Battlestar Galactica o el androide que me enamoró
Eso diría Gaius Baltar, uno de los personajes con más fuerza de la serie de televisión Battlestar Galactica (un remake de una que ya era antigua, con algún cameo que otro de sus antiguos actores en otros personajes) a la que, me confieso, soy adicto. La verdad es que no soy un aférrimo seguidor de prácticamente ninguna serie de televisión, pero ésta es una de las contadísimas excepciones. Una gran serie de ciencia ficción donde, dentro de contar una historia más bien clásica (la salvación de la humanidad por culpa de sus retorcidas acciones), el enfoque hace sudar con prácticamente cada capítulo.
No se centra en las batallas contra los alienígenas, androides o demás amenazas (que las hay) ni hace gala de ese militarismo proestadounidense absurdo al que inevitablemente nos han acabado acostumbrando en todas las películas del género (si bien, hechos como que haya un “presidente de las colonias” dejan un cierto tufillo). Tampoco se centra en las clásicas historietas de amor entre sus protagonistas (que evidentemente también hay). No.
Battlestar Galactica es una serie de ciencia ficción con temática muy clásica pero con un guión escrito con muchísimo cuidado (tanto es así que el primer capítulo, “33 minutos”, se llevó un premio Hugo), en el que lo que prima es un análisis muy acertado sobre las relaciones humanas. Sobre el poder y la presión. Sobre la guerra y lo que, en demasiadas ocasiones, un soldado o un civil, tienen que vivir en ella.
Se ponen en la mesa argumentos interesantes como la actuación “en pro de la especie” aunque signifique dejar a un 10% de la humanidad indefensa frente al enemigo. Se ponen en la mesa traiciones involuntarias por una mujer. Uno siente en sus carnes la humillación de la tortura, psicológica a veces y muy física en algún momento. El amor a pesar de las insalvables diferencias. Y por supuesto, naves, combates imposibles de ganar, muchas derrotas, movimientos magistrales, excelentes pilotos, motines, rebeliones, terrorismo, cerebros incomprendidos, máquinas terribles, bellezas solitarias, manipulación en los medios de comunicación, más combates, disparos, explosiones…
El reparto, que yo desconocía casi por completo (alguna cara conocida de “corrupción en Miami”, por ejemplo, sí se ve), pero acertadísima en su papel) borda su interpretación en absolutamente todos los capítulos, incluyendo la clásica femme fatale -una modelo llamada Tricia Helfer- que, lejos de poner una cara y un cuerpo bonitos y ya realiza una interpretación de lo más correcto. Todos los actores y actrices saben ejecutar su papel, son auténticos profesionales. Cuando uno sufre, sufre el espectador. Son, y aquí hay un bonito juego de palabras, muy humanos.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención es la carencia total de “spielbergismo” en la serie. No te apabullan con sus efectos especiales, ni se recrean en visiones imposibles del espacio, o de los planetas que recorren, o de la tecnología que usan. Los ves, están ahí, pero no sobrecargan. No estamos ni frente a un matrix ni una guerra de las galaxias.
Tampoco encontramos al típico personaje con el que se identifica todo el mundo. No hay un gran héroe, así como no hay un gran villano. Todos tienen sus fallos y sus errores, y sus virtudes también. Pero sufren para conseguir sus objetivos día a día. Y, el más importante de todos, sobrevivir, pesa cada vez que uno de ellos es eliminado o asesinado.
No quiero dejar aquí ningún “spoiler” (o lo que es lo mismo, reventaros el argumento de la serie), así que no contaré nada -absolutamente- sobre el desarrollo de la misma. Ni sobre su argumento, ni sobre su primer espectacular capítulo, porque lo que tenéis que hacer es sintonizar la mula y dejarla galopar los bits y los bytes, descargar la serie (en v.o. subtitulada en su mayoría) y verla. Os aseguro que no os va a decepcionar.
Y sí, a veces hago algo más que lamentarme de mí mismo y sacar fotos de pájaros. También veo, de cuando en cuando, la tele. Ja.

