Isabel


Jueves, 4 Enero, 2007 a las 16:04

Se llamaba Isabel, y tocaba el piano.

Apenas puedo recordar nada de ella; esta vejez y la inquietud agotadora de mi juventud a aquellos años la mantienen más allá de donde abarca mi memoria. Y de todo lo que con el tiempo llegué a conocer, Isabel hoy no es más que una bruma densa en la que a veces, como ahora, vuelve con una claridad que por intensa, se me clava.

Apenas, decía, consigo recordarla, salvo que la conocí tocando un nocturno de Chopin con la mirada ausente entre las teclas, sus ojos todo un mar de azul desdibujado en un tugurio en el que no quedaban más que un par de almas solitarias.

Se sentaba frente a aquel viejo piano como si hubiera nacido sobre él y fuese la única manera que tenía de decirle al mundo lo que le importaba. Se servía un vaso de agua nada más entrar, y desbordaba sobre aquellas teclas sucias y ruinosas todos los colores del amor, el llanto o la esperanza. Al terminar, cansada ya del ritmo sincopado de sus manos y aquella forma curiosa que tenía de beber, lanzaba una débil sonrisa a su auditorio y se marchaba.

Hasta que un día cualquiera, un tres de Abril en el que hasta el mundo amaneció cansado de su órbita, entró empapada hasta los huesos, se sentó frente al piano con la cara ensombrecida y le cerró la tapa. Y se quedó ahí, tiñendo del azul de sus pupilas el silencio, hasta que rompió a llorar.

Era un llanto sencillo; un sollozo leve que escondido tras las manos, le partía desde el corazón para llegar sin fuerza a la garganta, roto solamente por el agua golpeando con paciencia en los cristales.

“Isabel”, parecía que llamaban….
“Isabel”….

Y el mundo se partía en dos, y ella lloraba.

Sin saber muy bien qué hacer, dejé caer un sólo instante la punta de mis dedos por su espalda.

- “Volverá”, le dije, “volverá”.

Pero se hacían largos los vacíos. Isabel llegaba cada noche, y cada noche se sentaba frente a aquella tapa que nadie había vuelto a abrir, y enterraba silenciosa su mirada entre las manos.

Con el tiempo, pasado casi un año de enterrar el rostro entre las manos y las lágrimas, volvió a tocar. Pero ya no era aquella Isabel distante la que arrancaba del piano cada nota; una fuerza profunda e insondable le arrancaba cada movimiento de las manos para golpear directamente en cada pecho de los que, en silencio, la escuchábamos desde la barra. Una garra de sombra que se la llevaba poco a poco hacia una oscuridad de la que no escapaba nada más que aquel concierto de tristezas y un llanto silencioso e interior que, con una endiablada precisión, la iba matando.

No sé exactamente cuándo, o si me enamoré. Pero fue en aquellos días de tormenta en los que, por primera vez, creí entender el universo que Isabel mostraba entre sus manos cuando el mundo era un concierto azul y gris, y una muchacha extraña y un piano.

Perdía una emoción con cada pieza que dejaba desenvuelta en aquel bar. Al transformarla en música sobre las teclas, la abandonaba para siempre. Isabel se nos marchaba lentamente y se quedaba atrás el cascarón indiferente de sus ojos fatigados y su azul, y el viento susurrando su nombre en los cristales.

Al final, un día en que entró directamente abandonada y fantasmal, le dije:

- Isabel, te estás matando
- Lo sé. Pero esa es una decisión que queda lejos de tu alcance.
- Quiero besarte.
- Y yo voy a darte algo mejor.

Y se sentó una última vez delante del piano, y lo tocó. Y me arrancó las ganas de besarla y la razón y mientras se perdían en las últimas notas su vida y su canción, entendí el valor que tiene la esperanza.

Así, cuando las horas me son tristes durante esta senectud, no tengo más que recordar aquella pieza. Y aunque aún derramo alguna lágrima por Isabel, puedo volver a sonreír con la mirada.

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