Farewell


Miércoles, 28 Junio, 2006 a las 12:16

Cerrado
por
Vacaciones

Hasta aproximadamente agosto.

Os dejo además por aquí la que considero la mejor pieza de cierta banda sonora que va muy al pelo.


John Barry - Flying over Africa

Interruptor


Miércoles, 28 Junio, 2006 a las 2:58

Tuve un amigo una vez que se jactaba de no ser el mismo cada vez que atravesaba una puerta.

Decía… “pero acaso no lo ves, hace cinco segundos no era yo, como no lo seré cuando atravesemos la siguiente“. Y daba un paso aventurero con una sonrisa de oreja a oreja. Aquella incomprensión entre mis vísceras era la realidad irrefutable para él; en su universo, cada vez que dejaba un umbral abandonado tras su paso algo le cosquilleaba en su interior, muy cerca del estómago, y le marcaba el paso por la meta.

Yo me empeñaba en recordarle que aquella verdad no era real, que nada grandes tenían que ser esas victorias entre quicio y dintel a ambos lados de la puerta. Y con una sonrisa benevolente (de esa forma extraña en que sonríen aquellos que sin reírse de ti, te hacen saber que no comprendes) me miraba y me decía: “¿Ves? Esa es la diferencia entre tú y yo, entre nuestros dos universos. Tú vives ignorando esos pequeños movimientos de tierra, estás aquí para las explosiones y los fuegos de artificio pero te olvidas, como siempre, de que todo aquello no es más que un producto de una agrupación anterior de factores y de causas. Que todo forma parte de un gran plan, y que esa fanfarria por la que te derrites no es más que la culminación de un paso que pudo haber durado eras. ¿Qué haces con el resto de tu tiempo?¿En qué lo derrochas?…”

Han pasado por mis ojos desde entonces incansables máquinas y estrellas. He vivido olvidos y pasiones, siempre con la sensación de enterarme a medias del guión, incapaz de recordar toda aquella marea que produjo cada breve incandescencia de emoción, cada mínima victoria en cada batalla, en cada guerra.

Ahora, en la soledad de mis últimos años, sabiendo que cuento con indiferencia el paso de las horas y los días, me encuentro casi agazapado en el dintel de otra miserable puerta. Frente a mí un par de operarios van poniendo fin al evolucionar de esta pesada máquina. Y se empiezan a apagar con lentitud interruptores y motores, gimiendo a medida que se frenan.

Nunca he comprendido la razón de aquel cosquilleo indiferente de mi amigo allá en la boca del estómago, yo viví para la luz y la explosión, para el amor y la victoria y el sabor a sangre en las encías. Y también para el olor de la derrota y el crujir del corazón, sentir desfallecer las piernas de cansancio o ilusión, morder el polvo. Levantarse a duras penas.

Ahora, en este instante sé de qué hablaba mi amigo cuando me contaba su visión bajo las puertas. Todo lo que he sido me ha llevado hasta aquí, en un lento camino, en una incesante progresión hasta este punto con el dedo índice temblando sobre un interruptor, mientras de mi garganta se abre paso como arena un epitafio, apenas una veintena de letras.

“Se acabó por fin. Parad las máquinas”

Y, antítesis de una explosión, un sólo click hace la oscuridad en una habitación que hace un instante era el centro de operaciones entre todas mis neuronas.

Mochilas


Lunes, 26 Junio, 2006 a las 0:05

Hay un hueco enorme en mi macuto a medio hacer. Creo que lo he localizado en un momento en el que se escurría con sigilo entre ropa y pilas de repuesto, rozándolo por un instante con la punta de los dedos. Y he pensado un par de veces, “hay algo importante que me dejo, algo que obligatoriamente he de llevar”. Y he buceado entre más de un millón de cremalleras, frascos, baterías y camisetas de repuesto.

He encontrado el malarone en un lugar en el que no debía estar. Pastillas de potabilización de agua caducadas. Un pañuelo que se ha abierto un sitio inexplicable entre las cosas que me llevo. Una piedra de otro viaje en otros tiempos. Y un poco de arena, unos piñones, restos de otros sitios que he llevado puestos.

Y después de vaciar y revisar cada compartimento, y de volverlo a rellenar, ahí seguía goteando el agujero negro. Un silencio revolviéndose entre el nylon y el frontal, haciendo crujir correas y bolsillos sin moverlos.

He probado entonces a buscar a ojos cerrados y con la nariz. He acariciado cada punto con arrugas y recuerdos y todo seguía allí. Y todo, sin embargo, seguía oliendo a hueco.

Y entonces he abierto ese bolsillo en el que llevo sueños e ilusiones, una colección de abrazos y de besos que me he dejado a medio dar, donde se quedan impregnados cada viaje y cada instante, cada paso sobre arena que una vez hube de dar y ahí me lo he encontrado clavándome los ojos en la frente.

Ese hueco en la mochila, ese punto inaccesible que no soy capaz de rellenar es la certeza de saber, que demasiadas veces a lo largo de este prometido mes, mis ojos le pondrán subtítulos al pie al tiempo que suceda entre parpadeo y parpadeo, y que le gritará al vacío y a la inevitable soledad un desgarrado “ojalá estuvieras viendo esto“.

- You’ve ruined it for me, you know.
- Ruined what?
- Being alone.

Denys Finch Hatton a Karen Blixen en Memorias de África

Más o menos siete


Jueves, 22 Junio, 2006 a las 19:19

Más o menos siete días para coger el primer avión, y en el macuto por ahora sólo me llevo una colección de agridulces despedidas. La sensación de que no voy a volver aunque sí lo haga. Y es que mi vida se traduce al final en poco más que eso, una colección más que constante de lágrimas a punto de escaparse por entre mil millones de pestañas. Dejándome olvidados pocos de mí mismo en otros brazos, otros paisajes, otras conversaciones en un bar. Perdiéndome de vista mientras por el pecho se me escurre cada día un poco más de vida por los poros. Y así me pregunto si esto es lo que se llama envejecer, tener más recuerdos tristes que canciones agarrándose a la espalda.

Se me han entremezclado en el pecho dos incompatibles sensaciones. La de ver por fin aquella tierra con la que he llenado alma y corazón de fantasías, y la tristeza de dejar todo detrás. Como si de alguna forma supiera que se me ha colado en la mochila un pedazo de mí que dejaré detrás. Que nació dentro del pecho para morir en tierra de leones o vivir por siempre libre en la sabana.

Quizá por eso esta tristeza a más o menos siete días de salir, quizá por eso esta sensación de mí que se me desprende por las yemas de los dedos, y con que impregno cada despertar, cada segundo, sonrisa y arcada. Algo lucha por salir con fuerza del pecho y ya no sé si dejará por fin de ser parte de mí que se me escurre como un rastro de alegría que me dejo abandonada en una acera, en una calle cualquiera de alguna ciudad.

Sólo sé que hoy vivo en los instantes en que se me escurre algo de mí sobre una espalda ajena mientras, envuelto en un abrazo, hago variaciones sobre un “nos vemos a la vuelta”.

Porque quizá esa parte de mí que ya no vuelva sea la que te contiene a ti, seas quien seas.

Y por eso, ahora, lágrimas a punto de escurrirse por este par de párpados con sus agotadas pestañas. Y esta sensación de urna. Y esta colección desordenada de palabras.

Lightning crashes…


Martes, 20 Junio, 2006 a las 13:11

Tengo un recuerdo de mi infancia que siempre me hace sonreír.

En casa teníamos un perro, uno de esos spaniels de caza que de tanto no ejercer se vuelven bastante falderos. Una de esas fieras absolutamente domesticadas por el paso de los años y de los tiempos, y que sin embargo acabó desarrollando un instinto de protección para con mi persona que siempre me ha dejado un buen sabor de boca.

Dormía debajo de mi cuna los primeros años, y creo que ninguno de los dos tenía demasiado claro si el perro me protegía a mí, o era yo quien protegía al perro. Pero el caso es que le daban miedo los túneles y los puentes (cuando pasábamos debajo agachaba siempre la cabeza), y tenía pavor a las tormentas. Sabíamos que iba a llover por cómo el perro iba caminando por la casa o la calle, como temiendo que se le fuera a desplomar el cielo y aplastarle o partirle por la mitad.

Yo sin embargo he crecido al revés. Por más que me encuentre mal, las tormentas me levantan el ánimo. Hay algo en esa furia natural e incontrolable que me acaba electrizando, que me activa. Mi perro oía un trueno y no perdía el tiempo en refugiarse debajo de mi cama, y yo acabo saliendo a la calle a mojarme en cuanto arrecia.

Anoche, a las dos de la madrugada, me encontré con ésta:

Y me acordé, mientras estaba en la terraza fotografiando la tormenta, de aquel borrón blanco y marrón lanzándose en plancha debajo de la cuna como una exhalación, no sea que se le fuera a tragar la tierra.

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25 Consultas. En 0.466 Segundos. Qué guay.