Cuando la guerra acaba


Jueves, 29 Septiembre, 2005 a las 0:26

Cuando la guerra acaba, acaso solamente queda el silencio.

No se ven corriendo por el campo los guerreros victoriosos, no se oye el crepitar de las banderas al alto gritando su victoria al viento. Ni se abrazan los batientes como hermanos.

Cuando la guerra acaba, alrededor solamente quedan sombras y recuerdos. Restos. Pedazos. Cuerpos deformados por dolor y sangre que, dejándose la vida atrás, no tuvieron más sentido que continuar alzando el brazo, apretando el gatillo. Las más de las veces, ya heridos y acabados, mordiendo el polvo de una forma demasiado literal para ganar un metro más, un segundo, un último golpe.

Quizá ese sea el único sentido de vivir de quien ya no entiende nada, harto de ver cómo todo a su alrededor se consume y acaba. Luchar sin saber muy bien por qué, perdido ya el motivo de la afrenta, olvidado tras heridas y cicatrices de bala. Tal vez arañarle un segundo más a un tiempo al que han sido condenados por tratar de ver la luz un poco más allá. Ganar o perder. Gritar. Golpear.

Al final, un silencio es todo lo que queda en un campo lleno de cadáveres cansados de luchar.

Los que viven, quizá no los más valientes ni los más listos, lloran.

Más tarde, lo celebran. Esa celebración que apaga los llantos en vino, en cerveza barata. La alegría del que sabe que el horror nunca terminará de desaparecer, que las cicatrices más profundas, imborrables, ya se le han formado y enquistado en lo más profundo del alma. Y de ahí la risa a carcajadas que tapa como en un hipido el grito de dolor en la garganta, mientras los ojos se pudren a base de lágrimas.

Yo ya no sé si en esta guerra, la mía, acaso la nuestra, he ganado o perdido yo. Ya casi ni recuerdo el color que un día tuvo mi bandera. Solamente queda el ruido, ese ruido de silencio que estrangula mientras por esta, mi garganta, se filtra una risa desbordante a carcajadas.

Acaso sea la locura.

Yo ya no sé si en esta guerra, la tuya, acaso la nuestra, de tanto vivir y morir y tanto renacer de fénix de alas absolutamente quebradas (esas alas de mentira, tan de fuego fatuo, tan de charol), has ganado tú o hemos perdido ambos. Tampoco oigo tu risa, y supongo que será porque allí, en tus propias carcajadas, hay un manto de silencio y abrazos entre hermanos que se quedan en el aire, suspendidos entre lágrimas de lava.

Llego tarde ya a esas celebraciones de vino y cerveza barata. Llego tarde hasta de la imposible bandera blanca, de tantos trapos envueltos en sangre que se interpretaron como señal de batalla.

Llego tarde hasta el final y este silencio, esta llanura desolada, sólo me devuelve el eco de infinitas calaveras (cada tú y cada yo que luchamos dejándonos el alma) y su mirada, sabiendo que en cada una de ellas se perdió una esquina de mi corazón, helada.

Caen en este sin sentido, en este remate final, un par de silenciosas lágrimas.

Y al cerrar los ojos el único viento que llega hasta aquí es el eco de mi demente y desquiciada carcajada.

Londres, 7J, drama.


Jueves, 7 Julio, 2005 a las 23:19

¡¡¿Qué está pasando?!!


Miércoles, 6 Julio, 2005 a las 10:06

“Momento”


Domingo, 3 Julio, 2005 a las 23:09

el héroe


Jueves, 2 Junio, 2005 a las 13:35
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