En el ojo del huracán


Domingo, 30 Abril, 2006 a las 17:28

No sé qué te hizo pensar que encontrarías el camino para abrir todas mis puertas, que podías adherirte como lluvia en el cristal para verme más allá de la ventana. Que podías ignorar cada advertencia en el camino hacia mi casa.

Y yo a tu lado me cansé de repetirte historias de dragones y montañas, de una partida que creí ganar y me dejó sin nada. Te dije hasta aburrirte que aquí ya no había sitio para fe. Que tengo el corazón en bancarrota, que anidan en mi pecho poco más que telarañas.

No quisiste hacerme caso y te acercaste a mí llena de sol en las entrañas, pensando que era luz lo que faltaba en este manto negro que llamaste oscuridad.

No te diste cuenta de que corro en círculos para no caer por las paredes de este embudo que se me está comiendo el alma a borbotones. Que ya no tengo sitio para nada, porque no me queda nada en qué creer cuando tu luz me alcanza.

Y te grité “mantente lejos del ojo del huracán. Porque en ese punto escurridizo es donde solamente yo puedo encontrar la calma. Y se te llevarán los vientos una vez te roce un sólo atisbo de la descomunal tormenta que me atrapa”.

No me quisiste entender, y ahora has tenido que rozarla. Y te ha arrancado cada pétalo de piel, se te ha llevado carne y sangre y ahora miras incrédula el hueso reluciente que te queda más allá de quemaduras y de arena que sabes que se te va quedar clavada.

Sé que es mi carrera la que da fuerzas al viento que genera la tormenta. Es ese vacío al que no quiero caer el que dispone alrededor esa barrera fronteriza a la que no le encontrarás jamás la falla. Esa tormenta soy yo.

Sin ese viento no me quedaría nada.

Y te avisé. Aquí no queda ya ni lluvia para recoger. Aquí todo es correr sin tiempo para nada.

No insistas.

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