Domingo.
Abrir los ojos con la luz insoportable de una mañana que se queda atrás. El paladar reseco, la almohada encharcada en sudor. ¿Pesadillas, tal vez?. Ni siquiera llega para darme cuenta, hace demasiado ya que duermo el sueño del cobarde (ese en que dormir es simplemente apagarse cuando ya no puedes más).
Respirar, apartar las sábanas de hormigón, arrastrar 70 kilos de peso que más parecen toneladas por un pasillo de dos metros.
Respirar otra vez, cuando me empapo de agua gélida la cara. Abrir los ojos por fin y contemplar mi cara en el espejo. La imagen que me muestra me sonríe cansada, ojerosa y ausente.
Y así me pierdo en sus pupilas intentando encontrarme, apenas un silencio en el pasillo del tiempo.
Cuando por fin consigo arrancarme de la imagen en el espejo la habitación aguarda. Y pienso en la risa de ayer (sí, esa que suena tanto a carcajadas), en volver a la cama y dormir hasta que llegue otro mañana.
Pero esa sonrisa vieja y cínica que acabo de ver se me clava en la garganta.
Tal vez, por un instante hubo un atisbo de ilusión en aquellas pupilas cuando me miraban, intento recordar. Vuelvo corriendo al espejo. Tal vez…
y la cara risueña que me observa del otro lado de mi cara me responde, directa y cruel.
Tal vez vi un atisbo de ilusión en la sonrisa invertida del que siempre nos contempla del otro lado del espejo.
Pero era la sonrisa de aquel, que no soy yo.
La cama espera.
[…]
Abrir los ojos con la luz insoportable de una tarde que no acaba de llegar. El paladar reseco, la almohada encharcada en sudor…
Pero esta vez no voy a dejar que me sonrías del otro lado del espejo.

