Durmiendo con su enemigo
A caballo entre el silencio y una nota de piano.
Un espacio entre dos notas, una mesa de billar y frente a mí un extraño. Ante sus ojos duerme un trozo de papel herido, tinta violeta derramándose por los costados. Tiene la ropa muy sucia y la mirada sorprendentemente cristalina, un pozo azul oscuro al que causa vértigo mirar y, mientras se lleva un vaso casi vacío hasta los labios, me dirige la palabra.
- Sabes, te elegí a ti entre todos estos muñecos de papel para contártelo.
A mi alrededor el mundo es un museo de cera. Una pausa. Un fotograma. Un millón de miradas perdidas en una habitación por la que no circula el aire.
- ¿Por qué?.
Aunque me parece distinguir un fino amago de sonrisa, un sutil fruncido de labios, no contesta. Recoge el papel que aún desangra letras en la mesa, y lo sitúa frente a mí para que yo lo lea.
- Dicen que todos tenemos una historia que contar. Una sola. Y sé que tú también tienes un agujero en el pecho porque oigo el eco de tu aire mientras busca unos pulmones que no están, como si no supiera que estás muerto. Y yo ya estoy cansado y viejo de esperarte. Toma este papel antes de que se le pierdan todas las palabras, antes de que sea inútil tanta sangre.
Contemplo el papel en la mesa.
Ya no sé ni qué te dije cuando ya pensaba que no podría tolerarlo más. Han pasado veinte años desde entonces. Me he cansado hasta el hartazgo de esta, nuestra propia guerra de disfraces. He intentado ser abrigo, corazón, imágenes especulares. Cuando te quise cerca tú corrías más allá para alejarte. Cuando yo corría tu gritabas mi nombre allí detrás. Transformaste cada beso que te di en revolver con que dispararme. Cuando yo quería guerra tú soñabas paz. Cuando tú querías desmembrarme yo no estaba. Cuando tú te ibas yo volvía lleno de quedarme.
Y entre tantos avatares se nos acabó el saber estar. Tú gritabas cuando yo no tuve oídos ni para escucharte. Yo escribía cartas al buzón del piso del que te acababas de marchar.
Veinte años de vacío y guerra y sangre emponzoñada entre cristales.
Hemos dormido juntos cada noche desde entonces. Y hoy ya no te digo “nunca más”. Sé que si me callo sabrás escucharme. Me marcho”
- ¿Y qué pasó entonces?
- Lo que tenía que pasar, supongo, ella ya no estaba para leer esta carta que he acabado dándote. Verás, creí que se marchaba para trabajar, y nunca volvió para recoger mi despedida.
- Y…
- Verás, ella llevaba veinte años durmiendo con su enemigo. Y en todas las guerras se confunden demasiadas veces los papeles. No he dejado de pensar que en el fondo los dos queríamos lo mismo, pero no llgeamos nunca a saber cómo explicarnos. Todo se convirtió en abrazos y puñales hasta que supongo que no le quedaba sangre que sangrar. Esto es todo lo que puedo dejarte. Abandona el barco, vete lejos, déjala marchar antes de que todos los recuerdos se te ajen. Antes de que llegueis a la estocada de muerte.
Entonces, se levanta y simplemente desaparece. Vuelve a sonar la música del piano en el bar. Vuelven a sonar tacos y troneras en las mesas de todos los billares.
Yo contemplo el trozo de papel mientras escucho un sonido extraño al respirar, cerca de los pulmones.
¿Se equivocó?… él llevaba veinte años durmiendo con su enemigo. Yo perdí la cuenta del tiempo que llevo ya durmiendo solo. No no tengo guerra que declarar. No tengo enemigo con el que mirarme.
Y al alzar hacia mis ojos el vaso de cristal, puedo ver, por un instante, que el reflejo que devuelve hace cualquier cosa menos imitarme.

