Quizá hace un mes
… Y ya podrían desangrarse en mis oídos las canciones, y hacerme sangrar con música y palabras que todo daba igual, de todos es de sobra conocido que cuando uno muere no le sangran ni los cortes ni los golpes que le puedan dar.
Así arrastré mis pies por el camino el día en que dejé olvidada en el armario la sonrisa para mis pestañas, y aquella lámpara de alcohol que hiciera recordar que existe un fuego que buscar cuando en por la punta de los dedos ya no viajan más que sombras.
Fueron tantas las vidas que perdí, tantas las manos que buscaban arrancarme de mi propia historia que aprendí el instinto de esquivar aquellas voces que gritaban que dejase de correr por las cuchillas del silencio, que me arrancaban a tirones de la oscuridad, y susurraban tenuemente que me estaba enmoheciendo en la memoria.
Hoy, en este pecho vacío, las heridas ya no sangran.
Y al fondo del pasillo una luz, quizá el reflejo de mí mismo sonriendo desde el otro lado de la vida, invita a abandonar este pasillo de cristal y pies descalzos, este horror personal, este cajón desastre de puñales con un nombre, esta maldita ingenuidad, y grita:
Llega la primavera de tu nombre. ¡Sal!.

