Desde una ventana
Fue toda una explosión de hielo y furia que acabó con tu respiración. Se te arremolinaba el cuerpo alrededor de todos tus sentidos. El dolor olía a hierba y a formol, y tus brazos retorcidos como de una marioneta se enredaban abrazándote las vértebras erosionadas de la espalda. Luces y alquitrán, sangre acariciándote los dedos y la frente. Ruido de coches y de gente al pasar.
Arriba, tan arriba, un ventanal se despidió de ti ondeando al viento sus cortinas.
La noticia de tu salto ocuparía la frontal de mil revistas y periódicos. Trentaycinco pisos para un salto sin red de seguridad. Poco más que un brazo roto. El chaval que no se pudo suicidar.
Nadie te arropaba cuando se hicieron de plomo todos los relojes y se volvieron tus huesos de cristal. Nadie te siguió esos ojos de mirada triste. Te llenaron todo el cuerpo de aparatos y sensores para acompañarte con sus ritmos sincopados un día tras otro en un silencio para tus neuronas que nadie sabía ya cómo callar. Te habías curado, decía el monitor que escaneó los huesos de tu espalda. No había lesión en tu último escaner cerebral. Te funcionaban como nuevos corazón, palabras y riñones. Y sin embargo no sabías más que dividir tu mundo con los ojos al perderse tras un infinito en el cristal de la ventana de tu habitación 503.
Tu cuerpo olía siempre a pétalos de flores. A suero. A mil indiferentes monitores para el rojo de tu sangre, para tus bombas de sodio-potasio, para tu dieta basal.
No se apartaron nunca tus ojos del amanecer en la 503. Ni tu respiración dejó de oírse entre pitidos de válvulas y sensores. Tu informe contenía tanta información de cuerpo sano que nadie sabía del por qué de tu mirada envuelta en nubes y de amanecer. Cuando te preguntaron que por qué saltaste solamente les dijiste yo… quería ver el mar.
Y el mar eran tus ojos tristes. Y un destello allá en el horizonte. Y una promesa en el cristal.
Nunca les diré que sé por qué lo hiciste. Que te vi saltar. No les diré lo a punto que estuviste de devolver al corazón aquella lágrima que decidió no resbalar por tu mejilla para saltar. Y que tenía todo lo que te quedaba de su nombre. Que se estrelló contra el asfalto sin que la pudieras alcanzar.
Ni que ahora, cuando se pierden tus ojos en el horizonte, es porque la buscas condensada de nuevo entre las nubes.
Y hasta que no la veas, no volverás a andar.
Moby - Harbour.


Ufff, que relato tan duro. Fue todo un ejercicio de empatía…, esperemos :)
Mucha sensibilidad por aquí.
Comentario realizado el Junio 5, 2006 @ 10:59 pm
Nota: Dejar que las lágrimas cumplan su trayecto.
Recomendación: Llorar en la bañera; dejar que sean las lágrimas las que corran por tu cuerpo y no tu cuerpo tras las lágrimas.
Conclusión: Si se va, tu vuelo no hará que regrese, tal vez paso a paso…
Un beso, sansara.
Mamen
Comentario realizado el Junio 6, 2006 @ 5:46 pm
Genial el texto… aunque, como dice Mamen, las lágrimas deben cubrir su camino, su misión de vaciarnos, deshidratarnos de calambres. Así podremos beber de nuevo y renovarnos.
Comentario realizado el Junio 7, 2006 @ 1:26 am