Un mes
Descolgó el teléfono con manos temblorosas, el miedo recorriéndole la espina dorsal con el tacto propio de un fantasma del pasado. El silencio de la habitación pesaba. Un fluido denso con sabor a alcohol, violencia y sexo de gasolinera que le atravesaba cada poro de la piel hasta anudársele con fuerza por detrás de las costillas.
Ni siquiera ella sabía en qué momento decidió cruzar la línea, abrir aquel pequeño bolso de charol entrado en años para rebuscar una tarjeta de visita que algún día se perdió entre tickets y recibos dentro de la billetera, y marcar el número de aquel amigo de un amigo que resolvería sus problemas con Samuel de una sola vez y para siempre.
No se preguntó ni un sólo instante qué sería de su suerte, ni de la pensión, ni del seguro, ni la herencia. Si bajo aquel fantoche engominado en que se había convertido su marido había algo más que sostener que humo y promesas de una vida mejor, y no el infierno cada noche.
Cada cifra de las nueve que marcó retumbaría para siempre en sus oídos, pensó. Cada palabra que diría un secreto inconfesable que arrastrar hasta la tumba. Y mil recuerdos sobre aquello que llamó felicidad marchitos y apagados por el tiempo desnudándole la frente en forma de sudor.
Al otro lado de la línea, una voz áspera de edad indistinguible, un carraspeo gutural en forma de palabras, marca el principio de la muerte.
- ¿Sí?
- Euh… No sé ni por dónde empezar…
- Es fácil. Un nombre y cuelgue. Ingrese el dinero. Y un mes.
- Samuel Díaz, es mi m*cloc*
Sin vuelta atrás. Sin explicaciones. Sin justificación. Un nombre. Tres mil euros. Un mes…
Y el fin.
Nunca se le hicieron tan pesadas tres manzanas hasta su apartamento. Nunca odió tanto su cuerpo como aquella noche, aquel último maltrato, aquella humillación para conseguir un extra que acabase de una vez con el infierno doméstico de ausencia y viajes y el olor de otra mujer.
Samuel no volvería hasta unos días más tarde. Viaje de negocios, por tercera vez en un mes. Tiempo suficiente para aliviar los moratones de la piel y hacer sangrar un poco más la herida crónica en el alma.
Tres días de recuerdos que soñarle a la impasibilidad de la almohada. Tres días de promesas que algún día se dijeron a media luz con las luces apagadas. Tres días de recordar la perfección. Y de aquella llamada. Aquella primera vez en que una voz femenina al borde del llanto suplicaba “no lo hagas“, “¡no te quedes así, en silencio, dime algo!” y las incongruentes explicaciones de un Samuel de aliento a ron y borrachera ansioso por dormir, pero no por compartir la cama.
Aquella primera de tantas ocasiones.
Samuel volvió con ropa nueva, nuevo corte de pelo, nuevos zapatos, nueva sonrisa inmaculada y ojos llenos de júbilo por ver a su mujer. Samuel volvió repleto de promesas y canciones de las que nunca acaban. El Caribe, tal vez la selva africana, por fin la luna de miel que no habían podido realizar por ausencia de dinero y ganas.
No se volvería a marchar, dijo. Y que lo sentía por todas aquellas mujeres, por primera vez. Y que todo iba a cambiar. En dos semanas, casi sin darse cuenta, se volvió a rendir frente al encanto del que cayó enferma tanto tiempo atrás. Y volvieron los milagros, y las risas, las caricias en los pies y el albornoz tapando apenas las ganas de estallar sudando piel contra piel. Los labios recorriéndose mutuamente pecho y espalda. El sexo hasta el amanecer.
El calendario marcaba dos semanas.
Y el teléfono de un amigo de un amigo sin sonar. Una imposible vuelta atrás que atormentaba.
- Viajemos, dijo. Vayámonos por fin de luna de miel. A la Argentina. tierra de fuego, el río de la plata, Buenos Aires. A Venezuela con su salto del Ángel. A la sabana africana. Lejos. Lejos de muertes y asesinos y decisiones mal tomadas. Lejos de todo menos del perdón y la felicidad. De todo menos del nudo de las duchas juntos al atardecer, risa cómplice y conversación en el que se encontraba.
La soledad era locura. Era un reloj de arena, un segundero acelerado equivocando posición con la que debería marcar horas.
Y el teléfono sin descolgar. Y un amigo de un amigo allá en la oscuridad, en cada esquina, en cada copa de cada bar, una pantera sobre fondo oscuro esperando la presa descuidada.
Pronto cada extraño se volvió amenaza. Las prisas resolvieron París con tal de no estar en casa a la fecha señalada.
Una semana.
Ayer.
Esta mañana.
Un amigo de un amigo que nunca falla.
Mientras Samuel se ducha (solo, sorprendido), descuelga el auricular con manos temblorosas, el miedo recorriéndole la espina dorsal con el tacto propio de un fantasma del pasado. El pánico le impide ver a la figura de rostro cubierto y manos enguantadas acercándose como una víbora sobre la alfombra, hasta que es demasiado tarde. Casi no puede respirar, el cloroformo ardiéndole en la garganta.
Mientras cae, intenta avisar a su Samuel de que la hora llega, que huya, que corra. Que se aleje para siempre sin volver la vista atrás. Que se salve. Que aún puede haber mañana.
Y acierta con el picaporte de la puerta para ver, horrorizada, el agua de la ducha correr en un baño vacío. Y entonces siente la humedad transpirando la piel bajo los guantes que, sin fuerzas ya para apartar, le cierran la garganta.
- Tengo frío, dice.
Y la figura que la ve desfallecer, sin distorsión al otro lado del teléfono, la voz de su Samuel, responde.
- Yo también.
En el bolsillo de Samuel suena un teléfono, y una voz cascada de contestador, ni de hombre ni mujer, responde:
¿Sí?…. Es fácil. Un nombre y cuelgue. Ingrese el dinero. Y un mes.



