Babel


Lunes, 29 Enero, 2007 a las 0:38

No hace falta que les ponga un nombre, ni un lugar. Eran dos niños que, con esa confianza propia de su edad, unieron un día sus manos y sus pies para construir un fantasmal castillo de arena.

Podríamos decir que uno de ellos era inglés, que no podían decirse nada que mereciera la pena comprender; que se ufanaban sonriendo y señalando con las yemas de los dedos cada piedra a colocar, cada grano que ir agrupando junto al otro en una montaña absolutamente informe a ojos de aquellos que les rodeaban.

No les hacían falta torres, minaretes o portones. No soñaban construir una preciosa catedral, ni plaza del mercado, ni prisiones. Sólo tenían que apilar, el uno junto al otro, una piedra o un cristal. Un par de caracolas. Un trozo de metal.

Y mientras aquellos que les observaban no podían comprender, ellos corrían por pasillos insondables navegando a lomos de un par de dragones. O saltaban juntos por el foso del caimán evitándolo entre agudos gritos de ilusión, apretándose fuertemente la mano. Reían juntos emborrachándose de vino en los salones donde, a su alrededor, bailaban otros príncipes y otras doncellas, monstruos, villanos, miedos atroces.

Construyeron, como aquel, un infinito de castillos en la arena. De bosques decorados con coral. Ejércitos enteros de naves espaciales. Durante todo un verano, sin hablar, fueron inseparables. Habían salvado juntos mil princesas, atenazado mil demonios en botellas de cristal que luego enterrarían en la arena.

Y cuando el verano terminó, justo después de haber salvado al mundo del impacto inevitable de una estrella fugaz, cruzaron uno al otro sus pupilas y se sonrieron. Era la última aventura, la batalla final. No se despidieron con tristeza, si no con la certeza inocente de que volverían a encontrarse en aquel mismo lugar, donde siempre habría un mundo que merecía la pena que salvasen.

Así que cuando uno de ellos corrió sin dar la vuelta hacia el coche donde le esperaban sus padres, el otro no siguió con la mirada triste el rastro que quedó detrás. Miró el inmenso montón de arena que tenía delante y, sonriendo, lo aplastó muy lentamente con los pies, y volvió a casa.

Ambos sabían lo que tarda en volver un Agosto. Y lo supieron esperar.

Así, cuando al año siguiente se encontraron de nuevo en la misma arena, no hicieron falta saludos ni bienvenidas. Fue tan sencillo como sentarse de nuevo al sol de aquel verano y construir, a cuatro manos y pies, un universo inquebrantable que llenar de nuevo de héroes y villanos y princesas.

Fueron dejando atrás aquella inocencia del primer verano a poco cada vez. Se iban perdiendo en la distancia, lentamente, las princesas y dragones. Y los coches. Y el miedo a la oscuridad. Sin saber cómo ni cuando, y todavía sin hablar, les sorprendieron el agua del mar sobre la piel, la caricia no tan inocente de sus manos cuando, riéndose, se lanzaban al agua dándose empujones. Y las puestas de sol.

Se les enredaron infinitas veces las pupilas sin saber que hacer, expresándose en abrazos en los que no cabía nada más que desear que no existiera el aire. Y no entendían ni de sexos ni argumentos imposibles de abarcar con el lenguaje de la piel. Hablaban un idioma que partía de un lugar en el que no quedaba sitio más que para desearse.

Acabaron buscándose a tientas en la oscuridad de la noche, devorándose el uno al otro con algo mucho más allá del hambre, arañándose la espalda, destrozándose los labios con los dientes. Se enseñaron uno al otro cada manera diferente de besar, de acariciarse. El cómo responde la piel al contacto de unos labios que susurran en la oreja en un idioma que no entiendes. El roce de las olas en la piel mientras el mundo es un conjunto de gemidos que se entregan al placer de una primera noche.

Les sorprendió dormidos y abrazados más de un amanecer. Les engulleron a cobijo el agua, las palmeras, cada bar. Vivían esperando aquel instante en que, por fin, pudieran de nuevo enredarse entre sus brazos y arrancarse la piel. y no salvar ya más princesas ni dragones, por estar por fin, el uno con el otro, a salvo.

Hasta que de nuevo terminó el verano, y el amor volvió a su caja impermeable de cristal. Aprendieron cada uno el lenguaje en que hablaba el otro para poder comunicarse y expresar, así, el mundo inexplorado de sus mentes más allá del instinto casi animal que hacía inolvidable cada día y cada noche.

Y el azar quiso que durante unos años no pudieran encontrarse. Dejaron mensajes ocultos en las piedras, en cada lugar donde se habían encontrado alguna vez. Fotos enrolladas en botellas de cristal bajo las rocas. Una pulsera. Un colgante. Sabían el uno del otro por la aparición de nuevos tesoros que guardar, por los cambios que marca la edad en la sonrisa de las fotos. Descubrieron así, en la distancia, todo aquello de lo que no habían podido ni querido hablar. Sus gustos. Lo cerca que estuvieron alguna vez de reencontrarse en la fecha recortada de un periódico. Fechas extrañas e imposibles a las que comenzaron a ir con la esperanza de encontrarse.

Hoy hace exactamente doce años desde que le ví por última vez. De su cara, no me quedan más que las fotografías y el recuerdo extraño de unos ojos azules en los que sé que nunca podré evitar perderme. Es quince de agosto. Tengo una novia que lleva el orgulloso nombre de Isabel y que está en el coche, unas manzanas más allá, esperándome.

Hace un rato que le he visto sentado entre las rocas, rebuscando en los cristales y una mochila gris que lleva medio colgada de la espalda. El pelo rizado le ondea levemente con el aire y sus ojos, del color del mar, llevan un rato congelados en los míos, esperándome. Nunca he sido tan consciente del peso del corazón, de cada paso. Frente a mí la posibilidad, atrás el peso inquebrantable de una vida que me gusta y la costumbre. Y sé que cada paso que dé será para no volver jamás. En mi bolsillo llevo un par de caramelos de café. Una carta de despedida. Un beso ardiéndome en la sangre.

Entre nosotros, un niño y una niña de la misma edad construyen fortalezas insondables en la arena. Y sin saber qué hacer, me acerco hasta la frontera del mundo en el que están y dejo allí, entre unos trozos de botella verde (los mandos de un transbordador estelar), mis caramelos de café (el enemigo).

Él se acerca haciendo sonido de radar. Y, junto a los míos, deja dos piruletas verdes (llegan refuerzos, no hay nada que temer).

Nos levantamos a la vez.

- Hey
- Hey

Sin saber cómo, él habla español y yo hablo inglés, o al revés, fundidos en un babel en el que ambos comprendemos sin llegar a hablar, ninguna vez, dos frases en el mismo idioma. Llevo un milenio perdido en el azul de sus pupilas, a él se le ha sonrojado la piel. Me quema la carta en el bolsillo.

- I wrote you a letter.
- Yeah, I got one of those too. Kinda goodbye. I’m engaged.
- Yo también.
- Creo que me enamoré de ti.
- I’ll never stop doing so.
- Goodbye… then?
- Dejémoslo en tal vez.
- I want to kiss you
- Y a mí me gusta tu voz.

… y hay miradas que cambian para siempre el mundo. Y esto es el fin. Jamás podré volver hasta Isabel y no acordarme de que, por una vez, estuve a punto de dejarlo todo a un lado. Y si me quedo aquí, en este punto incierto donde sólo caben años de distancia y vértigo, lo perderé absolutamente todo.

Que se pare el tiempo. Que haya un último asteroide y se me lleve por delante de una vez, a aquel lugar y aquel momento en que tú soñabas con probar café y yo te pinté de verde con un caramelo antes de matarte a besos.

Isabel


Jueves, 4 Enero, 2007 a las 16:04

Se llamaba Isabel, y tocaba el piano.

Apenas puedo recordar nada de ella; esta vejez y la inquietud agotadora de mi juventud a aquellos años la mantienen más allá de donde abarca mi memoria. Y de todo lo que con el tiempo llegué a conocer, Isabel hoy no es más que una bruma densa en la que a veces, como ahora, vuelve con una claridad que por intensa, se me clava.

Apenas, decía, consigo recordarla, salvo que la conocí tocando un nocturno de Chopin con la mirada ausente entre las teclas, sus ojos todo un mar de azul desdibujado en un tugurio en el que no quedaban más que un par de almas solitarias.

Se sentaba frente a aquel viejo piano como si hubiera nacido sobre él y fuese la única manera que tenía de decirle al mundo lo que le importaba. Se servía un vaso de agua nada más entrar, y desbordaba sobre aquellas teclas sucias y ruinosas todos los colores del amor, el llanto o la esperanza. Al terminar, cansada ya del ritmo sincopado de sus manos y aquella forma curiosa que tenía de beber, lanzaba una débil sonrisa a su auditorio y se marchaba.

Hasta que un día cualquiera, un tres de Abril en el que hasta el mundo amaneció cansado de su órbita, entró empapada hasta los huesos, se sentó frente al piano con la cara ensombrecida y le cerró la tapa. Y se quedó ahí, tiñendo del azul de sus pupilas el silencio, hasta que rompió a llorar.

Era un llanto sencillo; un sollozo leve que escondido tras las manos, le partía desde el corazón para llegar sin fuerza a la garganta, roto solamente por el agua golpeando con paciencia en los cristales.

“Isabel”, parecía que llamaban….
“Isabel”….

Y el mundo se partía en dos, y ella lloraba.

Sin saber muy bien qué hacer, dejé caer un sólo instante la punta de mis dedos por su espalda.

- “Volverá”, le dije, “volverá”.

Pero se hacían largos los vacíos. Isabel llegaba cada noche, y cada noche se sentaba frente a aquella tapa que nadie había vuelto a abrir, y enterraba silenciosa su mirada entre las manos.

Con el tiempo, pasado casi un año de enterrar el rostro entre las manos y las lágrimas, volvió a tocar. Pero ya no era aquella Isabel distante la que arrancaba del piano cada nota; una fuerza profunda e insondable le arrancaba cada movimiento de las manos para golpear directamente en cada pecho de los que, en silencio, la escuchábamos desde la barra. Una garra de sombra que se la llevaba poco a poco hacia una oscuridad de la que no escapaba nada más que aquel concierto de tristezas y un llanto silencioso e interior que, con una endiablada precisión, la iba matando.

No sé exactamente cuándo, o si me enamoré. Pero fue en aquellos días de tormenta en los que, por primera vez, creí entender el universo que Isabel mostraba entre sus manos cuando el mundo era un concierto azul y gris, y una muchacha extraña y un piano.

Perdía una emoción con cada pieza que dejaba desenvuelta en aquel bar. Al transformarla en música sobre las teclas, la abandonaba para siempre. Isabel se nos marchaba lentamente y se quedaba atrás el cascarón indiferente de sus ojos fatigados y su azul, y el viento susurrando su nombre en los cristales.

Al final, un día en que entró directamente abandonada y fantasmal, le dije:

- Isabel, te estás matando
- Lo sé. Pero esa es una decisión que queda lejos de tu alcance.
- Quiero besarte.
- Y yo voy a darte algo mejor.

Y se sentó una última vez delante del piano, y lo tocó. Y me arrancó las ganas de besarla y la razón y mientras se perdían en las últimas notas su vida y su canción, entendí el valor que tiene la esperanza.

Así, cuando las horas me son tristes durante esta senectud, no tengo más que recordar aquella pieza. Y aunque aún derramo alguna lágrima por Isabel, puedo volver a sonreír con la mirada.

Evergreen


Miércoles, 3 Enero, 2007 a las 2:09

lluvia

De esta forma comienza el mundo a renacer.

Un par de brotes,
un par de lágrimas solitarias,
y verde.

Siempre verde.

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