Pescador (recuperado)


Domingo, 1 Octubre, 2006 a las 15:03

Mi padre (fiel lector de estas líneas, dicho sea de paso) me ha pedido que le ponga a su disposición un relato que le gusta mucho -porque le toca de cerca- y que escribí hace unos años, así que fiel a sus peticiones y las tradiciones familiares, aquí lo tenéis.



Pescador

La pequeña balsa se mece mansamente en un espejo de plata, reflejando con debilidad las primeras luces del alba.

La humedad y el frío calan hasta los huesos, lamiendo en pequeños charcos mis pies desnudos y gastados por el tiempo, los pasos, y la memoria. A mi lado reposa la caña; poco más que tres varas de simple madera picada por el paso del tiempo y su hilo, casi de plata, ondea suavemente con la primera brisa cuando calzo la pequeña lombriz en el mortífero aguijón que también me alimenta.

Dejo que la caña repose sobre mis manos antes de abrazarla, para después sostenerla con suavidad mientras traza la parábola que habrá de alejar el sedal de la barca.

El primer rayo de luz (una hermosa coincidencia) se refleja levemente contra el metal que, al caer al agua, la hace ondular suavemente.

Miles de círculos concéntricos, a veces invisibles, brotan de la superficie.

“Húndete” - casi ruego al anzuelo - “húndete pero no demasiado, deja que el corcho mantenga el metal entre el infinito y la superficie del agua”.

Ahora sólo resta esperar…

El viento hace mecerse la barca, y levanta minúsculas olas que se reflejan doradas al golpearlas estas primeras luces. Pronto el lago rebosará de vida. Miles de insectos poblarán su superficie jugando como Salvadores a caminar sobre las aguas. Pronto se llenará el cielo de milagros voladores, allá en la ribera, que colmarán con su trino este silencio de agua y aire.

Noto un pequeño tirón en el sedal, y el corcho hundirse tímidamente.

“Vamos…”

Pero no viene nada. Un coletazo despistado, un leve saludo al pescador, y luego nada. Mi anzuelo está libre de peces. Y el sedal pesaado lleno de recuerdos.

Los ojos se entrecierran al recorrer el tiempo, como para ver mejor, y por un instante el universo es un patio de brillos y luces, de pequeños espejos flotando alrededor de la barca. Y entre reflejo y reflejo surgen las imágenes, la memoria.

Son tantos los años vividos, tantas historias, tantos libros y tantos momentos… tantos minutos perdidos que ahora, en la vejez, solamente llenan este silencio con tristes vacíos. Con sonrisas cansadas y vista de ciego y ajado pescador en un solitario ataud de madera que flota…

Y tantos aquellos momentos que se recuerdan con precisión, tantas palabras robadas al tiempo… tantos los besos fugaces, los versos, los peces, las mañanas como ésta. Tantos los instantes que se dilatan hasta rebosar henchidos de tiempo. Segundos que se recuerdan como si fueran viajes eternos…

Tantas son las cosas que aún recuerdo…

El sol está alto ya en el horizonte, y el agua duele al contemplarla, como si estrellas de magnífica intensidad nacieran en su superficie. El sedal cuelga lacio, como muerto, mientras el corcho sigue meciéndose sobre un agua sin alteraciones.

A estas horas no habrá pez que suba a la superficie.

Con calma recojo el sedal, haciendo girar el gastado carrete. La lánguida parábola se convierte en una flecha directa al corazón del lago. Una flecha clavada que con anciana lentitud levanto.

El anzuelo refleja la luz. No hay gusano.

Con una sonrisa en los labios, remando hacia la orilla mis pensamientos se vuelven de nuevo lejanos, de nuevo rebullen intranquilas memorias de tiempos pasados… trayendo consigo sonrisas y suspiros apagados. Portadoras de años felices o tristes. De tormentas y amaneceres. De esperanzas e ilusiones. De juventud. De infancia.

Esta vejez es un regalo.

Tras dejar arrimada a la orilla la balsa, llega la hora de entrar en casa, donde Ella me espera con los brazos (tan hermosos como en el recuerdo) apoyados sobre las caderas, mirándome con el rostro tranquilo y sereno. Tras el silencioso y cómplice beso, apenas un roce de nuestros gastados labios (un roce que sigue siendo una Bienvenida), mientras entro en la casa, la oigo decir

“No has pescado nada”

Y al reposar sobre los suyos mis ojos, arrugas detrás de arrugas en mi rostro se convierten en una sonrisa feliz mientras susurro

“eso no es cierto…”

“y qué has pescado?”

“… Recuerdos”.

Y con una sonrisa de comprensión, me contempla mientras la puerta se cierra.

Sansara.
11-07-2002.



Supongo que, al leer nuestras cosas, a todos nos pasa lo mismo. Que cambiaríamos letras, frases, párrafos enteros. Si tuviera que reescribir esta historia creo que la recompondría desde las raíces para dejar algo que se parezca más a lo que hago y con lo que estoy a gusto ahora. Pero ya no sería aquella historia que le arrancó una lágrima de comprensión a mi padre (aficionado a la pesca y la vida). No sería lo mismo.

Así que ahí te queda, viejo. Para que no (ejem) vuelvas a perderlo ;)

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