Santorini


Sábado, 14 Abril, 2007 a las 0:12

Santorini

Soñaba mucho. Tanto, que la mayoría de las noches le dejaban absolutamente exhausto e incapaz de mover un sólo músculo hasta ya avanzada la mañana. Casi nunca recordaba nada más allá de los primeros parpadeos, del borroso instante en que sus pies aún no se habían dejado caer sobre la realidad de un hospital que transformaba su vasto universo en los 80 cm de ancho de su cama.

No sabía ni quién era, ni cuánto llevaba su cuerpo postrado en una horizontal en la que el horizonte, el imposible, quedaba justo donde terminaba su piel para comenzar las sábanas. Vivía dividido entre dos mundos desde hacía tanto tiempo que había llegado a medirlo por la lentitud con que sus días se acortaban a medida que las estaciones pasaban. Por el ruido de la calefacción a media tarde o la ausencia total de brisa de las largas jornadas de sol de sus veranos.

Sólo había un momento, alguna vez, en que su estática vigilia lo reconfortaba. A veces, sentada al borde de la cama con una presencia inmóvil, como de flor, una enfermera con el nombre de Isabel le susurraba cerca del oído las historias con las que soñaba.

- Cuéntame un cuento esta noche, Isabel- Decía. - Cuéntame una historia para que me olvide de esta cárcel, de este imperio de la soledad y de esta cama.

Ella sonreía desde el mar azul turquesa que apresaba sus pupilas, y le contestaba.

- ¿Una historia sobre qué?
- Una historia de un amor imposible y un volcán, de un río de lava…

Y tomando prestadas un puñado de palabras, aquella Isabel paciente y delicada, le contaba.

- “Mi madre me contó una vez que hay una flor que crece al pie de un volcán, junto a un lago de agua templada….”

Transformaban aquella habitación en un universo libre de ataduras, alejándose arropados solamente por aquella voz como el cristal hasta casi el amanecer en que les sorprendían el cansancio, la medicación, o el sueño. Más de una vez les descubría el sol adormilados hacia el infinito con la mano entrelazada.

Hasta que un día, algún tiempo después, Isabel dijo que se marchaba. Se casaba, le contó, se cambiaría de ciudad y ya no volverían a ser suyas (de los dos) aquellas historias en las que el mundo era infinito contadas desde la almohada.

Nunca decía exactamente cuándo. “Pronto”, “unas semanas”. No importaba. Hasta que una vez, sentada más frágil y menos calmada, le dijo:

- Será mañana
- Vaya….

Y tras un largo silencio, aquel Javier postrado inmóvil en la cama, le contestó.

- Háblame hoy del amor, y de nosotros. Háblame del océano incansable que vive en tus pupilas, y de tu voz. Háblame de un lugar que sea nuestro con el que soñar después, cuando te hayas marchado y no me quede nada.

- “Hay una isla en Grecia, cerca del mar, que fue un volcán hace ya tanto que el mundo ya nunca lo recuerda. Sus casas son todas de color blanco y las ventanas y cúpulas que las adornan están vestidas de un azul tan hermoso, tan limpio y tan perfecto, que intenta perderse a medio camino entre el cielo y un mar tranquilo y apacible cuyas olas lamen los acantilados hasta los los que caen las casas. El suelo de pizarra de sus calles resuena, solitario, bajo mis sandalias.

En esta pequeña isla enamorada del mar, el sol se pone acompañado de una dulce neblina que siempre me recuerda a aquellos días de verano en que te vi crecer mientras soñaba, distraída, desde mi ventana. Había algo en tu forma de mirar que no has perdido ahora con el paso de los años y la soledad; un brillo malicioso e inocente tras tus ojos que siempre me recordará que me pasé toda la vida deseando conocerte y acabar perdidos en un mundo en el que todo fuera piel, y sol, y viento y una caricia de corazón a corazón acompasada al ritmo de tu cuerpo golpeándome en la espalda.

Esta historia habla de Santorini, y de ti y de mí, y de aquella única vez”.

Y la mano inocente de Isabel se perdió en aquel instante por debajo de las sábanas.

- “Hay un pequeño edificio en la ciudad, con un discreto campanario que mira al mar sobre un tejado a dos aguas en el que solíamos encontrarnos. Te habías vestido de blanco y me dijiste que tendrías que marchar y que querías no decirme adiós (pues odias la expresión) pero que no creías que volviéramos a vernos. Y esperando tumbada bajo el sol y la humedad, me sorprendió el sueño.

Me desperté contigo sentado junto a mí, como lo estoy yo ahora, tu mano acariciándome los labios.

- No te muevas, dijiste.

No me moví.

Ni cuando me abriste los labios con los dedos. Ni cuando manteniéndolos entreabiertos rellenaste el espacio vacío con nuestro primer beso. No me moví de aquella boca hambrienta con que me buscaste cada milímetro de piel entre la mía, por años reseca de esperarte así, enredada entre tus labios y tus manos y tu lengua entre los dedos.

No me moví cuando tu mano me buscó violenta debajo de la falda, ni cuando el hambre te llevó a morderme el cuello. No me moví mientras tus dedos me encontraron buscando más fuerte el contorno escondido de tu mano entre mis piernas.

No me moví cuando después de desnudarme me fotografiabas con los ojos, inmóvil, guardando en tus pupilas una despedida que ninguno de los dos se atrevería a formular.

No me moví ni un sólo instante. Aquel era tu momento, más que nuestro. Aquella despedida para ti era poco más que un vano adiós con el que desvelarme, entre jadeos y sudor, un secreto que me estabas reservando.

- Siempre te quise, dijiste, desde el primer momento. Pero no me atreví, y hoy ya es tarde.

Y yo callé, tendida entre tus brazos. Te había esperado hasta que ya no fue importante, hasta casi olvidarlo. Tanto que aquella espera se volvió parte de mí y me alejaría de un nosotros más amargo. Habría de ser así, que nuestro corazón se había unido en la distancia y al estar tan cerca éramos poco más que extraños. Buscábamos los dos un mito, una quimera que habíamos forjadoentre los dos al observarnos desde las ventanas y aquel suelo liso en el que resonaban con cadencia de reloj a veces mis zapatos. No teníamos nada que darnos, o nada que ofrecer, que se pudiera prorrogar más allá de aquel tejado de aquella isla que una vez fuera un volcán, de aquel encuentro, y de aquel abrazo”.

La mano de Isabel temblaba sobre el corazón de un Javier inmóvil. Sus ojos de niño se habían perdido en algún punto más allá del techo.

- T-t-t-e…. te escribí al volver a Santorini, un mes después. Pero te habías ido… Te…. te recuerdo, Isabel…

Aquellas cuatro paredes menguaron hasta convertirse en un minúsculo ataúd de nuevo.

- Nada me retenía allí.
- ¿Y… el resto?
- Puro azar, me temo. Y ahora tengo que marcharme.
- ¿Volveremos a vernos?
- Quién sabe…

Isabel se fue como un soplo ligero y suave de viento frío que anuncia el fin del verano de la mano del invierno.

Después de recorrer con la mirada aquella habitación, cerró los ojos una última vez.

Soñaba mucho. Tanto que la mayoría de las noches, si alguien pasaba cerca de la habitación, podía oír el eco lejano de unas campanas, las gaviotas, y el mar. Y el sonido rítmico, como un corazón, de unos zapatos…



La foto, esta vez, no es mía. La he sacado buscando en google pero está alojada en www.grecotour.com.

Nunca he estado en Santorini.

Mis agradecimientos esta vez a Jo, Gib y Keemi por leer la versión alfa del mismo y hacerme darme cuenta de cuál no era el camino a seguir… y en especial a Ginger por la revisión final del texto.

Quise pintar un cuadro


Miércoles, 28 Febrero, 2007 a las 1:39

… Es sólo una fracción de tiempo, un instante, poco más que un parpadeo que se escapa entre el amor y la sombra para llegar a los pies. Un escalofrío fugaz en la piel, y más allá de ti sólo queda el silencio de este campo. De su hierba, sus colinas impasibles al paso del tiempo y la caricia leve de la lluvia que nos baña. ¿Entiendes?

Un arrebato sutil que robarle al viento a medianoche, una palabra esquiva en la puerta de habitación que se disuelve en tus entrañas cuando a tu espalda, al calor de un millón de lámparas quemadas queda el reflejo en el espejo de los labios de la mujer que amas.

Así hablaba mi padre de la felicidad cuando, pensando que yo era demasiado joven para comprenderlas, aquellas palabras le brotaban lentamente de los labios y sus dedos arrugados por el tiempo y el mar me acariciaban recostado en sus rodillas.

Tenía quince años y un pincel que nunca se quedaba seco en el bolsillo. Pasaba las tardes sentado frente al mar, pintando los perfiles de las nubes del atardecer mientras, de fondo, me arropaban los sonidos de las jarcias en los mástiles. Y aunque jamás llegué a cruzarme con una idea clara al enfrentarme al lienzo en blanco, perdiéndome en ensoñaciones propias de la juventud imaginaba, distraído, que encontraría algún día mi camino. Y así, mientras buscaba sin esfuerzo aquella imagen que plasmar y que me encumbraría para siempre, disfrutaba con cada cada gradación y cada puesta de sol que pudieran imitar mis manos.

Al regresar a casa con gesto triunfal, entrada ya la noche, mi padre me hacía sentar a su lado y, dejando a un lado mi última creación, hablábamos. Nunca se cuestionó que cada cuadro fuera igual que el anterior, ni me manifestó (de aquello me enteraría años más tarde) que se hacía cada día más temprano al mar para poder pagar los lienzos y pinturas de mis cuadros. Se limitaba a observar, y aquello que le produjera la imagen del mar, las nubes y tanto color desperdiciado se lo iba guardando dentro, muy profundo, en el lugar -decía- que tenía reservado a los recuerdos más intensos.

Hasta que un día, años después, bajo una lluvia que amenazaba con llevarse por delante el mundo se presentó en mi cuarto antes del amanecer, con mis pinceles lienzos y pinturas bajo el brazo.

- Ven, Javier.
- Mmmfffmmmff… ¿Qué hora es?
- Pronto. Acompáñame, hoy te hablaré de algo.
- Pero si es de noche y llueve a mares.
- Andando.

Y así recorrimos el camino desde nuestra casa hasta el lugar donde había pintado cada cuadro, cada atardecer, y se cruzó de brazos.

- Hoy pintarás el amanecer.
- ¿Cómo? ¡Si el lienzo está inservible y empapado!

Y se sentó dejando que el agua le escurriera a chorros por los costados.

Pero pinté. Por cada trazo que daba el agua lo iba emborronando, una y otra vez. Sentí crecer una furia y una frustración en mi interior que enloquecieron cada pincelada, cada trazo. Quería darle un cuadro hermoso a mi padre en su primer encargo y aquella lluvia maldita no dejó de emborronarlo. Pinté hasta destrozar el pincel y continué, llorando, con las manos. Cuando lo terminé, sólo quedaba una masa informe de color azul y gris churreteado. Justo entonces dejó de llover y allí, a mi lado, mi padre me observaba con entusiasmo.

- No puedo pintar, padre.
- En eso estás equivocado.

Entonces, mientras recogía aquella ruina en color gris, me dijo:

- Hijo. Esta mañana has pintado tu primer cuadro. Algo que no podrías repetir, como tu atardecer, con los ojos cerrados. ¿Recuerdas la furia, la rabia, la frustración?. Está todo aquí escondido, esperando a que lo dejes florecer. No sé cuál es tu camino sobre el lienzo, ése has de recorrerlo en solitario. Pero aprende de una vez que sin pasión nunca crearás absolutamente nada más que copias de otras copias de tus propios cuadros.

Y yo callé.

- Vete. Descubre el mundo más allá de estos prados. Márchate y no vuelvas hasta que puedas decirme, con orgullo, que me traes ese cuadro con el que sueñas en tus manos.

Y sin decir palabra me marché, cogiendo un polvoriento tren que me alejaba de aquel puerto, de mi padre y de un ayer en el que la felicidad era un instante pasajero que buscar para plasmar en un retrato.

Durante un viaje que acabó por terminar años después, pinté sin detenerme en cada puerto, en cada calle, cada plaza en que me pude detener, pagando como pude el material a base de vender algunos cuadros. Me vieron crecer París, Madrid, Marruecos, Londres, Roma y Estambul. No volví a pintar una puesta de sol, ni a hacerlo sin sentir un profundo arrebato que naciera de entre las costillas y se me llevase con él hasta acabar con el último de los trazos.

Escribí a mi padre una y otra vez, enviándole fotografías de cada lugar en el que estuve y cada cuadro que pinté, sintiendo que cada vez me aproximaba más a aquella imagen que me hiciera sonreír de satisfacción sin terminar de conseguirlo.

Y fueron pasando los años.

Hasta que por fin y de una vez, volví a la casa que me vio crecer; situada en un viejo pueblo al borde del mar donde la lluvia siempre había sido generosa con el campo, con las manos vacías y todos los sueños por cumplir, un bote de pinturas y un pincel, y un lienzo en blanco.

Allí estaba mi padre, sentado, contemplando un cuadro emborronado en color gris, y un corcho con un sinfín de fotos de cuadros.

- Volviste.
- Volví….
- ¿Lo descubriste?
- ¿El mundo? Claro.
- El mundo no, hijo, ese siempre va a estar ahí. Digo tu cuadro.
- He venido a pintarlo.

Y le pinté, sentado en aquel mismo sofá, con su hijo sonriéndole desde el regazo.

Que no me espere nadie


Martes, 27 Febrero, 2007 a las 18:25

Que no me espere nadie
humedeciéndose los labios
con las luces apagadas.

Que no me busquen otros brazos
al amanecer, que no me llamen
a la puerta otras palabras.

Que no me esperen, no me busquen,
no se acerquen a esta piel,
que no van a encontrarme.

Que no me espere nadie,
amor, que ya me fui
quedando prisionero
en cada beso que te di,
y el viento deja, descuidado
tras el eco de tu espalda.

Now the curtain’s coming up
The audience is still
I’m struggling to cater for
The space I’m meant to fill

And distance doesn’t care
KT Tunstall - False Alarm

Si hoy fuera ayer…


Lunes, 19 Febrero, 2007 a las 2:42

Si hoy fuera ayer,
y un témpano de gloria congelada
para siempre en un abrazo
(de aquellos que pretenden, por presión,
fundir la piel)
no fuera el fotograma tatuado
de tu ausencia en un papel…

Si hoy fuera ayer
cuando se despidieron para siempre
de tus ojos estos labios,
y no tuviéramos la prisa
del amanecer,
el taxi, y los horarios
de estación de tren
para encontrarnos…

Quizá te diría que las seis
es el momento en que suceden los milagros.
O que soñé
que aún hay mil cuentos que leerte,
y que me dabas tiempo a conocer
cada minúsculo contorno inexplorado.

Pero es mañana
y tú te fuiste en aquel tren
de las oportunidades perdidas
y el “quédate” muriéndose en los labios.

Y yo elegí quedarme aquí
para no verte desaparecer
(perdiéndote entre el tráfico)
pensando que si hoy fuera ayer,
aún quedaría amanecer
en que atrapar tu piel contra mi piel,
y no un vacío y un papel
emborronado entre los brazos.

Babel


Lunes, 29 Enero, 2007 a las 0:38

No hace falta que les ponga un nombre, ni un lugar. Eran dos niños que, con esa confianza propia de su edad, unieron un día sus manos y sus pies para construir un fantasmal castillo de arena.

Podríamos decir que uno de ellos era inglés, que no podían decirse nada que mereciera la pena comprender; que se ufanaban sonriendo y señalando con las yemas de los dedos cada piedra a colocar, cada grano que ir agrupando junto al otro en una montaña absolutamente informe a ojos de aquellos que les rodeaban.

No les hacían falta torres, minaretes o portones. No soñaban construir una preciosa catedral, ni plaza del mercado, ni prisiones. Sólo tenían que apilar, el uno junto al otro, una piedra o un cristal. Un par de caracolas. Un trozo de metal.

Y mientras aquellos que les observaban no podían comprender, ellos corrían por pasillos insondables navegando a lomos de un par de dragones. O saltaban juntos por el foso del caimán evitándolo entre agudos gritos de ilusión, apretándose fuertemente la mano. Reían juntos emborrachándose de vino en los salones donde, a su alrededor, bailaban otros príncipes y otras doncellas, monstruos, villanos, miedos atroces.

Construyeron, como aquel, un infinito de castillos en la arena. De bosques decorados con coral. Ejércitos enteros de naves espaciales. Durante todo un verano, sin hablar, fueron inseparables. Habían salvado juntos mil princesas, atenazado mil demonios en botellas de cristal que luego enterrarían en la arena.

Y cuando el verano terminó, justo después de haber salvado al mundo del impacto inevitable de una estrella fugaz, cruzaron uno al otro sus pupilas y se sonrieron. Era la última aventura, la batalla final. No se despidieron con tristeza, si no con la certeza inocente de que volverían a encontrarse en aquel mismo lugar, donde siempre habría un mundo que merecía la pena que salvasen.

Así que cuando uno de ellos corrió sin dar la vuelta hacia el coche donde le esperaban sus padres, el otro no siguió con la mirada triste el rastro que quedó detrás. Miró el inmenso montón de arena que tenía delante y, sonriendo, lo aplastó muy lentamente con los pies, y volvió a casa.

Ambos sabían lo que tarda en volver un Agosto. Y lo supieron esperar.

Así, cuando al año siguiente se encontraron de nuevo en la misma arena, no hicieron falta saludos ni bienvenidas. Fue tan sencillo como sentarse de nuevo al sol de aquel verano y construir, a cuatro manos y pies, un universo inquebrantable que llenar de nuevo de héroes y villanos y princesas.

Fueron dejando atrás aquella inocencia del primer verano a poco cada vez. Se iban perdiendo en la distancia, lentamente, las princesas y dragones. Y los coches. Y el miedo a la oscuridad. Sin saber cómo ni cuando, y todavía sin hablar, les sorprendieron el agua del mar sobre la piel, la caricia no tan inocente de sus manos cuando, riéndose, se lanzaban al agua dándose empujones. Y las puestas de sol.

Se les enredaron infinitas veces las pupilas sin saber que hacer, expresándose en abrazos en los que no cabía nada más que desear que no existiera el aire. Y no entendían ni de sexos ni argumentos imposibles de abarcar con el lenguaje de la piel. Hablaban un idioma que partía de un lugar en el que no quedaba sitio más que para desearse.

Acabaron buscándose a tientas en la oscuridad de la noche, devorándose el uno al otro con algo mucho más allá del hambre, arañándose la espalda, destrozándose los labios con los dientes. Se enseñaron uno al otro cada manera diferente de besar, de acariciarse. El cómo responde la piel al contacto de unos labios que susurran en la oreja en un idioma que no entiendes. El roce de las olas en la piel mientras el mundo es un conjunto de gemidos que se entregan al placer de una primera noche.

Les sorprendió dormidos y abrazados más de un amanecer. Les engulleron a cobijo el agua, las palmeras, cada bar. Vivían esperando aquel instante en que, por fin, pudieran de nuevo enredarse entre sus brazos y arrancarse la piel. y no salvar ya más princesas ni dragones, por estar por fin, el uno con el otro, a salvo.

Hasta que de nuevo terminó el verano, y el amor volvió a su caja impermeable de cristal. Aprendieron cada uno el lenguaje en que hablaba el otro para poder comunicarse y expresar, así, el mundo inexplorado de sus mentes más allá del instinto casi animal que hacía inolvidable cada día y cada noche.

Y el azar quiso que durante unos años no pudieran encontrarse. Dejaron mensajes ocultos en las piedras, en cada lugar donde se habían encontrado alguna vez. Fotos enrolladas en botellas de cristal bajo las rocas. Una pulsera. Un colgante. Sabían el uno del otro por la aparición de nuevos tesoros que guardar, por los cambios que marca la edad en la sonrisa de las fotos. Descubrieron así, en la distancia, todo aquello de lo que no habían podido ni querido hablar. Sus gustos. Lo cerca que estuvieron alguna vez de reencontrarse en la fecha recortada de un periódico. Fechas extrañas e imposibles a las que comenzaron a ir con la esperanza de encontrarse.

Hoy hace exactamente doce años desde que le ví por última vez. De su cara, no me quedan más que las fotografías y el recuerdo extraño de unos ojos azules en los que sé que nunca podré evitar perderme. Es quince de agosto. Tengo una novia que lleva el orgulloso nombre de Isabel y que está en el coche, unas manzanas más allá, esperándome.

Hace un rato que le he visto sentado entre las rocas, rebuscando en los cristales y una mochila gris que lleva medio colgada de la espalda. El pelo rizado le ondea levemente con el aire y sus ojos, del color del mar, llevan un rato congelados en los míos, esperándome. Nunca he sido tan consciente del peso del corazón, de cada paso. Frente a mí la posibilidad, atrás el peso inquebrantable de una vida que me gusta y la costumbre. Y sé que cada paso que dé será para no volver jamás. En mi bolsillo llevo un par de caramelos de café. Una carta de despedida. Un beso ardiéndome en la sangre.

Entre nosotros, un niño y una niña de la misma edad construyen fortalezas insondables en la arena. Y sin saber qué hacer, me acerco hasta la frontera del mundo en el que están y dejo allí, entre unos trozos de botella verde (los mandos de un transbordador estelar), mis caramelos de café (el enemigo).

Él se acerca haciendo sonido de radar. Y, junto a los míos, deja dos piruletas verdes (llegan refuerzos, no hay nada que temer).

Nos levantamos a la vez.

- Hey
- Hey

Sin saber cómo, él habla español y yo hablo inglés, o al revés, fundidos en un babel en el que ambos comprendemos sin llegar a hablar, ninguna vez, dos frases en el mismo idioma. Llevo un milenio perdido en el azul de sus pupilas, a él se le ha sonrojado la piel. Me quema la carta en el bolsillo.

- I wrote you a letter.
- Yeah, I got one of those too. Kinda goodbye. I’m engaged.
- Yo también.
- Creo que me enamoré de ti.
- I’ll never stop doing so.
- Goodbye… then?
- Dejémoslo en tal vez.
- I want to kiss you
- Y a mí me gusta tu voz.

… y hay miradas que cambian para siempre el mundo. Y esto es el fin. Jamás podré volver hasta Isabel y no acordarme de que, por una vez, estuve a punto de dejarlo todo a un lado. Y si me quedo aquí, en este punto incierto donde sólo caben años de distancia y vértigo, lo perderé absolutamente todo.

Que se pare el tiempo. Que haya un último asteroide y se me lleve por delante de una vez, a aquel lugar y aquel momento en que tú soñabas con probar café y yo te pinté de verde con un caramelo antes de matarte a besos.

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