De un extraño buen humor


Miércoles, 30 Noviembre, 2005 a las 16:52

Hay días en que amanezco (si por amanecer se entiende ver que sale el sol, y no despertarse) de un extraño buen humor. Con una alegría frágil, como de cristal, que da la bienvenida por la mañana. Son días en los que uno se siente un poco más en comunión con todas las cosas, y se permite el lujo de fijarse en todos esos detalles en que no se fijaría nunca al levantarse.

Por ejemplo, el tacto y textura del agua en la ducha (y aquí he de hacer una inevitable referencia a una entrada del fantabuloso blog de nuestro amigo Tigre: Un tigre en la cama). El de la toalla al secarme. El de las manos acariciando la piel. El olor del gel, champú o suavizante.

El sabor del primer cigarro de la mañana, que habitualmente me fumo en un estado de somnolencia absoluto, se convierte en uno de esos escasos cigarros que uno se fuma más por gusto que por viciosa necesidad, y es fácil perderse entre el sabor y las densas espirales de humo que levanta. Sabe bien.

Así, es fácil -incluso agradable- caminar hacia el trabajo en lugar de coger metro o autobús inmediatamente. Ver cómo poco a poco va despertando la ciudad. La cara casi siempre triste y gris de la mayoría de la gente (la que supongo se me verá a mí también casi todas las mañanas), el canto tímido de algunos gorriones (madrugadores) y mirlos (trasnochando) entre el humo de los tubos de escape. El amanecer reflejado en el cristal de los edificios de oficinas. Un paisaje de pegarse un tiro que se puede convertir, durante un buen rato, en una composición de la que uno participa.

No hay una sensación de euforia. Ver y sentir todas estas cosas no se acompaña de una alegría exagerada y atroz. Es sensación de paz y de calma, la sensacion de saber que uno forma una parte exacta del cuadro que le rodea.

Un día absolutamente evax. O tampax.

Pero es así. En cualquier instante se romperá la burbuja y me acordaré del insomnio, y de todo lo demás. Se me echarán encima la vida y las cosas y tendré que presentar batalla con las mismas uñas y dientes que siempre (a veces, muñones y encías). Sin embargo, mientras ésta (la sensación) dura, me permito compartir con todos vosotros la casi masturbación que se produce cuando me acaricio distraidamente un brazo al trabajar, y la ilusión de algo parecido a “paz” que me sigue corriendo por las venas.

Dormir, tal vez soñar.


Miércoles, 23 Noviembre, 2005 a las 23:35

Morir… dormir
Dormir!…Tal vez soñar
Sí, ahí está el obstáculo
Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida.

He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio.

William Shakespeare, “Hamlet”

Morir…Dormir. Dormir, tal vez soñar.

…y así pasan fugaces los recuerdos de mis días. Del ayer. De cuando aún quedaba algo de ese corazón en el pecho.

Corazón en llamas

Un millón de días y de noches en la misma madrugada, tal vez. Once días sin dormir, atento al grito haciendo eco en las costillas.

Hoy, sin sueño, cansado, ojeroso, distante, incapaz, descubro la camisa y contemplo de nuevo el pecho.

Tal vez mañana se borre de aquí tu nombre.

… y caminar. Y entonces podré morir. Dormir, tal vez soñar, un poco más lejos de este “ser o no ser”, de esta imposible ausencia de calma. De esta risa pasajera con voz de Joaquín Sabina de fondo. De las lágrimas con que trato de apagar las llamas.

Morir… Dormir. Tal vez soñar. Encontrar el eco más allá de este silencio que dejaron todos tus cerrojos. Y poder, por fin, mirar este hueco en el pecho sin esta mirada en los ojos.

Detrás de la barra de cualquier bar…


Jueves, 17 Noviembre, 2005 a las 0:07

… persiguiendo una más de incontables quimeras. En una esquina refríen en pantalla gigante una canción de Manolo García (Nunca el tiempo es perdido) y por un pequeño hueco del subconsciente van calando sus letras.

Cuando tú no estas las mañanas se tiñen de canciones tristes,
Rastro, huella de los pasos errantes,del buscador de señales.

Y recuerdo, una vez más, cómo era aquello de sentirse uno mismo hoy que casi puedo alcanzar con las manos el contorno de mi herida. Y en esta lejana costa empieza a ondular el agua de aquella piedra que dejé caer una vez. Movimiento allí donde solamente quedaban espejos de nada y vacío.

Nunca el tiempo es perdido
es sólo un recodo más en nuestra ilusión ávida de olvido

Y así noto el leve pulso de la sangre renacida. Atrás empieza a quedar ya la ceniza del mundo que construí para ti, y que vuelve a ser todo mío. Ya no me engaña el silencio que dejaste caer tras tus últimos pasos, ni husmeo perdido el rastro de tu perfume en el viento.

Sobre mis manos, apenas atisbo las primeras líneas de “Leviatán” (de Paul Auster) cuando llega el primer escalofrío.

No creo que nadie me haya desarmado nunca tan totalmente como lo hizo
Sachs aquella tarde. Entró a saco desde el principio, asaltando mis
mazmorras y escondites más secretos, abriendo una puerta cerrada tras otra.

Y así se me clavan sobre la piel las siguientes líneas y no puedo evitar el pensar que tal vez todo aquello que no supe perder y que acabé dejando caer en la nada de una guerra sin sentido pueda cobrar de nuevo su forma.

Cierro los ojos ante el reflejo de esta (la última) luna llena.

Y con el eco de este despertar de fénix de pacotilla, abro la puerta del bar y, por primera vez en tanto tiempo que ya no recuerdo, la sombra que veo en el suelo por fin es la que me representa.

Quizá, hoy por fin, duerma.

El amor por las pequeñas cosas


Jueves, 10 Noviembre, 2005 a las 15:31

Un momento. Jugar con la mano fuera de la ventanilla del coche, dejándola moverse sintiendo la presión del aire en cada dedo. Sentarse en un banco a ver las hojas de un sauce llorón al caer mecidas por el viento. Caminar por la calle haciendo equilibrios por la acera. O saltar entre poste y poste en un puerto.

saltando

Cualquiera que vea al tipo de Lacoste haciendo el cabra en los postes del puerto se puede tirar a criticar diciendo que “ni siquiera se moja los pantalones”, como en este blog. Y lo cierto es que a mí me da un poco lo mismo, pero desde la primera vez que lo ví (y el modelo sabe de qué hablo a juzgar por su expresión) me llamó la atención la sonrisa con la que salta alegremente entre poste y poste.

Si, esa sonrisa.

El amor por las pequeñas cosas. Por los detalles. Por los momentos. Contemplar cómo una hormiga va mordisqueando la hoja de un árbol. Ver a una pareja de niños jugar. A una pareja besándose en el banco. O dejar pasar la mano por las hojas de un seto, escuchar el sonido leve que se despierta en una barandilla de metal esmerilado cuando bajaos por las escaleras mirando hacia ningún lugar.

Nos rodea un auténtico universo de belleza que consiste en eso, en pequeños instantes que si sabemos mirar, pueden llegar a alegrarnos la mañana.

Y no resulta tan difícil darse cuenta de los ojos con que precisamente miramos cuando Vemos algo así. La sonrisa interior que despierta, casi de felicidad, durante el tiempo en que ya no somos un cúmulo de problemas y quehaceres para convertirnos en algo un poco más allá. Formamos parte de ese beso, somos los niños jugando y hormiga que mordisquea la hoja y poco importa lo demás.

Y sí, esa forma de mirar.

Mantenemos el equilibrio en el bordillo de la acera, miramos atontados en la fronda de los árboles por si uno de esos pequeños milagros llegase a suceder, o saltamos entre palo y palo con una sonrisa estúpidamente feliz en la boca.

Pero a pesar de todo, yo no dejaría que nada en este mundo me arrebatase uno de esos pequeños placeres, de disfrutar de uno de esos Momentos en los que nada, ni siquiera el llover, importa.

Frío


Lunes, 7 Noviembre, 2005 a las 17:58

Hace dos años, cuando falleció mi madre, mi padre se moría de frío por las noches. Daba igual el número de mantas, el calor que se le pudiera dar, su cuerpo se empeñaba en mantener su temperatura bajo mínimos. Él nos lo decía a todos. “Tengo frío por dentro“. Cuando uno oye estas cosas siempre piensa que comprende, que le ha pasado alguna vez, o que siente lo mismo.

Frío por dentro.

Exactamente un mar de hielo, un pozo congelado que no permite ni dormir. Que provoca dolor y recuerdo cada segundo con cada estremecimiento de la piel, con la ausencia de hambre y sueño.

Hace dos años mi padre perdió a su mujer. Y se le congeló por dentro el alma.

Y aunque la mía no haya muerto, y sea simplemente un universo de silencio y carretera el que nos separa (y que sé que otro ocupa ya el que fue mi lugar), hoy soy yo el que se congela por las noches. Al que no le quedan mantas. El que sueña extraño con lugares en los que fueron forjados los [R]eencuentros una vez pero no es protagonista ya de semejante historia.

Un espectador que tiembla congelado mientras te sueña (y sabe que una vez más acertará) comiéndote a otro a besos.

Frío por dentro. Pelo corto. Ojos marrones. Triskels engarzados como a fuego en la pared, en el respaldo de la silla de madera donde, hace unos 3 años volvíamos a vernos.

Frío por dentro.

Y una sensación de oscura y triste soledad, mientras amontono cerca de la lumbre todos tus recuerdos.

PD: Todas las negritas son enlaces.

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