Cuadernos (III)


Viernes, 28 Julio, 2006 a las 22:15

Para leer escuchando la canción de abajo

Pasos de arena, como un reloj vencido al que se le escurre el tiempo por entre su esfera de cristal. Vacío. Como un recuerdo triste que dejase alguien olvidado en un armario, abrazado al marco que me atrapa en un oscuro fotograma entre polillas.

Así tendrías que encontrarme, derritiéndome en mi propio sinsentido, muriéndome en los brazos de mi propia sombra. Con los ojos agrietados y, ante el mundo, un cristal de milagrosos espejismos y una sonrisa dibujada a base cenizas y alquitrán.

Y tú observabas tras los muros de tu manto de silencio. Desde más allá de donde alcanza el viento y la tormenta un par de agujas afiladas devorando cada punto de un paisaje sin final.

Y se cruzaron sin querer mis granos y tus pasos. Estallaron todos mis cristales de espejismos. Se rompieron tus ladrillos de silencio y, por un instante, un momento, hubo paz.

Luego vendría el recital de huidas. Tú al silencio de tu fortaleza, y yo de nuevo al ojo de mi inabarcable huracán, a mi agujero en el pecho con un nombre impronunciable (que recito como un mantra al despertar). Y rápidamente se tiñeron nuestros mundos del color de la distancia sin rencores.

Me llevé de ti un mechón de pelo imaginario para despertarme con tu paz, te regalé el espacio para el viento en el que hoy flotan mis sueños. Y un abrazo aquel instante en que abarcaste el mundo con tus brazos tras la puerta de una habitación para no echarte a llorar, y que yo devolví para que no se me escaparan ya más lágrimas desde la comisura de los labios.

Guardé el paquete de cerillas que me diste.

La última se consumió esta noche entre mis dedos. Fue como tú. Silencio, luz, llama por un instante.

Guardo tu olor en el pecho. Y por la noche a veces oigo el viento, y recuerdo.

Madrid, 28 de Julio, acabo de soñar con viento.


Ayub Ogada - Kothbiro

Cuadernos (II)


Jueves, 27 Julio, 2006 a las 17:56

Hasta este pecho herido ya no llega el hombre blanco, a este corazón de la sabana no le alcanza más que el grito de cada animal que llevo por dentro.

Hasta este pozo sin fin no llega ya ningun sentido. Es todo gritar y rugir. Es todo dolor y espacios vacíos. Es una canción que dejo que se pierda en el silencio de la noche, lejos de aquí.

He querido levantar al infinito el brazo, y salir. Trepar abandonando esta ruina de mí mismo, de este latir de corazón muerto de frío. Agarrarme a los rescoldos de un carbón que ni calienta ni se apaga, al decaer sutil del negro entre escarlatas y cenizas en que se mueren en silencio mis entrañas.

He dejado que me acompañara el viento de la dama del silencio, rozándome apenas la piel. Perdiéndome en el brillo almibarado que escondió bajo sus párpados para que nadie lo pudiera ver.

Y me he sentido tan lleno de nada que un día, golpeándome la frente el aire de un amanecer, valió saberme tan lejos de mí para arrancarme una a una una canción de lágrimas que duraría hasta el anochecer.

Pero nunca cambia nada.

Tu picadura fue mortal.

Dejó encerrado el corazón en un inexpugnable laberinto. Me atrapó el alma en una celda para la que ya no queda llave. En un pasillo sin final.

Así que ahora, cuando alguien amenaza con atravesar este quejido que ni se agota ni se calma con una sonrisa de cristal sólo me queda devolverle la mirada, enredando mis pupilas en mordazas que estrangulen este grito visceral.

Y así, cuando de alguna forma me pregunte “cómo estás” poder decir:

- “Bien, yo nunca estoy mal”

Y que no atrone en sus oídos el graznido de dolor que me destroza el alma.

En el camión, 13.07.2006

Cuadernos (I)


Miércoles, 26 Julio, 2006 a las 16:57

Vine hasta este paisaje completamente vacío; una pura tumba de crisantemos, un mundo de agua y sin luz a la espera de algún gobierno.

Brilla la luna llena sobre esta estepa asabanada del Serengeti, con la que tantas veces soñé repleta de una vida que deseé tener, y a la que llego plagada de ausencias que todavía duelen por dentro.

El aire huele a vacío y a gris. A eso me huele hoy el pecho. A caricias de púas que te atraviesan la piel. A la lija del polvo inevitable (en que habré de convertirme una vez) que se me ha llevado a rastras con cada manojo de viento.

Soy una carcasa vacía que lucha por retener sus recuerdos. Soy cada vaso de vino que vierto entre las entrañas buscando la ausencia, y el eco del mar, perdiendo el olvido su inevitable batalla con cada suspiro.

Y me siento animal herido, temblando con cada traspiés a sabiendas de su debilidad. A la espera de aquellas zarpas que habrán de arrebatarle sus pasos.

Soy como el viento que se estrella en la roca, incapaz de arrancarle un milímetro de piel.

Soy poco más que un breve eco de lo que he sido.

Soy el deseo de esta boca sobre otra boca, el suspiro de un pecho que nunca reconocí tan vacío.

Y así, tras un momento sin luz, oculta tras un murmullo de oscuridad informe esta luna (que nunca he descrito) me siento toalmente incapaz de saber, en este espejo camino al olvido, si es que tal vez fue que nunca te vi, o si te conocí. Pero sigues siendo la lluvia que besan mis pies, y de tanto esperarte se me ha cuarteado la piel.

Y ya no es que quiera beber.

Es que lo necesito.

Serengeti, 11.07.2006

Nakupenda, Afrika ya Mashariki


Lunes, 24 Julio, 2006 a las 23:42

Estoy de vuelta.

Pronto, los textos y fotos del viaje. Mientras… canciones, siempre.

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor;
la vieja calle, donde el eco dijo
tuya es su vida, tuyo es su querer
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver.

Volver con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien
sentir que es un soplo la vida
que 20 años no es nada
que febril la mirada
errante en la sombras
te busca y te nombra.
Vivir con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenan mi soñar.
Pero el viajero que huye,
tarde o temprano detiene su andar,
y aunque el olvido que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión
guardada escondida hay una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.

Volver con la frente marchita…

Estrella Morente - Volver (versión)


Estrella Morente - Volver

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