Lightning crashes…
Tengo un recuerdo de mi infancia que siempre me hace sonreír.
En casa teníamos un perro, uno de esos spaniels de caza que de tanto no ejercer se vuelven bastante falderos. Una de esas fieras absolutamente domesticadas por el paso de los años y de los tiempos, y que sin embargo acabó desarrollando un instinto de protección para con mi persona que siempre me ha dejado un buen sabor de boca.
Dormía debajo de mi cuna los primeros años, y creo que ninguno de los dos tenía demasiado claro si el perro me protegía a mí, o era yo quien protegía al perro. Pero el caso es que le daban miedo los túneles y los puentes (cuando pasábamos debajo agachaba siempre la cabeza), y tenía pavor a las tormentas. Sabíamos que iba a llover por cómo el perro iba caminando por la casa o la calle, como temiendo que se le fuera a desplomar el cielo y aplastarle o partirle por la mitad.
Yo sin embargo he crecido al revés. Por más que me encuentre mal, las tormentas me levantan el ánimo. Hay algo en esa furia natural e incontrolable que me acaba electrizando, que me activa. Mi perro oía un trueno y no perdía el tiempo en refugiarse debajo de mi cama, y yo acabo saliendo a la calle a mojarme en cuanto arrecia.
Anoche, a las dos de la madrugada, me encontré con ésta:
Y me acordé, mientras estaba en la terraza fotografiando la tormenta, de aquel borrón blanco y marrón lanzándose en plancha debajo de la cuna como una exhalación, no sea que se le fuera a tragar la tierra.


