Café con besos
Preparaba el café con convicción, como un pintor se enfrentaría al lienzo en blanco.
- Nunca lo compres molido, ni torrefacto, ni mezcla. Compra grano tostado, y de Colombia.
Antes de comenzar, miraba y apartaba cuidadosamente cada grano, limpiándolo de cada imperfección con ojos vidriosos y esa sonrisa que siempre le caracterizó puesta en los labios, y diez pequeñas maravillas de marfil acariciando uno por uno cada fruto.
- ¿Ves? estos son los más sanos
Y no importaba que me hubiera dicho aquello una y otra vez, que me supiera de memoria todos los rincones del guión, los puntos de inflexión en cada frase, su cara demasiado pícara tratando de seducirme con uno de los frutos mientras jugaba a humedecerlo con la punta de la lengua y con los labios.
Tenía un molinillo que ya debía ser antiguo cuando nuestros padres jugaban en el patio del jardín, un armatoste de madera barnizada y una gran manivela para accionar la prensa. Y la giraba con tal precisión que podría contar el tiempo a ojos cerrados, como un reloj, como si molinillo y ella fueran uno. Una vuelta tras otra con las pupilas perdidas entre éste y aquel particular conjunto de ilusiones y sueños de papel en el que vivía ella.
- Ahora debes dejarlo extendido sobre un trozo de papel, que deje que pierda la humedad que seguro que ha cogido en el armario.
Y me guiñaba el ojo segura de saber que yo argumentaría, como siempre, que es imposible que un grano de café que ya ha sido tostado tenga la más mínima noción de la humedad. Y sonreiríamos los dos cuando al volcarlo dentro de la cafetera quedase algo de polvo resistiéndose aferrado en el mantel, prueba inequívoca de haber estado algo mojado.
- El agua, tibia. El fuego lento, ¿ves? Deja que hierva poco a poco, que tarde en subir pero que no lo haga demasiado despacio. Hay que encontrar el ritmo perfecto, como en todo.
Y el pelo se le pegaría al rostro cada vez, y yo lo apartaría con la punta de los dedos. Y así dejar caer segundos imposiblemente largos con los ojos enredados y las puntas de mis dedos paseando por aquel pálido antebrazo. Entonces llegarían a juntarse nuestros labios. Eran besos de aquellos sin tiempo ni prisas. Dos lenguas que se recorrían a cámara lenta, alante y atrás, a párpados cerrados y la piel de gallina. Para desayunar, café con besos.
Pararíamos siempre al oír el burbujeo de la cafetera, aunque en un par de ocasiones nos pudieron más las lenguas y los brazos que el sonido de los fuegos crepitando por el líquido quemado.
- Y ha de tomarse solo, ¿ves? Para el café, la leche y el azúcar son como llevar condones.
Ella prefería el sexo sin interrupciones, y el café solo ardiéndole en el paladar, y aquel cigarro matutino con amanecer en el que hasta el humo parecía quedarse sin saber qué hacer, dibujándose en pequeñas espirales que se le enredaban entre los reflejos de sol y el pelo revuelto.
Hace años de aquello.
Esta mañana, cuando me levanté, eché de menos aquella forma de despertar, y la llamé, y decidimos vernos en un café del centro.
Y ahora, mientras me pierdo entre aquellas paredes blancas como su piel, y el pelo lacio y revuelto brillando como el trigo de verano, la veo aparecer, y se sienta a mi lado.
- Hacía años, Javier
- Sí… a veces pienso que demasiados.
Y allí siguen la mirada cómplice y la sonrisa de medio lado, y aquel ébano albino de su piel. Y la humedad acogedora de sus labios al dejar su rastro en mis mejillas.
- ¿Qué tomas?
- Un café con leche
- ¿Perdona?
- Bueno, hay cosas que han cambiado, y ya no venero tanto el café, obsesiones de juventud, parece. Y tú, ¿qué tomas?
- Un té con limón
- ¿Y eso?
- Bueno, a mí nunca me gustó el café. Sólo con besos.
Por cierto, ésta es la entrada número 100. Gracias a todos por todo. Por estar aquí. Y por todo lo demás.

