En el ojo del huracán


Domingo, 30 Abril, 2006 a las 17:28

No sé qué te hizo pensar que encontrarías el camino para abrir todas mis puertas, que podías adherirte como lluvia en el cristal para verme más allá de la ventana. Que podías ignorar cada advertencia en el camino hacia mi casa.

Y yo a tu lado me cansé de repetirte historias de dragones y montañas, de una partida que creí ganar y me dejó sin nada. Te dije hasta aburrirte que aquí ya no había sitio para fe. Que tengo el corazón en bancarrota, que anidan en mi pecho poco más que telarañas.

No quisiste hacerme caso y te acercaste a mí llena de sol en las entrañas, pensando que era luz lo que faltaba en este manto negro que llamaste oscuridad.

No te diste cuenta de que corro en círculos para no caer por las paredes de este embudo que se me está comiendo el alma a borbotones. Que ya no tengo sitio para nada, porque no me queda nada en qué creer cuando tu luz me alcanza.

Y te grité “mantente lejos del ojo del huracán. Porque en ese punto escurridizo es donde solamente yo puedo encontrar la calma. Y se te llevarán los vientos una vez te roce un sólo atisbo de la descomunal tormenta que me atrapa”.

No me quisiste entender, y ahora has tenido que rozarla. Y te ha arrancado cada pétalo de piel, se te ha llevado carne y sangre y ahora miras incrédula el hueso reluciente que te queda más allá de quemaduras y de arena que sabes que se te va quedar clavada.

Sé que es mi carrera la que da fuerzas al viento que genera la tormenta. Es ese vacío al que no quiero caer el que dispone alrededor esa barrera fronteriza a la que no le encontrarás jamás la falla. Esa tormenta soy yo.

Sin ese viento no me quedaría nada.

Y te avisé. Aquí no queda ya ni lluvia para recoger. Aquí todo es correr sin tiempo para nada.

No insistas.

Durmiendo con su enemigo


Jueves, 27 Abril, 2006 a las 0:12
carta a una mujer desesperada

A caballo entre el silencio y una nota de piano.

Un espacio entre dos notas, una mesa de billar y frente a mí un extraño. Ante sus ojos duerme un trozo de papel herido, tinta violeta derramándose por los costados. Tiene la ropa muy sucia y la mirada sorprendentemente cristalina, un pozo azul oscuro al que causa vértigo mirar y, mientras se lleva un vaso casi vacío hasta los labios, me dirige la palabra.

- Sabes, te elegí a ti entre todos estos muñecos de papel para contártelo.

A mi alrededor el mundo es un museo de cera. Una pausa. Un fotograma. Un millón de miradas perdidas en una habitación por la que no circula el aire.

- ¿Por qué?.

Aunque me parece distinguir un fino amago de sonrisa, un sutil fruncido de labios, no contesta. Recoge el papel que aún desangra letras en la mesa, y lo sitúa frente a mí para que yo lo lea.

- Dicen que todos tenemos una historia que contar. Una sola. Y sé que tú también tienes un agujero en el pecho porque oigo el eco de tu aire mientras busca unos pulmones que no están, como si no supiera que estás muerto. Y yo ya estoy cansado y viejo de esperarte. Toma este papel antes de que se le pierdan todas las palabras, antes de que sea inútil tanta sangre.

Contemplo el papel en la mesa.

Ya no sé ni qué te dije cuando ya pensaba que no podría tolerarlo más. Han pasado veinte años desde entonces. Me he cansado hasta el hartazgo de esta, nuestra propia guerra de disfraces. He intentado ser abrigo, corazón, imágenes especulares. Cuando te quise cerca tú corrías más allá para alejarte. Cuando yo corría tu gritabas mi nombre allí detrás. Transformaste cada beso que te di en revolver con que dispararme. Cuando yo quería guerra tú soñabas paz. Cuando tú querías desmembrarme yo no estaba. Cuando tú te ibas yo volvía lleno de quedarme.

Y entre tantos avatares se nos acabó el saber estar. Tú gritabas cuando yo no tuve oídos ni para escucharte. Yo escribía cartas al buzón del piso del que te acababas de marchar.

Veinte años de vacío y guerra y sangre emponzoñada entre cristales.

Hemos dormido juntos cada noche desde entonces. Y hoy ya no te digo “nunca más”. Sé que si me callo sabrás escucharme. Me marcho”

- ¿Y qué pasó entonces?

- Lo que tenía que pasar, supongo, ella ya no estaba para leer esta carta que he acabado dándote. Verás, creí que se marchaba para trabajar, y nunca volvió para recoger mi despedida.

- Y…

- Verás, ella llevaba veinte años durmiendo con su enemigo. Y en todas las guerras se confunden demasiadas veces los papeles. No he dejado de pensar que en el fondo los dos queríamos lo mismo, pero no llgeamos nunca a saber cómo explicarnos. Todo se convirtió en abrazos y puñales hasta que supongo que no le quedaba sangre que sangrar. Esto es todo lo que puedo dejarte. Abandona el barco, vete lejos, déjala marchar antes de que todos los recuerdos se te ajen. Antes de que llegueis a la estocada de muerte.

Entonces, se levanta y simplemente desaparece. Vuelve a sonar la música del piano en el bar. Vuelven a sonar tacos y troneras en las mesas de todos los billares.

Yo contemplo el trozo de papel mientras escucho un sonido extraño al respirar, cerca de los pulmones.

¿Se equivocó?… él llevaba veinte años durmiendo con su enemigo. Yo perdí la cuenta del tiempo que llevo ya durmiendo solo. No no tengo guerra que declarar. No tengo enemigo con el que mirarme.

Y al alzar hacia mis ojos el vaso de cristal, puedo ver, por un instante, que el reflejo que devuelve hace cualquier cosa menos imitarme.

700 km. de puñales


Martes, 18 Abril, 2006 a las 2:11

Un teléfono entre el imposible y la garganta, una llamada que hacer, reaprender el diccionario de tu voz.

Que mostraras cómo era de fácil explotar un corazón con una sola de tus carcajadas (y tenía hasta el chiste que contarte en la recámara).

Oírte hablar del qué_tal_hoy y todos los lo_pasaste_bien_ayer, qué_harás_mañana porque nunca te expliqué que eras la espuma de mis olas, que hasta que llegaste yo no había hecho más que estar de más, y que con eso me bastaba.

Pretender jugar a ser tu amigo sin dejar que vieras que le sonrío al cielo por cada segundo de inolvido que le arranco a tu reloj.
Hablarte a ojos cerrados que aún no han aprendido a verte en la distancia y dibujarte entera con el corazón hablándome a un centímetro en la almohada.

Decirte agarrotando hasta la voz que te cuides mientras muerdo un que te comería hasta los tuétanos del alma.

Y contar las horas hasta que volviera a suceder.

Pero comí la mano a medio camino del segundo cuatro y el uno de después.

Bastante_tiene_con_lo_que_tiene_que_tener.

Cambio el teléfono por sobredosis de nicotina, por el disco que no sé si algún día te grabaré. Todas las canciones que son nuestras, las que han venido después. Pensar que la que hacíamos con sólo mirar quizá no vuelva. Clavarme a Sabina hasta devolver, el desde hace tanto inaudible romance (que hice quitar a un amigo en una fiesta hace poco, una vez) en cada una de las venas.

No me sorprende que en pleno sin ti no entiendo el despertar llegue un mensaje.

Y antes de mirarlo ya sé que eres tú, como sabe el mar cuándo pasará la luna para acercarse. Porque tanto te grabé la cicatriz que así sabes de mí (te escuece el corazón cuando aquí descarga la tormenta). Porque funcionamos así, tremenda máquina sincronizada e imperfecta.

Quiero leer que tampoco tú consigues olvidarme. Que en realidad aún crees, pero pasado y miedo te hacen correr. Que perdiste la espadas pero para luchar aún puedes usar las uñas y los dientes.

(No lo haces).

Y yo no sé ya cómo alejarme, qué ponerme de cristal para estamparme cada vez que eche a correr. Qué cadenas usar para no saltar hacia el vacío hasta encontrarte. Que este filo de navaja me ha dejado ya sin pies. Que esta pluma sangra demasiado como para que la calle.

Y es que te comería el alma hasta rebosar. Hasta el olor y emborracharme. Te arrancaría mi nombre entre las sábanas. Te cosería a mi piel.

Y seguiría despertándome mirándote otra vez. Real. Mañana tras mañana.

Como un príncipe destronado


Miércoles, 12 Abril, 2006 a las 1:12

Como un río de sangre reseca.
Como una pluma que empuja al vacío palabras que ni siquiera comprende.
Como la flor que no entiende que ha de morir en los últimos días de la primavera.
Como un corazón gastado de palpitar ceniza dentro del pecho.
Como una cama vacía.
Como un perro en los huesos.
Como una casa sin puertas.
Como un niño ciego.

Así se pasan las horas, así juega conmigo el tiempo.

Yo que fuí todo sangre
Yo que fuí pluma con que escribirte en la piel de la espalda.
Que fuí por la vida como la flor del almendro (aquel febrero que fue primavera)
Que me rompí las costillas para contenerte dentro del pecho.
Que aún guardo en el colchón la silueta de tu cuerpo.
Yo que te abrí la puerta.
Que te encontré a pesar de mundos y de kilómetros…

Contemplo ahora, perdido, los ecos de aquel imperio.

Como un príncipe destronado, viendo pasar las horas vuelto en ceniza y gris.

Y la sangre, siempre, en otro lado.

Got up early, found something’s missing…
my only name.
No one else sees but I got stuck,
and soon forever came.
Stopped pushing on for just a second,
then nothing’s changed.
Who am I this time, where’s my name
I guess it crept away.


Andain - Beautiful things (extracto)

Like the deserts miss the rain


Lunes, 3 Abril, 2006 a las 14:10

Ahora que ya no me preguntas por qué busco el reflejo de tus ojos escondiéndose detrás de los cristales, ahora que ya no ves que estoy muerto de sed y no hay agua que me sacie. Ahora que vuelven las hojas y los trinos y los árboles, y que ya no sé si este sabor es sal del mar o es que hasta el aire sabe a lágrimas.

Ahora que ya no me queda llanto que ofercerle a estas paredes. Que todo el tiempo recorrido se me vuelve marcha atrás. Que se acabó la música y me he cansado de silbar los últimos acordes. Que esta ciudad me sabe a guitarra herida, a gris, a talco empapándome las muelas.

Ahora, mientras estoy sentado en el salón vacío a media luz, dejando que se pierdan los rayos de sol entre los átomos del aire que los reflejan. Ahora mientras aquel se esconde al fondo entre nieve y montañas. Ahora que ya casi no puedo ver. Ahora que te he maldecido una vez más por todos tus adioses. Ahora que te he recordado amanecida entre las sábanas. Ahora que se me olvidó tu voz. Que me acuerdo demasiado de la textura de la punta de tus dedos.

Ahora le hablaría de tu corazón a estas paredes que me miran y no entienden. Del por qué de este silencio a media luz de por las tardes. Y del día que te vi pasar. Y del que te quedaste. De por qué contigo al lado todo se vestía de otra luz.

Y hablaría con el suelo, con los muebles, con cada mota de polvo de la habitación de cómo era el mundo cuando aún era grande.

Pero dejo que esta última voluta de humo del cigarro se pierda en dirección al sol, allá a lo lejos, hacia las cumbres.

Ahora quise oír tu voz. Y me quedé buscando tu reflejo más allá de los cristales.

Y es que nunca comprendí que la palabra fin no dejaba espacio a las segundas partes.

Maybe the lateness of the hour
Makes me seem bluer than I am
But in my heart there is a shower,
I hope she’ll be happier with him.
Maybe the darkness of the hour
Makes me seem lonelier than I am,
But over the darkness I have no power,
Hope she’ll be happier with him.

I can’t believe that she don’t want to see me,
We lived and loved with each other so long.
I never thought that she really would leave me,
But she’s gone.
Maybe the lateness of the hour
Makes me seem bluer than I am,
But in my heart there is a shower,
Hope she’ll be happier with him.

Dayna Kurtz - Hope she’ll be happier (with him)
Original de Bill Withers

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