Así encontraste aquel regalo
Te has cansado de buscar en el lugar equivocado. Tantas veces has intentado abrir las puertas que ya sabes el sonido que provocan de memoria.
Has recorrido ya todas las calles. Masticado el mar de sal que en surcos te brotó por la mejilla. Agotado cada espacio, no te queda ni un rincón en qué mirar.
Dejas que te caiga otro copo de nieve en la piel. El frío te mantiene en calma. El silencio te permite respirar, porque hay veces que hasta los demonios callan. Y con este frío se les congeló la voz. Y a ti casi se te hiela la memoria.
Se te está ahogando cada grito entre los tubos de escape de los coches. La ponzoña susurra tan profundo que no la oyes ya.
Siempre supiste que los golpes más potentes, los más grandes, eran cargas de profundidad. Explotan por dentro y para cuando llegan a la superficie para hacerse visibles siempre es demasiado tarde para reaccionar. Demasiado tarde para alzar la mano y gritar basta. Por eso se te vuelve inútil cada grito, cada gesto amargo.
Hoy se te descarna la explosión en las pupilas, más allá del llanto y de la suciedad. Te ha teñido de ceniza las pestañas, te ha temblado el hueco donde colocaste el corazón.
Frente a ti una mancha de sangre tiñe el suelo blanco. Apartas con cuidado la capa de escarcha que lo cubre y abres la boca para recordar, pero ya no queda nada. Un pozo inmenso.
Un despojo de tu corazón es lo que te mancha el suelo. Un guiñapo que palpita con un puñal clavado hasta la empuñadura.
Así te lo han devuelto.
Y con ojos desbordando gris, te lo clavas en el pecho.
Así se quedará en su sitio.
Sujeto, medio muerto.
Tiempo habrá para zurzir con imposibles alfileres. Y quizá un día de estos, cuando estalles preso de la risa (esa que ahora te vuelve medio loco, histérico), brotará algo de tu sangre del hollín, y estarás un poco más completo.

