Promesas
Cuando nos despedimos, en ese instante en que antes de volver la espalda aún quedan engarzadas las retinas, comenzó a llover. Nunca sabré si me alegré por las gotas que, como un imán, se me iban adhiriendo entre la frente justo cuando se me habían roto todos los cristales y las máscaras ya no dejaban de caer llenas de lágrimas. Cuando me dí la vuelta para no volver supe que algo de mí se quedaría para siempre en esa acera volviéndome la espalda.
Y aún llevaba el eco de su adiós lamiéndome el espacio intercostal (justo sobre la pleura) cuando escuché su voz temblar entre destellos y el sonido de las gotas suicidándose sobre los adoquines.
- “Hey…”
- “Dime”
- “Sólo quería que supieras que siempre estaré ahí, por si me necesitas, por si un día se te come el mundo ese que llevas a la espalda y no te deja respirar”.
Y yo no supe que decir, se me llevaba ya corriente abajo un afluente inabarcable de ilusiones y desdichas que no cabían ya dentro de mí, y aunque por un instante conseguí frenar y dibujarle mi respuesta en forma de sonrisa, llevaba ya la despedida amordazada con tal saña en los colmillos que se me atrancó la voz. Y sólo pude atravesar la colección de adioses y últimas desesperanzas contra el corazón articulando un “gracias” con un par de labios rotos y sin voz, dejándole al silencio y a la soledad espacio para atragantarse con ese último rayo de sol en sus pupilas.
Se me llevó con demasiada fuerza la corriente. A la fuerza de la gravedad de un mundo inevitable que se abría paso a golpes desde mi mochila se le unió la suerte inconcebible en forma de gangrena justo sobre el corazón, llenándome de ausencia el hueco del pecho donde ahora, todavía, resuena el eco atormentado de aquella despedida.
Para que no pudieran clavarse más puñales, me oscurecí hasta confundirme con mi sombra. Cubrí mi piel de piedra para que no pudieran alcanzarle más palabras dichas cuando ya no queda que decir (si no es para clavarlas para siempre como banderillas a la espalda). Hice de aquella carne putrefacta que un día llamaba corazón algo más fuerte que el cristal, para que no se me rompieran nunca más las máscaras. Para que cada emoción nunca llegase a penetrar mi superficie estanca.
Aquel adiós me envenenó todas las células. Y mientras me deslicé perdido en aquel río de mi propia desilusión, creció durante años para agrietarme de dentro hacia fuera.
Y hace un instante, reventó.
Y marqué aquel número que quedaría para siempre impreso en un lugar de la memoria donde se esconden todos los recuerdos que uno cree olvidar.
- “¿Sí?”
- “Hola”
- “¿… Javier?…”
- “Ahá.”
- “Vaya, ¿y qué quieres ahora?”
- “¿Recuerdas aquella vez que me dijiste que estarías para cuando me hiciera falta?.”
- “Sí, claro. Fue cuando te reíste de mí y me hiciste el gesto raro antes de darme la espalda.”
- “No, yo… es una historia larga, verás… no sé ni por dónde empezar, pero te estás equivocando. Te necesito. Te necesito ahora.”
- “¿Y bien?”
- “¿Quieres tomarte un café?, no son las ocho todavía, igual puedo pasarme por algún sitio y hablamos.”
- “Verás, es que ahora estoy… un poco ocupada.”
- “¿Mañana?, ¿Pasado?”
- “No, Javi…. tampoco. Ni la semana que viene.”
- “Ahm… ¿y qué ha pasado?”
- “Que te fuiste. Que lo hacías para no volver. Y que aquella niña que te prometía el corazón con cada parpadeo sigue allí mojándose en una lluvia que todavía no ha dejado de caer, y que me alegro por ello.”
*cloc*
PD: Ficción 100%


