Un mes


Wednesday, 20 September, 2006 a las 21:08

Descolgó el teléfono con manos temblorosas, el miedo recorriéndole la espina dorsal con el tacto propio de un fantasma del pasado. El silencio de la habitación pesaba. Un fluido denso con sabor a alcohol, violencia y sexo de gasolinera que le atravesaba cada poro de la piel hasta anudársele con fuerza por detrás de las costillas.

Ni siquiera ella sabía en qué momento decidió cruzar la línea, abrir aquel pequeño bolso de charol entrado en años para rebuscar una tarjeta de visita que algún día se perdió entre tickets y recibos dentro de la billetera, y marcar el número de aquel amigo de un amigo que resolvería sus problemas con Samuel de una sola vez y para siempre.

No se preguntó ni un sólo instante qué sería de su suerte, ni de la pensión, ni del seguro, ni la herencia. Si bajo aquel fantoche engominado en que se había convertido su marido había algo más que sostener que humo y promesas de una vida mejor, y no el infierno cada noche.

Cada cifra de las nueve que marcó retumbaría para siempre en sus oídos, pensó. Cada palabra que diría un secreto inconfesable que arrastrar hasta la tumba. Y mil recuerdos sobre aquello que llamó felicidad marchitos y apagados por el tiempo desnudándole la frente en forma de sudor.

Al otro lado de la línea, una voz áspera de edad indistinguible, un carraspeo gutural en forma de palabras, marca el principio de la muerte.

- ¿Sí?
- Euh… No sé ni por dónde empezar…
- Es fácil. Un nombre y cuelgue. Ingrese el dinero. Y un mes.
- Samuel Díaz, es mi m*cloc*

Sin vuelta atrás. Sin explicaciones. Sin justificación. Un nombre. Tres mil euros. Un mes…

Y el fin.

Nunca se le hicieron tan pesadas tres manzanas hasta su apartamento. Nunca odió tanto su cuerpo como aquella noche, aquel último maltrato, aquella humillación para conseguir un extra que acabase de una vez con el infierno doméstico de ausencia y viajes y el olor de otra mujer.

Samuel no volvería hasta unos días más tarde. Viaje de negocios, por tercera vez en un mes. Tiempo suficiente para aliviar los moratones de la piel y hacer sangrar un poco más la herida crónica en el alma.

Tres días de recuerdos que soñarle a la impasibilidad de la almohada. Tres días de promesas que algún día se dijeron a media luz con las luces apagadas. Tres días de recordar la perfección. Y de aquella llamada. Aquella primera vez en que una voz femenina al borde del llanto suplicaba “no lo hagas“, “¡no te quedes así, en silencio, dime algo!” y las incongruentes explicaciones de un Samuel de aliento a ron y borrachera ansioso por dormir, pero no por compartir la cama.

Aquella primera de tantas ocasiones.

Samuel volvió con ropa nueva, nuevo corte de pelo, nuevos zapatos, nueva sonrisa inmaculada y ojos llenos de júbilo por ver a su mujer. Samuel volvió repleto de promesas y canciones de las que nunca acaban. El Caribe, tal vez la selva africana, por fin la luna de miel que no habían podido realizar por ausencia de dinero y ganas.

No se volvería a marchar, dijo. Y que lo sentía por todas aquellas mujeres, por primera vez. Y que todo iba a cambiar. En dos semanas, casi sin darse cuenta, se volvió a rendir frente al encanto del que cayó enferma tanto tiempo atrás. Y volvieron los milagros, y las risas, las caricias en los pies y el albornoz tapando apenas las ganas de estallar sudando piel contra piel. Los labios recorriéndose mutuamente pecho y espalda. El sexo hasta el amanecer.

El calendario marcaba dos semanas.

Y el teléfono de un amigo de un amigo sin sonar. Una imposible vuelta atrás que atormentaba.

- Viajemos, dijo. Vayámonos por fin de luna de miel. A la Argentina. tierra de fuego, el río de la plata, Buenos Aires. A Venezuela con su salto del Ángel. A la sabana africana. Lejos. Lejos de muertes y asesinos y decisiones mal tomadas. Lejos de todo menos del perdón y la felicidad. De todo menos del nudo de las duchas juntos al atardecer, risa cómplice y conversación en el que se encontraba.

La soledad era locura. Era un reloj de arena, un segundero acelerado equivocando posición con la que debería marcar horas.

Y el teléfono sin descolgar. Y un amigo de un amigo allá en la oscuridad, en cada esquina, en cada copa de cada bar, una pantera sobre fondo oscuro esperando la presa descuidada.

Pronto cada extraño se volvió amenaza. Las prisas resolvieron París con tal de no estar en casa a la fecha señalada.

Una semana.

Ayer.

Esta mañana.

Un amigo de un amigo que nunca falla.

Mientras Samuel se ducha (solo, sorprendido), descuelga el auricular con manos temblorosas, el miedo recorriéndole la espina dorsal con el tacto propio de un fantasma del pasado. El pánico le impide ver a la figura de rostro cubierto y manos enguantadas acercándose como una víbora sobre la alfombra, hasta que es demasiado tarde. Casi no puede respirar, el cloroformo ardiéndole en la garganta.

Mientras cae, intenta avisar a su Samuel de que la hora llega, que huya, que corra. Que se aleje para siempre sin volver la vista atrás. Que se salve. Que aún puede haber mañana.

Y acierta con el picaporte de la puerta para ver, horrorizada, el agua de la ducha correr en un baño vacío. Y entonces siente la humedad transpirando la piel bajo los guantes que, sin fuerzas ya para apartar, le cierran la garganta.

- Tengo frío, dice.

Y la figura que la ve desfallecer, sin distorsión al otro lado del teléfono, la voz de su Samuel, responde.

- Yo también.

En el bolsillo de Samuel suena un teléfono, y una voz cascada de contestador, ni de hombre ni mujer, responde:

¿Sí?…. Es fácil. Un nombre y cuelgue. Ingrese el dinero. Y un mes.

Bourbon, y cocacola


Thursday, 14 September, 2006 a las 0:59

Cocacola

Salía de trabajar a las 11. Vivía con el agua al cuello y el poco desahogo que permite el sueldo de un camarero de bar, un monumento a la vez al cansancio y al buen humor cada día que pasaba. Tenía cara como de actriz de cine negro, un rostro afilado y una sonrisa fugaz, todo detrás de medio metro de igualísimas y oscuras pestañas delineadas con precisión en un arco sobre sus ojos pardos.

No era una mujer especialmente hermosa. Analizada en fragmentos desiguales uno podría decir que su nariz era demasiado puntiaguda, sus caderas demasiado anchas o sus piernas largas. Que tenía una estridente forma de vestir, y combinaba los colores más absurdos siempre sobre una falda negra. Y sin embargo, había algo en su forma de moverse, de caminar y de agitar las manos mientras tomaba la comanda que la hacía a todas luces la imagen de una mujer a la que uno desearía, hasta morir, sonriendo al lado de la cama al despertar por la mañana.

La conocí de casualidad, tras una tarde demasiado larga de oficina, de papeles revueltos y dossieres que nunca terminaban de cuadrar y una visita a domicilio para terminar de recoger detalles sobre unas declaraciones; un puñado de palabras sobre un papel para un juicio sin importancia de robo con intimidación en una panadería.

Aún sonrío al recordar aquel instante en que dejé caer mis esperanzas y cansancio sobre la silla de la mesa veintitres, abrir un portafolios de cartón del que sobresalía un fajo de abultadísimos papeles y, mientras miraba distraído hacia el cristal de la ventana (llovía, una cortina ligera de agua refrescando el aire apelmazado de verano), se acercó.

- Adoro ver las gotas de agua estrellándose contra el cristal, me dijo. Siempre pienso que en, realidad, son las ventanas que lloran. ¿Qué desea?.

Y cuando la miré, una sonrisa refulgía en aquellos labios finos sin pintar, mientras me taladraba hasta los tobillos con aquellos ojos húmedos casi al borde del llanto.

- Euhmmm… Un bourbon. Seco. Y un vaso de agua, gracias.

El bar estaba desierto por aquel entonces, y con todo el aspecto de estar a punto de cerrar. Sin embargo, quizá por la lluvia, quizá por azar, no pareció muy preocupada por tenerme allí sentado subrayando y maldiciendo en voz no demasiado baja mientras preparaba los papeles para el juicio de mañana. Un asunto feo con todos los ingredientes para resolverse con una condena macabra a un pobre chaval, cuyo único delito consistía en haber estado en el sitio equivocado en la hora equivocada. Y siempre fui de los que piensa que es mejor culpable en libertad.

Cuando vino, traía una bandeja enorme con una hamburguesa llena de todo lo que uno podría desear, y una cocacola.

- Aquí tiene. Una hamburguesa especial y una cocacola.
- Disculpe, pero yo he pedido un bourbon seco y un vaso de agua.
- Exactamente, hamburguesa y cocacola. Hágame caso, le sentará mejor comer que ahogar sus dudas entre alcohol y agua.

Y tal como se vino, dejó la bandeja y se largó contoneándose como una serpiente a punto de atacar hacia la cafetera.

- ¿Tomará café después?… Lo digo porque tengo que limpiarla.
- Hmmmfff. Sí.

No sé por qué al final acabé hincándole el diente a la hamburguesa, supongo que porque un hombre como yo no puede negarse a los encantos que pueda ofrecerle una mujer o, quizá, por no interrumpir más tiempo mi trabajo. En realidad, aquella monstruosidad con forma de hamburguesa estaba deliciosa, y me hizo recordar que el hambre a veces se nos esconde por detrás de insomnios y preocupaciones, y que no se marcha sola.

Apenas hube terminado se acercó con un café, un bourbon, un cenicero y un paquete de tabaco entre las manos.

- Ahora tómese el café con calma, y charlemos. Deje descansar esa cabeza suya y hable conmigo un rato, hace horas que me muero por un par de minutos de conversación, un cigarrillo, y una buena copa.

No me pude negar. Pronto estuvimos hablando de cine y televisión hasta que no hizo falta ya romper el hielo, y la noche se nos disparó contándonos la vida, toda aquella procesión de sueños que quedaron rotos en algún lugar y el universo de esperanzas e ilusiones que se pierden o ganan por el camino. Afuera, las ventanas lloraban bajo la mirada sombría de un millón de semáforos en ámbar y la vigilancia de un par de farolas.

Ella movía las manos sin cesar mientras me hablaba de lo erróneo de algunas decisiones, de la vida libre, de la facilidad para volar y encontrar raíces en alguna parte. Estaba de viaje, me dijo. Hasta encontrar a la persona adecuada. Había leído en algún libro romántico que para hacerlo había que viajar y así se le desenquistaban los minutos. Un día aquí y otro allá. Madrid, Paris, ninguna_parte. Y elegía al final de cada día una persona con que hablar, con la ilusión y la esperanza de encontrar respuesta a aquellas inquietudes que la mantenían vivaracha y constante.

Y yo tampoco se la dí. Lo supe en el momento en que salí de la cafetería, amanecido ya, sin el bourbon que me había querido tomar, y sin resolver el caso que me había vuelto loco entre carpetas y papeles.

Perdí el caso y encerraron al pobre chaval; y al llegar a casa, por la noche, no podía sino recordar el leve golpeteo de las gotas sobre los cristales, las miradas de actriz de hace 80 años reflejándose detrás de un vaso de cocacola y un café, los cigarros bailando en las manos de muñeca de porcelana a 45 revoluciones y los sueños rotos e ilusiones.

Varios días después pasé de nuevo por el bar. Buscándola, supongo, entre la gente y los enormes ventanales.

Se había ido, me dijeron. De viaje hacia ninguna parte. Pero me mandaba un beso y el deseo de que un día pudiera comprender el por qué de aquellos viajes.

Hoy, a tantos años y kilómetros de ningún sitio al que pudiera llamar hogar, entro en una cafetería que se pierde entre los montes verdes de un Montana que nunca había conocido y que siempre quise ver. He viajado tanto que ya ni recuerdo aquellas épocas en las que todo mi futuro era un chaval al que no debían encerrar, y un portafolios lleno de papeles. Una voz lejana me pregunta qué quiero beber, y yo respondo que hamburguesa y cocacola. Y mientras veo de nuevo cómo lloran los cristales, alguien deja un par de vasos sobre la mesa y me sonríe, como en una vieja película, mientras me dice:

- Aquí tienes tu bourbon y tu vaso de agua.

El corazón se me para al instante. Cuando la miro, hay arrugas donde antes hubo tersura, y años donde nunca llegarían ya ni heridas ni cicatrices. Y una sonrisa de cristal. Y unos ojos húmedos casi al borde del llanto.

- Gracías, sonrío.
- Y qué, ¿comprendiste?
- … No, respondo. Pero llevo media vida buscándote.

Café con besos


Friday, 8 September, 2006 a las 13:14

Preparaba el café con convicción, como un pintor se enfrentaría al lienzo en blanco.

- Nunca lo compres molido, ni torrefacto, ni mezcla. Compra grano tostado, y de Colombia.

Antes de comenzar, miraba y apartaba cuidadosamente cada grano, limpiándolo de cada imperfección con ojos vidriosos y esa sonrisa que siempre le caracterizó puesta en los labios, y diez pequeñas maravillas de marfil acariciando uno por uno cada fruto.

- ¿Ves? estos son los más sanos

Y no importaba que me hubiera dicho aquello una y otra vez, que me supiera de memoria todos los rincones del guión, los puntos de inflexión en cada frase, su cara demasiado pícara tratando de seducirme con uno de los frutos mientras jugaba a humedecerlo con la punta de la lengua y con los labios.

Tenía un molinillo que ya debía ser antiguo cuando nuestros padres jugaban en el patio del jardín, un armatoste de madera barnizada y una gran manivela para accionar la prensa. Y la giraba con tal precisión que podría contar el tiempo a ojos cerrados, como un reloj, como si molinillo y ella fueran uno. Una vuelta tras otra con las pupilas perdidas entre éste y aquel particular conjunto de ilusiones y sueños de papel en el que vivía ella.

- Ahora debes dejarlo extendido sobre un trozo de papel, que deje que pierda la humedad que seguro que ha cogido en el armario.

Y me guiñaba el ojo segura de saber que yo argumentaría, como siempre, que es imposible que un grano de café que ya ha sido tostado tenga la más mínima noción de la humedad. Y sonreiríamos los dos cuando al volcarlo dentro de la cafetera quedase algo de polvo resistiéndose aferrado en el mantel, prueba inequívoca de haber estado algo mojado.

- El agua, tibia. El fuego lento, ¿ves? Deja que hierva poco a poco, que tarde en subir pero que no lo haga demasiado despacio. Hay que encontrar el ritmo perfecto, como en todo.

Y el pelo se le pegaría al rostro cada vez, y yo lo apartaría con la punta de los dedos. Y así dejar caer segundos imposiblemente largos con los ojos enredados y las puntas de mis dedos paseando por aquel pálido antebrazo. Entonces llegarían a juntarse nuestros labios. Eran besos de aquellos sin tiempo ni prisas. Dos lenguas que se recorrían a cámara lenta, alante y atrás, a párpados cerrados y la piel de gallina. Para desayunar, café con besos.

Pararíamos siempre al oír el burbujeo de la cafetera, aunque en un par de ocasiones nos pudieron más las lenguas y los brazos que el sonido de los fuegos crepitando por el líquido quemado.

- Y ha de tomarse solo, ¿ves? Para el café, la leche y el azúcar son como llevar condones.

Ella prefería el sexo sin interrupciones, y el café solo ardiéndole en el paladar, y aquel cigarro matutino con amanecer en el que hasta el humo parecía quedarse sin saber qué hacer, dibujándose en pequeñas espirales que se le enredaban entre los reflejos de sol y el pelo revuelto.

Hace años de aquello.

Esta mañana, cuando me levanté, eché de menos aquella forma de despertar, y la llamé, y decidimos vernos en un café del centro.

Y ahora, mientras me pierdo entre aquellas paredes blancas como su piel, y el pelo lacio y revuelto brillando como el trigo de verano, la veo aparecer, y se sienta a mi lado.

- Hacía años, Javier
- Sí… a veces pienso que demasiados.

Y allí siguen la mirada cómplice y la sonrisa de medio lado, y aquel ébano albino de su piel. Y la humedad acogedora de sus labios al dejar su rastro en mis mejillas.

- ¿Qué tomas?
- Un café con leche
- ¿Perdona?
- Bueno, hay cosas que han cambiado, y ya no venero tanto el café, obsesiones de juventud, parece. Y tú, ¿qué tomas?
- Un té con limón
- ¿Y eso?
- Bueno, a mí nunca me gustó el café. Sólo con besos.


Por cierto, ésta es la entrada número 100. Gracias a todos por todo. Por estar aquí. Y por todo lo demás.

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