Carta inacabada
… eres la única persona que consigue hacerme llorar.
Con esa frase que dijiste anoche conseguiste hacer que ya no hiciera las maletas. Me llevaba tu recuerdo a alguna parte, casi sin querer, para arrojarlo con desprecio en la distancia. Lamenté al instante no haber cerrado como tú todas las puertas y enjaulado lejos de mi soledad cada uno de todos los cristales. Porque aún podían romperse un poco más.
Te necesitaba fría, distante, ajena, muerta. Cada vez que hablé de sentimientos inservibles, de toda la basura emocional que me tortura cada miserable minuto al día, no buscaba el ver la fragilidad bajo la que escondes todos tus desprecios. Yo quería oírte sonreir indiferente, darme consejos de los que solamente se dan a quien no te importa nada. Un “Javi, olvídate de mí para variar” con que terminar de arrebatarme toda la esperanza.
Quería que me hablases del ayer como lo hiciste, como la mancha oscura que olvidar, como el tiempo perdido, como la vida demacrada. Quería… necesitaba recibir cada gramo del veneno que pudieras darme sin humanidad. Catalizado y a la vena. Porque ya no te importaba (para qué si me va a perdonar, porque ya no le importa…).
Pero tenías que llorar. Que deshacerte en un momento en una risa y lágrimas.
Y se tuvo que encender la fulminante luz cuando, del otro lado del teléfono, escuché caer al suelo tu primera lágrima.
Ayer yo no quería a la María humana. No quería comprender que aún te queda corazón. Que también heridas, cicatrices y llagas.
Yo quería hacer el tonto hablándote de Amor. Sentirme inútil y abrasado por todo lo que tú tenías que considerar mentira y no desgracia. Echarte cada día de este mes de Infierno en cara y que no te hiciera sentir mal, porque así comprendería que esto de verdad había sido nuestra Muerte.
Tú tenías que volver a aparecer…
Y yo no podía evitar hacer esa llamada. Y no dejarte hablar. Y apabullarte con cada recuerdo, con cada cristal que no pude meter en la maldita jaula para así dejarlo y que se fuera vaciando mi mitad. Saber que habías tirado de tu bolso ese trozo de mí que un día te regalé y todavía me sangra. Que lo picotearan hasta hacerlo desaparecer todas tus gaviotas.
Pero te oí llorar.
Y a este cuerpo ya no hacen más que aparecérsele Marías en todas direcciones pensando que un día vendrás (a qué, a qué, a qué) al maldito Madrid de los demonios que aún no pude presentarte como los cánones mandan.
Sabes por qué tuve que colgar. No podía soportarte. Explorar ese dolor y descubrir que aún había cosas que añorabas. Que aún llevas puesto algo de mí que no consigues lavar en esa tierra de olvido por la que deambulas con la falsa seguridad de quien tiene aún tanto que asumir que todavía tiembla.
“y morirme contigo si te matas…” dice la canción cuando se abre el ascensor por la mañana. Y no puedo más que huír de él. Correr hacia la puerta y dejar que el frío me congele las lágrimas.
Yo sabía que podía haber hurgado un poco más en tu dolor. Y que la noche me podría haber traído como alguna que otra vez un Beso que guardar bajo las mantas. Nos ha pasado ya más de una vez, que de tanto ataque de emoción se caen al suelo todas tus barreras, y me hablas. Maldita sea, tenías que llorar. Y yo ni siquiera lo esperaba.
Por todo lo que significan esas lágrimas. Que aún te queda algo de mí y no es eso que llevas en el bolso y sangra. Que no puedes perdonar (como dudo tantas veces que pudiera hacerlo yo ahora). Que tu máscara de olvido tiene sus fisuras que también puedo llegar a atravesar. Que nunca dormiré mejor que con uno de tus Besos enredado entre las sábanas.
Tú tenías que hacerme sufrir y hacerme ver que nada vale nada.
Y así vuelvo esta mañana a desearte besos, y ausencia, y sonrisas, y lágrimas. Y tú me hablas de tu corazón. Y me dices que lo tienes “Enquistado de alguna manera, como el hombre de hojalata”.
Pero este mundo ya no es Oz. Se nos acabó la magia. Y yo no soy Dorothy. Y no hay escarpines rojos.
Pero sí que es cierto que no hay lugar como el hogar. Y que sin certezas, tres de aquellos taconazos no me llevarán jamás a casa.


