Azul, o rojo sangre.
Siempre tuvo el corazón de lluvia, y una mirada azul que se le escapaba como fuego de los ojos. Caminaba con el paso cansado y distante de quien cree que ya sólo le queda recordar, las manos vacías y una sonrisa gastada emborronada a medio camino del reflejo de la muerte.
Te escuchó cuando la hablaste por primera vez del juego de mayúsculas en tus palabras. Te dijo, estaba fijándome que escribes “Sentir” como yo escribo “Paz”. Y tú le sonreíste a 700 kilómetros de distancia, sabiendo que podía -sin mirar- reconocerte.
Ella tenía miedo a levantar la vista del suelo. Te dijo que tenía miedo de dejar crecer aquello en su interior, que luego o siempre era mediocre o no duraba.
Y tú te la engarzaste entre los ojos poco más de un mes después, en una plaza para siempre gris (con ese olor a húmedo de amanecer, y de principio incierto) de una ciudad de piedra vieja que te hablaba. Seis millones de formas hubo para saludaros. Sólo un “hasta luego” a la hora de decirse adiós.
Hace seis años de aquello. Todo lo que te dejó anudado te golpea cada noche cerca de la frente. Eres rojo sangre, y ella azul que mira al suelo de nuevo por las calles de Santiago. Eres el recuerdo de una despedida demasiado alegre, y ella decepción andando por la calle gris que hasta en su memoria se cubre ya de polvo viejo y gastado.
Ahora te preguntas si aún desea (cerca de lo más profundo) verte deambulando por ahí. Si no habrás vuelto a perderte. Si estarás apuñalando veinte servilletas con el corazón para luego dárselas ruborizado a medias. Ahora recorres con cada latido cada calle que al final llevó su nombre. Cada esquina de la ciudad que aprendiste a llamar Hogar. Cada lugar que nunca volverá a llamarse “Praterias”, nunca “Quintana”, nunca “rúa nova”
Agora lembras a “rúa do primeiro bico”. A “praza da primeira aperta”. A “estación do derradeiro encontro”. O “bar do axedrez”. “Nosa pensión”. A pedra vella, os teus ollos, os seus beizos, a vosa nada. Agora lembras.
Fuiste tú quien recorrió por dentro cada confín de cada calle miserable. Quien vistió de viento cada charco que pudiera pisar para que le hablase de tu nombre. Dibujaste cada anochecer un bando de pájaros que le llevase el canto de tu sombra. Hasta encontraste el único camino que pudiera llevarte a ella cada noche (y que ahora no sabes abandonar).
Ella es azul, te uniste al episodio de episodios que ella temía cuando te abrió por primera vez la puerta. “O es mediocre o sale mal” , te dijo. Y tú pasaste sin querer mirar, porque sabías que llegabas para no marcharte.
Ella es azul. Camina por la calle con un pie entre ésta y aquella otra realidad. No sabe si todo fue un sueño que inventó por inconsciente. Sabes que tiene miedo de volver a verte y que no quiere recordar, que le clavaste demasiado a fondo tus puñales y aunque fuera sin querer, la desangraste.
Ella es azul. Azul de vena herida. De fe acabada. De espuma de mar. Y tu eres rojo sangre. De herida abierta. De palpitar.
Quizá sea tan simple la ecuación.
Y ya llegue la hora de dejar de lamentarse.
Ella es azul. Y tú eres rojo sangre.

