Ojos Negros (recuperado)


Viernes, 17 Noviembre, 2006 a las 13:53

Agua.

La lluvia llega en la calle Rector hasta la más pequeña de las esquinas, deslizándose a veces silenciosa entre luces y sombras hasta desaparecer, en riachuelos iguales, en el cruce con la Plaza Gris.

Bajo mi capucha empapada (siempre he odiado los paraguas), mi rostro permanece clavado en un desvencijado cartel; anunciando tiempos mejores en el modesto y abarrotado bar que tengo enfrente.

“Quizá, por fin, desemboque aquí esta eterna y desesperada búsqueda” me digo al encaminar los pasos hacia la sala repleta.

El interior está casi tan húmedo como el exterior y el aire, de pardo y gris, casi parece la niebla de un londres de los años 20. Suenan risas y gritos de alcoba. Suenan vasos brindando, risas, chanzas, gente. Suena a vida mediocre y gris apagada en los resquicios del último trago en un vaso de whisky. A celebración en copas que pretenden ser de champán.

En el bolsillo busco un par de monedas, suficientes para pagarme el modesto vaso de un vino que bien podría haber pasado por cualquier otra cosa y encuentro, junto a la esquina, un abandonado periódico que parece reclamar la atención de cualquiera dispuesto a leerlo. Curiosamente, la mesa está vacía.

Pienso en los ventiladores del techo, en sus aspas y giros, en su eterno moverse sin desplazamiento. En las vueltas que da la vida. En las de la ruleta. En las de las ruedas de la bicicleta que mi padre guardaba en aquella caseta en el jardín…

- Disculpe ,- casi no oigo la voz de mi interlocutor, que me mira con cara de sorpresa.
- ¿sí?
- ¿No nos conocemos de algo?.

Mi mirada salta fugaz del vaso de vino (¿vacío?) a los ojos, azules, de la persona que tengo delante. Sé que mis ojos son un puro reflejo de alegría, de esperanza, y por un momento olvido cómo ocultarlo. Mis manos se aferran al empapado gabán que cubre a un hombre que hace varias décadas ya estaba entrado en años. El escaso cabello (blanco como la nieve) que cae lacio y mojado hasta las cejas, está recubierto por un pañuelo gris, y sobre él, un sombrero de ala ancha pugna por mantenerse erguido a pesar del agua que lleva encima.

- ¿Me conoce?, ¿sabe quién soy?, ¿puede ayudarme?

Retrocede. No es más que un pequeño paso involuntario, un gesto reflejo, un tic. Pero lo atraigo hacia mi con tanta fuerza que trastabilla y sus ojos quedan a la altura de los míos cuando apoya la mano sobre la mesa.

- Disculpe, me he debido de conf…
- Por favor… dígame solamente de qué, dígame de qué. Por favor…

Hay un instante de silencio. Finalmente se sienta, dejando el sombrero a un lado.

- Verá, hace un tiempo… conocí a un hombre. Un hombre como usted, aunque visiblemente más joven. Me hizo un regalo. Un regalo precioso, de valor incalculable para mi, y… bueno, es extraño… me dijo que viniera todos los miércoles a este bar desde entonces, que quizá yo podría ayudarlo a él, que quizá estaría buscando algo. Y… es extraño, nunca he sido una persona de honor, pero cumplí mi parte del trato.
- ¿Qué trato?
- Ya se lo he dicho, caballero. Que vendría cada miércoles al bar, a esta misma mesa, y si algún día encontraba a alguien sentado en ella que se pareciera a él, le ayudase a buscar algo. No me quiso decir nada más, y después se fue. Hace ya… casi 30 años de eso, y al final, bueno… he acabado vinendo por costumbre. No creí que volvería a verle.
- ¿Y no le dijo nada más?, ¿ese hombre era yo?, por favor, ayúdeme, no puedo recordar nada… no sé quién soy. No sé nada.

Sin darme cuenta, veo que he apurado ya mi segunda copa de vino, y que una tercera vuelve a llenarse con una mirada cómplice entre un camarero y el hombre que está frente a mi. Todo, absolutamente todo, se está desordenando en mi cabeza. Sé que pierdo la percepción del tiempo, de las cosas, de mi. Manoseo el periódico con nerviosismo.

- Mire… todo esto es una locura. Agradezco de veras el regalo que me hizo, pero… no puedo ayudarle. No sé quién es. No sé ni tan siquiera su nombre. Un día vino y sin decirme nada me hizo un regalo, y ya está… demonios… aunque tal vez esté olvidando algo…

Otra vez lo mismo. Es el décimo bar que visito por instinto esta semana. Todos en el mismo barrio, en el mismo cruce de calles, y en todos ha sucedido lo mismo. Siempre hay alguien con un regalo. Siempre hay un trato, y nunca nadie puede ayudarme…

- Bueno, es igual, muchas gracias. Perdóneme si le he molestado.

El hombre contempla horrorizado cómo la copa de vino se rompe de pura frustración entre mis dedos, y suelta de un tirón el abrigo de mi mano. Con precipitación se dirige a la barra, paga, y desaparece de nuevo en la calle mojada.

No sé cuánto tiempo permanezco en el bar, con el gastado periódico entre las manos. Antes jugaba a convertir en horas los segundos del tiempo. Ahora el tiempo se me escurre de las manos como mantequilla caliente sobre un pedazo de pan, y no sé cómo ponerle remedio. Tengo demasiados momentos en blanco.

El bar está casi vacío ahora, y de la calle solo percibo oscuridad, lluvia, y pasos acelerados sobre la acera mojada. Soy el único cliente sentado en la mesa y los que están en la barra parecen estar agotando sus últimas monedas en ahogar sus penas en silenciosos suspiros repletos de alcohol de garrafa. Hora de irse. El periódico vuelve a la mesa, mojado, manchado de sangre y todavía sin leer.

La calle Rector no muestra un aspecto distinto del de cualquier calle en invierno. La gente corre bajo sombreros y paraguas, y el tráfico es demasiado lento y denso. Se oyen gritos y voces, radios y sirenas, y pocas risas a estas alturas de la noche.

- Señor, ¡¡señor!!

Al mirar hacia atrás compruebo como un tipo de traje de chaqueta y maletín corre desesperado hacia donde me encuentro. Y de repente, como un olvidado instinto, a mi mente acude un recuerdo: “corre cuando te busque el hombre de los ojos Negros. El hombre de los ojos Negros significa la muerte, la perdición”.

- Señor, oiga, ¡¡señor!!, ¡¡escuche!!, ¡¡tengo algo importante para usted!!.

No hay tiempo para la duda. Ni para pensar.

Pánico.

Correr, girar la esquina, cruzar la calle, saltar el charco.

- ¡¡Señor!!

Correr, correr porque la vida te va en ello. Sin descanso, sin pausa.
Cruzar la calle, saltar el charco. El bar.
El bar, sí, el bar.
Entrar en el bar.
Confundirse con la gente.
Los baños.
Un teléfono en los baños.
Un poster de Warhol en los baños.
Un cerrojo…

El pecho me duele demasiado fuerte para pensar, y la mano sigue sangrando. Quién es el hombre de los ojos Negros. Puedo oler mi propio miedo desde aquí como si fuera un asqueroso perro. Necesito coger aire. Respirar. Necesito un trago. Abro la puerta….

- Señor, por f…

El primer puñetazo le parte el labio superior, los siguientes golpean su pecho mientras va cayendo.

- Sssseñorrr…

No tengo tiempo. Tiempo. De alguna forma el tiempo es importante. Yo soy importante. Importante para el tiempo… ¿¿¿importante para qué???

Salgo corriendo del bar antes de que el revuelo que se forma llegue a atraparme en su interior, debo alejarme del hombre de los ojos Negros. El hombre de los ojos Negros significa la muerte. La perdición.

Alguien me hace señas desde un semáforo cercano. Dios, ¿es que todo el mundo me conoce?.

Calmar el miedo es importante. Calmarse, respirar hondo, respirar. Respirar es importante. El tiempo es importante. Yo soy importante. ¿Pero quién soy yo?…

Me acerco despacio al hombre junto al semáforo. Tiene los ojos azules. Y un gabán. Y un sombrero que son familiares.

- ¡¡Oiga!!, llevo siguiéndole desde que salió del bar de la calle Rector, he recordado algo. En el periódico que había en la mesa tiene usted un mensaje. Dios, no sé ni por qué hago esto, casi me da un infarto… señor, ¿se encuentra usted bien?, está usted pálido…

Encontrar la calle Rector no será difícil, descubro que en mi carrera no he hecho más que dar vueltas a la misma manzana. La plaza Gris se distingue al fondo. Debo encontrar el periódico, la razón, a mi. Y el tiempo es importante. Yo soy importante. Los ojos Negros significan la muerte, la perdición.

Volvemos al punto de partida… el bar está cerrado, aunque aún se distingue luz en el interior, el candado y la verja que cierran el local están a medio camino entre la desesperación y el periódico. La puerta de cristal (antes imperceptiblemente abierta) está cerrada. Llamo al timbre.

- Disculpe, está cerrado…
- Lo sé, lo sé… antes vi un periódico en una de las mesas. ¿Lo guardan?, ¿lo han tirado?, es importante…
- Euh, creo que no, pero déjeme mirar…

El hombre se encamina hacia la mesa donde estuve sentado sin vacilar (¿un recuerdo?, ¿intuición?) y recoge el periódico. Luego, busca algo tras el mostrador, envuelto en un papel de regalo (¡¡de regalo!!) que bien podría llevar veinte años así de lo gastado y sucio (y muy seguramente abierto y revisado) que está, y me lo entrega.

- Tome, el periódico… ah, y una cosa curiosa… alguien que se parecía a usted, una vez… me dijo que esto sucedería. Me dio un regalo importante para mi, a cambio de este pequeño envoltorio. Me dijo que lo guardase, y que se lo diese a alguien a cambio de un viejo periódico del siglo pasado. Y le puedo jurar que ese periódico nunca pasó por mis manos…

La sangre golpea con violencia mis sienes. ¡¡El tiempo!!. El tiempo es importante. El siglo pasado… con violencia le arranco el periódico y el viejo envoltorio de entre sus manos, y le farfullo unas gracias demasiado rápido para que las oiga. Me refugio bajo la cornisa del portal de al lado y abro el periódico.

Devoro las páginas como si leer fuera lo único para lo que estoy en el mundo. Cada palabra se incrusta en mi mente con el afán de un activo funcionario cuya razón de ser fuera archivar y relacionar datos. No puedo recordar nada. Ni una sola de las palabras me suena. Ni una sola de… Dios, me voy a volver loco. Si es que no estoy loco ya. En la sección de anuncios por palabras hay algo…

“Hola, viejo amigo. ¿Quieres abrir el regalo?”.

El periódico cae como hojas secas hacia el suelo mientras mis manos desgarran el papel del envoltorio. En el interior hay un pequeño espejo. Alzo la vista para mirar el reflejo… y sólo capto mis ojos.

Mis ojos Negros.

A lo lejos se oye un disparo.


Texto escrito allá por el 2002

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