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Un Don Juan moderno

Escrito por: sansara
Lecturas: 267

Creo que se podr?a decir que soy el nuevo Don Juan. Por mis manos han pasado m?s de 20.000 mujeres distintas, sin contar a aquellas quienes he visto incluso varias veces. De algunas de ellas, una escasa y selecta minor?a, incluso he visto su cuerpo transformarse desde la m?s tierna adolescencia hasta la edad adulta que puedan tener ahora, y creo que puedo decir con orgullo que ni una sola de todas ellas ha salido insatisfecha.

S?, creo que podr?a ser el nuevo Don Juan. O un nuevo Don Juan, puesto que no soy el ?nico. Pertenezco a una nueva especie, a un nuevo g?nero de personas que podr?an decir lo mismo que yo, e incluso de cuando en cuando me comunico con alguno de ellos para intercambiar experiencias.

Pienso esto mientras me encamino al lugar de mi pr?xima cita, en la calle Pinz?n n?mero 23, cuarta planta, exterior derecha. He quedado con una mujer a la que no conozco y que a juzgar por su voz del otro lado del hilo telef?nico podr?a decirse que ronda los 45 a?os. Su voz suave, pero temblorosa cuando me llam?, me hizo pensar en alguien con una familia y serias preocupaciones. La tristeza que se destilaba en su voz casi pod?a palparse, y sus ?en ocasiones- susurros mientras fij?bamos nuestra cita indicaban que hac?a esto a espaldas de su marido y, muy posiblemente, hijos.

Mientras me acerco al portal, a tan solo unos metros de distancia, echo un vistazo en el reflejo del cristal de un bar cercano para comprobar mi aspecto. Con los a?os, he descubierto que para una mujer es mucho m?s f?cil confiar en alguien cuyo aspecto no diste de ser impecable, m?s a?n cuando saben que en alg?n momento se tendr?n que desnudar ante ?l, y dejarse llevar por sus manos.

El reflejo que muestra el cristal me devuelve mi rostro reci?n peinado y afeitado; el nudo de la corbata (doble windsor) en su sitio, el alfiler prend?ndola entre el segundo y el tercer bot?n de la camisa de algod?n azul, dejando que la tela realice una peque?a curva que realce un poco sus colores. La chaqueta en su sitio, lisa y reci?n planchada, abotonada en el primer y el segundo ojal, y el chaquet?n cubriendo toda la estampa. Retiro con delicadeza un par de migas de pan del desayuno y una pelusa, y contin?o andando.

Apenas me queda un segundo para timbrar en el telefonillo cuando me pregunto ?es un juego que practico a menudo- c?mo ser? para estas mujeres el conocerme; si les producir? alivio o placer, asco o miedo. Cu?l ser? su impresi?n de mi aspecto, el tacto de mis manos, la sensaci?n de vulnerabilidad al hablar de cualquier cosa mientras se abren de piernas para que me sit?e entre ellas.

Timbro la puerta, y Marcelo ?el conserje- me abre la puerta con su cl?sico ?buenos d?as, se?or? y su sonrisa de silicona. Me indica que hay alguien esper?ndome arriba, as? que cojo el ascensor y subo hasta la cuarta planta. Empujo la puerta y veo una mujer con cara de angustia que me mira preocupada.

Efectivamente, ronda los 45 a?os; quiz? algunos menos, estropeando entonces su aspecto por efecto del dolor y la opresi?n de una vida plagada de problemas; cabello casta?o, complexi?n fuerte ?un poco gruesa- y perteneciente a esa clase de mujeres que parece arreglarse simplemente por el hecho de salir de casa. Huele levemente a perfume y crema de manos, y trata de sonre?r mientras me acerco a la puerta, aunque cada instante que pasa parece estar a punto de estallar en l?grimas. Y sospecho que lo har? antes de irse, en alg?n momento, seguramente mientras termina de vestirse de nuevo.

Cuando me cruzo con ella, pregunto.

- Lourdes, ?verdad? Espero que no haya tenido que esperar mucho.

Y apoyo la mano en su espalda, en su chaqueta de seda, y le cedo el paso a esta mujer n?mero 20.000, mil arriba o mil abajo, mientras contemplo la chapa que adorna la puerta.



Miguel Fernandez Cosada,
Ginec?logo

sansara
Fecha de publicación: 23.06.2004
Fecha de creación: 23.06.2004

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