edificio, unos pisos más abajo, que no se quiere. Nunca los he visto, no sé ni cómo son ni cómo hablan, lo que tantos días se cuela por la ventana de mi habitación es poco más o menos un conjunto desgarrado de improperios que se dicen uno al otro. Él suena como a voz masculina y fuerte, y entre gritos todo suena a frustración y nervios; ella, por contra, rebosa una femineidad agresiva con la que devuelve grito con grito y aspereza con lija verbal.

A veces imagino que en el fondo sí, que hay algo detrás de tanta violencia verbal que acaba siempre con portazo y estampida en la escalera para retomar horas después, como un boomerang, en las mismas circunstancias. Imagino que en algún momento fue feliz, que existió una época dorada en la que pasearon juntos por los mismos jardines de la vida y que tenían algo que contarse, de qué hablar. Quizá ella tenga una voz dulce y él sea un paraíso de amabilidad, y por la noche, cuando se apagan los incendios en el pecho y dejan encendidas solamente las farolas, se devoran uno al otro como pidiéndose perdón, masticándose gritos y culpa a mordiscos entre sábanas revueltas y arañazos en la espalda.

Pero luego oigo los gritos, los portazos y las maldiciones y me queda sensación de cementerio.

Decía, a juzgar por lo anterior, que uno puede pensar que unos pisos más abajo hay una pareja que no se quiere.

Sin embargo quiero creer que lo que les pasa es que ya no saben ni gritarse. Que se están diciendo una y otra vez “te quiero, pero ya no te conozco”, que se gritan porque no saben qué hacer, porque el corazón les ata pero por cualquier motivo los caminos en la vida se les han desenlazado y ahora va cada uno por aquí o por allá sin saber muy bien dónde dejaron de sentir la palma del otro entre sus propias manos.

Y así viven sumidos en la bronca hueca, en el gritar por gritar, en esa pugna imposible por recuperarse y volver a lo que conocían, que hace tanto tiempo que no está que pretenden desandar todo el camino recorrido en un paso y decir “ya está, estamos en casa de nuevo”, y que con un par de palabras está todo solucionado y se acabó el gritar y el llanto sordo, y el pedir perdón clavando uñas y portazos en la espalda.

Y esas palabras que antaño calmaban no les valen ya. No saben pedirse tiempo muerto a tanta mezquindad y ahora, mientras les veo arrancándose la ropa por el hueco que dejan las cortinas y el cristal, y escucho sus “lo siento” entrecortados entre gemidos y jadeos, mientras les sé esperando que aquella discusión haya sido el punto y final, puedo decir…

Que hay una pareja en mi edificio, unos pisos más abajo, que se quiere con locura, pero se quiere mal. Y que de tan juntos y tan lejos, sólo les queda separarse.

Y luego ya verán.

Interruptor


Miércoles, 28 Junio, 2006 a las 2:58

Tuve un amigo una vez que se jactaba de no ser el mismo cada vez que atravesaba una puerta.

Decía… “pero acaso no lo ves, hace cinco segundos no era yo, como no lo seré cuando atravesemos la siguiente“. Y daba un paso aventurero con una sonrisa de oreja a oreja. Aquella incomprensión entre mis vísceras era la realidad irrefutable para él; en su universo, cada vez que dejaba un umbral abandonado tras su paso algo le cosquilleaba en su interior, muy cerca del estómago, y le marcaba el paso por la meta.

Yo me empeñaba en recordarle que aquella verdad no era real, que nada grandes tenían que ser esas victorias entre quicio y dintel a ambos lados de la puerta. Y con una sonrisa benevolente (de esa forma extraña en que sonríen aquellos que sin reírse de ti, te hacen saber que no comprendes) me miraba y me decía: “¿Ves? Esa es la diferencia entre tú y yo, entre nuestros dos universos. Tú vives ignorando esos pequeños movimientos de tierra, estás aquí para las explosiones y los fuegos de artificio pero te olvidas, como siempre, de que todo aquello no es más que un producto de una agrupación anterior de factores y de causas. Que todo forma parte de un gran plan, y que esa fanfarria por la que te derrites no es más que la culminación de un paso que pudo haber durado eras. ¿Qué haces con el resto de tu tiempo?¿En qué lo derrochas?…”

Han pasado por mis ojos desde entonces incansables máquinas y estrellas. He vivido olvidos y pasiones, siempre con la sensación de enterarme a medias del guión, incapaz de recordar toda aquella marea que produjo cada breve incandescencia de emoción, cada mínima victoria en cada batalla, en cada guerra.

Ahora, en la soledad de mis últimos años, sabiendo que cuento con indiferencia el paso de las horas y los días, me encuentro casi agazapado en el dintel de otra miserable puerta. Frente a mí un par de operarios van poniendo fin al evolucionar de esta pesada máquina. Y se empiezan a apagar con lentitud interruptores y motores, gimiendo a medida que se frenan.

Nunca he comprendido la razón de aquel cosquilleo indiferente de mi amigo allá en la boca del estómago, yo viví para la luz y la explosión, para el amor y la victoria y el sabor a sangre en las encías. Y también para el olor de la derrota y el crujir del corazón, sentir desfallecer las piernas de cansancio o ilusión, morder el polvo. Levantarse a duras penas.

Ahora, en este instante sé de qué hablaba mi amigo cuando me contaba su visión bajo las puertas. Todo lo que he sido me ha llevado hasta aquí, en un lento camino, en una incesante progresión hasta este punto con el dedo índice temblando sobre un interruptor, mientras de mi garganta se abre paso como arena un epitafio, apenas una veintena de letras.

“Se acabó por fin. Parad las máquinas”

Y, antítesis de una explosión, un sólo click hace la oscuridad en una habitación que hace un instante era el centro de operaciones entre todas mis neuronas.

Desde una ventana


Sábado, 3 Junio, 2006 a las 12:57

Fue toda una explosión de hielo y furia que acabó con tu respiración. Se te arremolinaba el cuerpo alrededor de todos tus sentidos. El dolor olía a hierba y a formol, y tus brazos retorcidos como de una marioneta se enredaban abrazándote las vértebras erosionadas de la espalda. Luces y alquitrán, sangre acariciándote los dedos y la frente. Ruido de coches y de gente al pasar.

Arriba, tan arriba, un ventanal se despidió de ti ondeando al viento sus cortinas.

La noticia de tu salto ocuparía la frontal de mil revistas y periódicos. Trentaycinco pisos para un salto sin red de seguridad. Poco más que un brazo roto. El chaval que no se pudo suicidar.

Nadie te arropaba cuando se hicieron de plomo todos los relojes y se volvieron tus huesos de cristal. Nadie te siguió esos ojos de mirada triste. Te llenaron todo el cuerpo de aparatos y sensores para acompañarte con sus ritmos sincopados un día tras otro en un silencio para tus neuronas que nadie sabía ya cómo callar. Te habías curado, decía el monitor que escaneó los huesos de tu espalda. No había lesión en tu último escaner cerebral. Te funcionaban como nuevos corazón, palabras y riñones. Y sin embargo no sabías más que dividir tu mundo con los ojos al perderse tras un infinito en el cristal de la ventana de tu habitación 503.

Tu cuerpo olía siempre a pétalos de flores. A suero. A mil indiferentes monitores para el rojo de tu sangre, para tus bombas de sodio-potasio, para tu dieta basal.

No se apartaron nunca tus ojos del amanecer en la 503. Ni tu respiración dejó de oírse entre pitidos de válvulas y sensores. Tu informe contenía tanta información de cuerpo sano que nadie sabía del por qué de tu mirada envuelta en nubes y de amanecer. Cuando te preguntaron que por qué saltaste solamente les dijiste yo… quería ver el mar.

Y el mar eran tus ojos tristes. Y un destello allá en el horizonte. Y una promesa en el cristal.

Nunca les diré que sé por qué lo hiciste. Que te vi saltar. No les diré lo a punto que estuviste de devolver al corazón aquella lágrima que decidió no resbalar por tu mejilla para saltar. Y que tenía todo lo que te quedaba de su nombre. Que se estrelló contra el asfalto sin que la pudieras alcanzar.

Ni que ahora, cuando se pierden tus ojos en el horizonte, es porque la buscas condensada de nuevo entre las nubes.

Y hasta que no la veas, no volverás a andar.


Moby - Harbour.

Durmiendo con su enemigo


Jueves, 27 Abril, 2006 a las 0:12
carta a una mujer desesperada

A caballo entre el silencio y una nota de piano.

Un espacio entre dos notas, una mesa de billar y frente a mí un extraño. Ante sus ojos duerme un trozo de papel herido, tinta violeta derramándose por los costados. Tiene la ropa muy sucia y la mirada sorprendentemente cristalina, un pozo azul oscuro al que causa vértigo mirar y, mientras se lleva un vaso casi vacío hasta los labios, me dirige la palabra.

- Sabes, te elegí a ti entre todos estos muñecos de papel para contártelo.

A mi alrededor el mundo es un museo de cera. Una pausa. Un fotograma. Un millón de miradas perdidas en una habitación por la que no circula el aire.

- ¿Por qué?.

Aunque me parece distinguir un fino amago de sonrisa, un sutil fruncido de labios, no contesta. Recoge el papel que aún desangra letras en la mesa, y lo sitúa frente a mí para que yo lo lea.

- Dicen que todos tenemos una historia que contar. Una sola. Y sé que tú también tienes un agujero en el pecho porque oigo el eco de tu aire mientras busca unos pulmones que no están, como si no supiera que estás muerto. Y yo ya estoy cansado y viejo de esperarte. Toma este papel antes de que se le pierdan todas las palabras, antes de que sea inútil tanta sangre.

Contemplo el papel en la mesa.

Ya no sé ni qué te dije cuando ya pensaba que no podría tolerarlo más. Han pasado veinte años desde entonces. Me he cansado hasta el hartazgo de esta, nuestra propia guerra de disfraces. He intentado ser abrigo, corazón, imágenes especulares. Cuando te quise cerca tú corrías más allá para alejarte. Cuando yo corría tu gritabas mi nombre allí detrás. Transformaste cada beso que te di en revolver con que dispararme. Cuando yo quería guerra tú soñabas paz. Cuando tú querías desmembrarme yo no estaba. Cuando tú te ibas yo volvía lleno de quedarme.

Y entre tantos avatares se nos acabó el saber estar. Tú gritabas cuando yo no tuve oídos ni para escucharte. Yo escribía cartas al buzón del piso del que te acababas de marchar.

Veinte años de vacío y guerra y sangre emponzoñada entre cristales.

Hemos dormido juntos cada noche desde entonces. Y hoy ya no te digo “nunca más”. Sé que si me callo sabrás escucharme. Me marcho”

- ¿Y qué pasó entonces?

- Lo que tenía que pasar, supongo, ella ya no estaba para leer esta carta que he acabado dándote. Verás, creí que se marchaba para trabajar, y nunca volvió para recoger mi despedida.

- Y…

- Verás, ella llevaba veinte años durmiendo con su enemigo. Y en todas las guerras se confunden demasiadas veces los papeles. No he dejado de pensar que en el fondo los dos queríamos lo mismo, pero no llgeamos nunca a saber cómo explicarnos. Todo se convirtió en abrazos y puñales hasta que supongo que no le quedaba sangre que sangrar. Esto es todo lo que puedo dejarte. Abandona el barco, vete lejos, déjala marchar antes de que todos los recuerdos se te ajen. Antes de que llegueis a la estocada de muerte.

Entonces, se levanta y simplemente desaparece. Vuelve a sonar la música del piano en el bar. Vuelven a sonar tacos y troneras en las mesas de todos los billares.

Yo contemplo el trozo de papel mientras escucho un sonido extraño al respirar, cerca de los pulmones.

¿Se equivocó?… él llevaba veinte años durmiendo con su enemigo. Yo perdí la cuenta del tiempo que llevo ya durmiendo solo. No no tengo guerra que declarar. No tengo enemigo con el que mirarme.

Y al alzar hacia mis ojos el vaso de cristal, puedo ver, por un instante, que el reflejo que devuelve hace cualquier cosa menos imitarme.

De la tinta seca…


Martes, 28 Marzo, 2006 a las 1:30
De la tinta seca...

Acabé,
tan harto de buscarte en los espejos
que ahora paso de perfil
cuando veo mi reflejo en ellos.

No paré
hasta ver tu sombra sujetándome los pies.

Hasta hablarte, por hablar, del tiempo.

Y mientras grito un qué será de ti
todo lo que te quise decir
se lo traga insatisfecho este silencio.

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28 Consultas. En 0.612 Segundos. Qué guay.