En la basura


Miércoles, 12 Octubre, 2005 a las 21:26

Paseando por estas calles de lluvia en que a veces se convierte Madrid, cuando los reflejos en el suelo las hacen brillar como el espejo que no son, vi a un hombre mayor revolviendo en un contenedor de basura.

Parecía triste y cansado, harto ya de pasear entre deshecho y cieno. Y rebuscaba con calma, abriendo con metódica precisión todas y cada una de las bolsas, que había depositado en el suelo, para vovlerlas a cerrar sin llevarse nada y dejarlas de nuevo en su interior. Estuve observándole durante una eternidad; sin paraguas, sin abrigo del frío. Una bolsa tras otra, un contenedor tras otro, a lo largo de la calle. Abría cada bolsa y, con los ojos semiabiertos, sus manos recorrían cada forma en cada bolsa, cada lata, cada trozo de cristal. En un rato, cuidándose de no dejar nada en el suelo, un suspiro marcaba el final de cada búsqueda para volver a empezar.

Desapareció entre reflejos plateados, al final.

Desde entonces he vuelto a encontrarle varias veces por el barrio abriendo bolsas, rebuscando en la basura sin llevarse nada. Caminando arrastrando toda una vida de monotonía y soledad a cuestas.

Nos hemos acabado conociendo.

El reconoce en mí el paso cansado del que nada tiene, y en el eco de mis botas yo comprendo su forma de vivir.

A veces me cuenta que la gente desperdicia todo tipo de tesoros, y me reconoce no haberse quedado con nada jamás; joyas, ropa, recuerdos, fotos. De cada uno de ellos, se imagina a veces una historia, un final casi siempre triste.

“La gente siempre tira aquello que más quiere cuando le hace daño”, me dijo. “Fotos de sus familiares muertos, libros de sus tiempos de escuela, cartas que más de una vez hubieron de leer directamente con el corazón. Regalos. Así juega de sucio la memoria, claro”.

Y yo guardé silencio al escuchar el sonido de su voz y ver el brillo esperanzado en sus pupilas.

Hoy sus ojos parecían derrotados por primera vez, y no pude evitarlo. Mientras charlábamos, le devoraban la pérdida y el llanto. Tenía sangre en las manos, un corte más perdido en el mundo de cicatrices que son ya sus dedos viejos. Hoy, tan triste como él, le pregunté por fin: “nunca te lo he dicho, no he querido molestarte, pero… ¿qué buscas?”

Y tras un silencio que me pareció una eternidad, me contestó:

“Alguien me dijo una vez que mi amor no valía una mierda. Desde entonces busco en la basura para encontrar mi corazón”.

No supe qué decir. Él siguió rebuscando en el contenedor, con los ojos envueltos en lágrimas. Yo caminando hacia ninguna parte una vez más.

Él buscaba su corazón entre las bolsas y yo, buscando el tuyo, ya no sé por dónde caminar.

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