Cuadernos (II)


Jueves, 27 Julio, 2006 a las 17:56

Hasta este pecho herido ya no llega el hombre blanco, a este corazón de la sabana no le alcanza más que el grito de cada animal que llevo por dentro.

Hasta este pozo sin fin no llega ya ningun sentido. Es todo gritar y rugir. Es todo dolor y espacios vacíos. Es una canción que dejo que se pierda en el silencio de la noche, lejos de aquí.

He querido levantar al infinito el brazo, y salir. Trepar abandonando esta ruina de mí mismo, de este latir de corazón muerto de frío. Agarrarme a los rescoldos de un carbón que ni calienta ni se apaga, al decaer sutil del negro entre escarlatas y cenizas en que se mueren en silencio mis entrañas.

He dejado que me acompañara el viento de la dama del silencio, rozándome apenas la piel. Perdiéndome en el brillo almibarado que escondió bajo sus párpados para que nadie lo pudiera ver.

Y me he sentido tan lleno de nada que un día, golpeándome la frente el aire de un amanecer, valió saberme tan lejos de mí para arrancarme una a una una canción de lágrimas que duraría hasta el anochecer.

Pero nunca cambia nada.

Tu picadura fue mortal.

Dejó encerrado el corazón en un inexpugnable laberinto. Me atrapó el alma en una celda para la que ya no queda llave. En un pasillo sin final.

Así que ahora, cuando alguien amenaza con atravesar este quejido que ni se agota ni se calma con una sonrisa de cristal sólo me queda devolverle la mirada, enredando mis pupilas en mordazas que estrangulen este grito visceral.

Y así, cuando de alguna forma me pregunte “cómo estás” poder decir:

- “Bien, yo nunca estoy mal”

Y que no atrone en sus oídos el graznido de dolor que me destroza el alma.

En el camión, 13.07.2006

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