Unos pisos más abajo
Podría decir que hay una pareja en mi edificio, unos pisos más abajo, que no se quiere. Nunca los he visto, no sé ni cómo son ni cómo hablan, lo que tantos días se cuela por la ventana de mi habitación es poco más o menos un conjunto desgarrado de improperios que se dicen uno al otro. Él suena como a voz masculina y fuerte, y entre gritos todo suena a frustración y nervios; ella, por contra, rebosa una femineidad agresiva con la que devuelve grito con grito y aspereza con lija verbal.
A veces imagino que en el fondo sí, que hay algo detrás de tanta violencia verbal que acaba siempre con portazo y estampida en la escalera para retomar horas después, como un boomerang, en las mismas circunstancias. Imagino que en algún momento fue feliz, que existió una época dorada en la que pasearon juntos por los mismos jardines de la vida y que tenían algo que contarse, de qué hablar. Quizá ella tenga una voz dulce y él sea un paraíso de amabilidad, y por la noche, cuando se apagan los incendios en el pecho y dejan encendidas solamente las farolas, se devoran uno al otro como pidiéndose perdón, masticándose gritos y culpa a mordiscos entre sábanas revueltas y arañazos en la espalda.
Pero luego oigo los gritos, los portazos y las maldiciones y me queda sensación de cementerio.
Decía, a juzgar por lo anterior, que uno puede pensar que unos pisos más abajo hay una pareja que no se quiere.
Sin embargo quiero creer que lo que les pasa es que ya no saben ni gritarse. Que se están diciendo una y otra vez “te quiero, pero ya no te conozco”, que se gritan porque no saben qué hacer, porque el corazón les ata pero por cualquier motivo los caminos en la vida se les han desenlazado y ahora va cada uno por aquí o por allá sin saber muy bien dónde dejaron de sentir la palma del otro entre sus propias manos.
Y así viven sumidos en la bronca hueca, en el gritar por gritar, en esa pugna imposible por recuperarse y volver a lo que conocían, que hace tanto tiempo que no está que pretenden desandar todo el camino recorrido en un paso y decir “ya está, estamos en casa de nuevo”, y que con un par de palabras está todo solucionado y se acabó el gritar y el llanto sordo, y el pedir perdón clavando uñas y portazos en la espalda.
Y esas palabras que antaño calmaban no les valen ya. No saben pedirse tiempo muerto a tanta mezquindad y ahora, mientras les veo arrancándose la ropa por el hueco que dejan las cortinas y el cristal, y escucho sus “lo siento” entrecortados entre gemidos y jadeos, mientras les sé esperando que aquella discusión haya sido el punto y final, puedo decir…
Que hay una pareja en mi edificio, unos pisos más abajo, que se quiere con locura, pero se quiere mal. Y que de tan juntos y tan lejos, sólo les queda separarse.
Y luego ya verán.

