Doña Urraca
La primera vez que la vi el cielo se derrumbaba sin terminar de llover sobre el suelo; una tenue constelación de gotas de agua se dejaba caer acariciando el mundo a su paso, y estrellándose inevitablemente contra su piel.
Yo caminaba con ese paso lento que caracteriza a los que se han olvidado ya hasta de su propio camino, acostumbrado a oír el ritmo lento de sus pies. Ella era apenas una figura a ratos pálida y negra, inmóvil en el punto de fuga de la perspectiva del cuadro.
Nunca nos dijimos una sola palabra. Apenas nos cruzamos las miradas una sola vez. Si acaso un leve roce de la ropa al cruzarnos en aquellas escaleras por las que yo siempre habría de bajar, y en las que ella construyó su mirador al mundo.
En mi corazón, yo la llamaba Doña Urraca.
Y se desgranaron meses y años, vidas enteras repetidas una y otra vez, con la misma escena de fondo. Unos pies que se perdían cuesta abajo en una escalera gris, una mirada atenta perdida en perspectiva caballera. Una cortina de agua que sin terminar de caer, nos empapaba.
Pronto mis pasos se hicieron más lentos para poder observarla. No sé cuántas veces jugamos sin querer a la caricia que uno envuelve con la indiferencia rutinaria del “estás aquí como ayer, y te veré mañana”. Sé que cada vez, en su pecho se escondía más abiertamente una discreta bienvenida. Tal vez por el murmullo leve de sus pies al acercarme. Sin saberlo, se quedaba prisionera de mi olor, como yo moría cada vez que sentía sus ojos como un puñal de acero acariciándome la espalda.
Y nos vimos los dos envejecer cada mañana.
Un día, sin embargo, Doña Urraca ya no estaba. Quise encontrarla, pero se me había perdido en el ayer aquella figura altiva y solitaria. Y se me antojó la fiesta funeraria, las lágrimas del no saber que hacer, la falta. Y entonces me di cuenta de que con los años, aquella que pudo haber sido mi mujer, a cada paso sin hablar trenzaba su camino inexorable hacia mi alma.
Cuando se fue, sin darme cuenta, algo se había llevado entre sus garras, y supe que jamás se equivocó mi corazón cuando en silencio, al recodrdarla, la llamaba Doña Urraca.

